miércoles, 25 de abril de 2012

AÚN...TODAVÍA...





Aún cuando los límites me capturan, aún cuando la saciedad, la hartura acampan en mi espíritu, tú Señor, ¡Oh Dios! estás ahí abriendo las puertas de los arroyos para borrar los límites enviando metros y metros de olas para refrescar mi alma, para darme renuevo, para admirar otra vez el nacimiento del sol y sentirme acompañada por melodías divinas, entonces te canto y de nuevo te alabo ¡Oh! Único, ¡Oh! Dios, mi Señor. Amén.
JOB:37:5

jueves, 8 de marzo de 2012


La escena es cautivadora. Juan 8,1-8. Este conmovedor episodio, integrado hoy en el evangelio de Juan, es probablemente un fragmento de un evangelio perdido o un relato suelto que circuló por la comunidad cristiana. La escena tiene, sin duda, mucho de artificial, pero los investigadores piensan que, en alguna ocasión, Jesús actuó defendiendo a una mujer adúltera con esa manera tan suya de acoger a los pecadores más despreciados y mostrarles la compasión de Dios (incluso en el grupo del Jesús Seminar).
Traen ante Jesús a una mujer sorprendida mientras estaba teniendo relaciones sexuales con un hombre. No se dice nada del varón. Es lo que ocurría casi siempre en aquella sociedad machista. Se humilla y se condena a la mujer, porque ha deshonrado a su familia. Mientras tanto, nadie habla del varón, aunque, paradójicamente, es a él a quien la Torá exigía no poseer ni desear a una mujer que ya pertenece a otro. Éxodo 20,14-17. Al varón le está prohibido tener relaciones sexuales con la esposa o prometida de otro. El adulterio equivale a un robo. El pecado no consiste en ofender a la propia esposa, sino en poseer a una mujer que pertenece a otro hombre. El verdadero culpable es el varón adúltero; la mujer no es sino víctima o, todo lo más, cómplice.
Al dar la ley, se piensa en los varones como los verdaderos responsables de la sociedad; luego, al reprimir el delito, se castiga con dureza a las mujeres. Jesús no soporta esta hipocresía social construida por los varones. No es verdad que la mujer sea más culpable que el varón: “Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra”. Al parecer, eran los testigos quienes, de ordinario, iniciaban la lapidación. La sugerencia de Jesús es un reto. Empezando por los más viejos, los acusadores se van retirando uno a uno, avergonzados por el desafío de Jesús. Saben que ellos son los más responsables de los adulterios que se cometen en aquellos pueblos.
La conclusión es conmovedora. La mujer no se ha movido. Sigue allí, en medio, humillada y avergonzada. Jesús se queda a solas con ella. Ahora la puede mirar con ternura y expresarle todo su respeto y cariño: “Mujer..., ¿nadie te ha condenado?”. La mujer, que acaba de escapar de la muerte, le responde atemorizada: “Nadie, Señor”. Las palabras de Jesús son inolvidables. Nunca las podrán escuchar los varones adúlteros que se han retirado irritados. Solo aquella mujer abatida: “Tampoco yo te condeno. Vete y, en adelante, no peques más”. Aquella mujer no necesita más condenas. Jesús confía en ella, quiere para ella lo mejor y la anima a no pecar. Pero de sus labios no brota ninguna condena.

miércoles, 7 de marzo de 2012


GRITAR PARA QUEDAR A SALVO... E INCÓLUME


Una vez llegó un profeta a una ciudad con el fin de convertir a sus habitantes. Al principio la gente le escuchaba cuando hablaba, pero poco a poco se fueron apartando, hasta que no hubo nadie que escuchara, las palabras del profeta.
Cierto día, un viajante le dijo al profeta: «¿Por qué sigues predicando? ¿No ves que tu misión es imposible?».
Y el profeta le respondió:
«Al principio tenía la esperanza de poder cambiarlos. Pero si ahora sigo gritando es únicamente para que no me cambien ellos a mí».
Anthony De Mello

lunes, 13 de febrero de 2012

INSPIRACIÓN


En esta noche fría ha venido a mí el recuerdo de otras noches, frías también, en mi adolescencia, cuando el silencio familiar ya era perfecto y sólo se oía el vaivén de algunos motores raudos por la carretera principal.
Acurrucada en una silla con luz cercana y tenue, escribía poemas buscando esa felicidad, esa alegría inmensa que me ayudara a descubrir todos los ¿por qué?, todos los ¿para qué?...
Esta noche, antes de ir a dormir, una palabra del Evangelio de Lucas me ha hecho rememorar aquellas horas... He comprendido que mi espíritu había empezado una búsqueda y he sentido paz al descubrir la buena noticia que representa la libertad interior para los corazones oprimidos, para el alma cautiva por la oscuridad. He sabido que el renuevo de la Fe es ese algo más que todos seguimos buscando. Amén.

Lucas 4:18 al 19-