jueves, 23 de septiembre de 2010

MADRE TERESA DE CALCUTA

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Silencio y oración

Teresa de Calcuta

Es dificil orar si no se sabe orar, pero hemos de ayudarnos. El primer paso es el silencio. No podemos ponernos directamente ante Dios si no practicamos el silencio interior y exterior.
El silencio interior es muy difícil de conseguir, pero hay que hacer el esfuerzo. En silencio, encontraremos nuevas energía y una unión verdadera. Tendremos  la energía de Dios para hacer bien todas las cosas, así como la unidad de nuestros pensamientos con Sus pensamientos, de nuestras oraciónes con Sus oraciones, la unidad de nuestros actos con Sus actos, de nuestra vida con Su vida. La unidad es el fruto de la oración, de la humildad, del amor.
Dios nos habla en el silencio del corazón. Si estás frente a Dios en oración y silencio, Él te hablará entonces, sabrás que no eres nada. Y solo cuando comprendemos nuestra nada, nuestra vacuidad, Dios puede llenarnos de Sí mismo. Las almas de oración son almas de gran silencio. 
El silencio nos da una nueva perspectiva acerca de todas las cosas. Necesitamos silencio para llegar a las almas. Lo esencial no es lo que decimos, sino lo que Dios nos dice y lo que dice a través de nosotros. En ese silencio, Él nos escucha; en ese silencio, Él le habla al alma y en silencio, escuchamos su voz.
Escucha en silencio porque si el corazón está lleno de otras cosas, no podrás oir Su voz. Ahora bien, cuando le hayas escuchado en la quietud de tu corazón, entonces tu corazón estará lleno de Él. Para esto se necesita mucho sacrificio y, si realmente queremos y deseamos orar, hemos de estar dispuestos a hacerlo ahora. Estos son los primeros pasos hacia la oración, pero si no nos decidimos a dar  el primero con determinación nunca llegaremos el último: la presencia de Dios.
Las personas contemplativas y los ascetas de todos los tiempos y religiones han buscado a Dios en el silencio y la soledad de los desiertos, selvas y montañas. El propio Jesús pasó cuarenta días en el desierto y las montañas comulgando durante largas horas con su Padre en el silencio de la noche.
Nosotros también estamos llamados a retirarnos cada cierto tiempo para entrar en el silencio y la soledad más profunda con Dios; junto con comunidad o también individualmente como personas, para estar a solas con Él, alejados de nuestros libros, pensamientos o recuerdos, totalmente despojados de todo, para vivir amorosamente en su Presencia, silenciosos,  vacíos, expectantes, inmóviles.
A Dios no le podemos encontrar en medio del ruido y la agitación. En la naturaleza, los árboles, las flores y la hierba, crecen en silencio; las estrellas, la luna y el sol se mueven en silencio. Lo esencial no es lo que decimos, sino lo que Dios nos dice a nosotros, o lo que dice a través de nosotros; en el silencio Él nos escucha, en el silencio, Él habla a nuestra alma. En el silencio Él nos concede el privilegio de escuchar Su voz.
Silencio de los ojos,
silencio de los oídos,
silencio de la boca,
silencio de la mente,
en el silencio del corazón,
Dios habla.
Es necesario el silencio del corazón para oir a Dios en todas partes, en la puerta que se cierra, en la persona que nos necesita, en los pájaros que cantan, en las flores, en los animales.
Si cuidamos el silencio, es fácil orar. En las historias y  escritos hay demasiadas palabras, demasiada repetición. Nuestra vida de oración sufre mucho porque nuestro corazón no está en silencio.
La verdadera oración es unión con Dios, unión tan esencial como la de la vid y los sarmientos que es la imagen que nos ofrece Jesús en el evangelio de san Juan. Necesitamos la oración; necesitamos que esa unión produzca buenos frutos. Los frutos son los que elaboramos con nuestras manos, ya sea alimentos, ropas, dinero u otra cosa. Todo eso es el fruto de nuestra unión con Dios. Necesitamos una vida de oración, de pobreza y de sacrificio para hacerlo con amor.

Madre  Teresa de Calcuta