martes, 29 de octubre de 2013

EL INSTANTE SANTO III


El sacrificio innecesario

Más allá de la débil atracción que la relación de amor especial ejerce, y empañada siempre por ella, se encuentra la poderosa atracción que el Padre ejerce sobre Su Hijo. Ningún otro amor puede satisfacerte porque no hay otro amor. Ese es el único amor que se da plenamente y que es plenamente correspondido. Puesto que goza de plenitud, no pide nada. Puesto que es totalmente puro, todos los que se unen a él lo tienen todo. Esto no es así en ninguna relación que el ego entabla. Pues toda relación que el ego entabla es siempre especial.
El ego entabla relaciones con el solo propósito de obtener algo. Y mantiene al dador aferrado a él mediante la culpabilidad. Al ego le es imposible entablar ninguna relación sin ira, pues cree que la ira le gana amigos. No es eso lo que afirma , aunque ese es su propósito. Pues el ego cree realmente que puede obtener algo y conservarlo haciendo que otros se sientan culpables. Esta es la única atracción que ejerce, pero es una atracción tan débil que no podría subsistir si no fuera porque nadie se percata de ello.Pues el ego siempre parece atraer mediante el amor y no ejerce atracción alguna sobre aquellos que perciben que atrae mediante la culpabilidad.
La enfermiza atracción que ejerce la culpabilidadf tiene que ser reconocida como lo que es. Pues al haberse convertido en  algo real para ti, es esencial que la examines  detenidamente, y que aprendas a abandonarla dejándote de interesar por ella. Nadie abandonaría lo que considera valioso. Pero la atracción de la culpabilidad es algo valioso para ti debido únicamente a que no has examinado lo que es y, por lo tanto, la has juzgado completamente a ciegas. A medida que la llevemos ante la luz, tu única pregunta será: "¿Como es posible que jamás la hubiese podido desear?" No tienes nada que perder si la examinas detenidamente, pues a una monstruosidad como esa no le corresponde estar en tu santa mente. Este anfitrión de Dios no puede estar realmente interesado en algo semejante.
Dijimos anteriormente que el propósito del ego es conservar e incrementar la culpabilidad, pero de forma tal que no te des cuenta de lo que ello te ocasionaría. Pues la doctrina fundamental del ego es que te escapas de aquello que le haces a otros. El ego no le desea el bien a nadie. No obstante, su supervivencia depende de que tu creas que westás exento de sus malas intenciones. Te dice, por lo tanto, que si accedes a ser  su anfitrión, te permitirá proyectar su ira afuera y, de este modo, te protegerá. Y así, se embarca en una interminable e insatisfactoria  cadena de relaciones especiales, forjadas con ira y dedicadas exclusivamente a fomentar tan solo la creencia descabellada de que cuanta más ira descargues fuera de ti mismo, más a salvo te encontrarás.

Un Curso de Milagros
Cap. 15, VII