sábado, 21 de septiembre de 2013

EL MIEDO A LA REDENCIÓN


Tal vez te preguntes por que es tan crucial que observes tu odio y te des cuenta de su magnitud. Puede que también pienses que al Espiritu Santo le sería muy fácil mostrártelo y desvanecerlo sin que tú tuvieses necesidad de traerlo a la conciencia. Hay, no obstante, un obstáculo adicional que has interpuesto entre la Expiación y tú. Hemos dicho que nadie toleraría el miedo si lo reconociese. Pero en tu trastornado estado mental no le tienes miedo al miedo. No te gusta, pero tu deseo de atacar no es lo que realmente te asusta. Tu hostilidad no te perturba seriamente. La mantienes oculta porque tienes aún más miedo de lo que encubre. Podrías examinar incluso la piedra angular más tenebrosa del ego sin miedo si no creyeses que, sin el ego, encontrarías dentro de tí algo de lo que todavía tienes más miedo. No es de la crucifixión de lo que realmente tienes miedo. Lo que verderamente te aterra es la redención.
Bajo los tenebrosos cimientos del ego yace el recuerdo de Dios, y de eso es de lo que tienes miedo. Pues este recuerdo te restituiría instantáneamente al lugar que te corresponde estar, del cual te has querido marchar. El miedo al ataque no es nada en comparación con el miedo que le tienes al amor. Estarías dispuesto incluso a examinar tu salvaje deseo de dar muerte al Hijo de Dios si pensases que eso te podría salvar del amor. Pues este deseo causó la separación, y lo has protegido porque no quieres que esta cese. Te das cuenta de que, al despejar la tenebrosa nube que lo oculta, el amor por tu Padre te impulsaría a conrtestar Su llamada y a llegar al Cielo de un salto. Crees que el ataque es la salvación porque el ataque impide que eso ocurra. Pues subyacente a los cimientos del ego, y mucho más fuerte de lo que este jamás pueda ser, se encuentra tu intenso y ardiente amor por Dios, y el Suyo por tí. Esto es lo que realmente quieres ocultar.
Honestamente, ¿no te es más díficil decir "te quiero" que "te odio"? Asocias el amor con la debilidad y el odio con la fuerza, y te parece que tu verdadero poder es realmente tu debilidad. Pues no podrías dejar de responder jubilosamente a la llamada del amor si la oyeses, y el mundo que creíste haber construído desaparecería. El Espíritu Santo, pues, parece estar atacando tu fuerza, ya que tú prefieres excluir a Dios. Más Su Voluntad no es ser excluído.
Has construído todo tu demente sistema de pensamiento porque crees que estarías desamparado en Presencia de Dios, y quieres salvarte de Su Amor porque crees que este te aniquilaría. Tienes miedo de que pueda alejarte completamente de tí mismo y empequeñecerte porque crees que la magnificencia radica en el desafío y la grandeza en el ataque. Crees haber construído un mundo que Dios quiere destruir, y que amando a Dios -y ciertamente lo amas- desecharías ese mundo,  lo cual es, sin duda, lo que harías. Te has valido del mundo, por lo tanto, para encubrir tu amor, y cuanto más profundamente te adentras en los tenebrosos cimientos del ego, más te acercas al Amor que yace allí oculto. Y eso es lo que realmente te asusta.
UCDM  T Cap.13 III


Gregorio García Alcalá

domingo, 15 de septiembre de 2013

BUSCAR Y HALLAR


El ego está seguro de que el amor es peligroso, y esta es siempre su enseñanza principal. Nunca lo expresa de este modo.  Al contrario, todo el que cree que el ego es la salvación parece estar profundamente inmerso en la búsqueda del amor. El ego, sin embargo, aunque alienta con gran insistencia la búsqueda del amor, pone una condición: que no se encuentre. Sus dictados, por lo tanto, pueden resumirse simplemente de esta manera: "Busca pero no halles". Esta es la única promesa que el ego te hace y la única que cumplirá. Pues el ego persigue su objetivo con fanática insistencia, y su juicio, aunque seriamente menoscabado, es completamente coherente.
La búsqueda que el ego emprende está, por lo tanto, condenada al fracaso. Y como también te enseña que él es tu identidad, su consejo te embarca en una jornada que siempre acaba en una percepción de auto-derrota. Pues el ego es incapaz de amar, y, en su frenética búsqueda de amor, anda en pos de lo que teme encontrar. La búsqueda es inevitable porque el ego es parte de tu mente, y, debido a su origen, él no está totalmente dividido, pues, de lo contrario, carecería por completo de credibilidad. Tu mente es la que cree en él y la que le otorga existencia. Sin embargo, es también tu mente la que tiene el poder de negar su existencia, y eso es sin duda lo que harás cuando te des cuenta exactamente de la clase de jornada en la que el ego te embarca.
Es sin duda obvio que nadie quiere encontrar lo que le derrotaría por completo. El ego, al ser incapaz de amar, se sentiría totalmente perdido en presencia del amor, pues no podría respondre en absoluto. Tendrías entonces que abandonar su dirección, puesto que sería evidente que no te puede enseñar la respuesta que necesitas. El ego, por lo tanto, distorsionará el amor, y te enseñará que él te puede proveer las respuestas que el amor en realidad evoca. Si sigues sus enseñanzas, pues, irás en busca de amor, pero serás incapaz de reconocerlo. 
¿No te das cuenta de que el ego solo puede embarcarte en una jornada que únicamente puede conducirte a una sensación de futilidad y depresión? Buscar y no hallar no puede ser una actividad que brinde felicidad. ¿Es esta la promesa que quieres seguir manteniendo? El Espíritu Santo te ofrece otra promesa, la cual te conduce a la dicha. Pues Su promesa es siempre: "Busca y hallarás", y bajo Su dirección no podrás fracasar. La jornada en la que el Espíritu Santo es tu Guía es la jornada que te conduce al triunfo, y el objetivo que pone ante tí, Él Mismo  lo consumará. Pues Él nunca engañará al Hijo de Dios a quien ama con el Amor del Padre.
UCDM.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

DIOS O EL EGO


                        EL DESPERTAR DE LA REDENCIÓN

Es imposible no creer en lo que ves, pero es igualmente imposible ver lo que no crees. La percepción se construye sobre la base de la experiencia, y la experiencia conduce a las creencias. La percepción no se estabiliza hasta que las creencias se cimientan. De hecho, pues, lo que ves es lo que crees. Eso es lo que quise decir con : "Dichosos los que sin ver creyeron", pues aquellos que creen en la resurrección la verán. La resurrección es el triunfo definitivo de Cristo sobre el ego, no atacándolo sino trascendiéndolo. Pues Cristo ciertamente se eleva por encima del ego y de todas sus "obras", y asciende hasta el Padre y su Reino.
¿Que prefieres, unirte a la resurrección o a la crucifixión? ¿Condenar a tus hermanos o liberarlos? ¿Te gustaría trascender tu prisión y ascender hasta el Padre? Estas preguntas son todas la misma y se contestan al unísono. Ha habido mucha confusión con respecto a lo que significa la percepción, debido a que la palabra se usa con el significado de "conciencia" y también con el de "interpretación de la conciencia". No obstante, no puedes ser consciente sin interpretar, pues lo que percibes es tu propia interpretación. 
Este curso es muy claro. Si no lo ves así, es porque estás haciendo interpretaciones contra él, y, por lo tanto, no crees lo que dice. Y puesto que lo que crees determina tu percepción, no percibes el significado del curso y, consecuentemente, no lo aceptas. Con todo, diferentes experiencias conducen a diferentes creencias, y a través de estas, a diferentes percepciones. Pues las percepciones se aprenden mediante creencias, y la experiencia ciertamente enseña. Te estoy conduciendo a una nueva clase de experiencia que cada vez estarás menos dispuesto a negar. Aprender de Cristo es fácil, pues percibir con Él no entraña ningún esfuerzo. Sus percepciones son tu conciencia natural, y lo único que te fatiga son las distorsiones que introduces en esta. Deja que sea el Cristo en tí Quien interprete por tí, y no trates de limitar lo que ves con creencias pueriles indignas del Hijo de Dios. Pues hasta que Cristo no sea aceptado completamente, el Hijo de Dios se considerará a sí mismo huérfano.
Yo soy tu resurrección y tu vida. Vives en mí poque vives en Dios. Y todos tus hermanos viven en tí, tal como tú vives en cada uno de ellos. ¿Como ibas a poder, entonces, percibir indignidad en un hermano sin percibirla en tí mismo? ¿Y como ibas a percibirla en tí mismo sin percibirla en Dios? Cree en la resurrección porque esta ya se ha consumado, y se ha consumado en tí. Esto es tan cierto ahora como lo será siempre, pues la resurrección es la Voluntad de Dios, Quien no sabe de tiempo ni de excepciones. Pero no hagas excepciones, o, de lo contrario no percibirás lo que se ha consumado para tí. Pues ascendemos hasta el Padre juntos, como fue en un principio, como es ahora y será siempre, pues esa es la naturaleza del Hijo de Dios tal como su Padre lo creó.  UCDM