miércoles, 30 de octubre de 2013

EL INSTANTE SANTO IV



VII. El sacrificio innecesario

De una forma u otra, toda relación que el ego entabla está basada en la idea de que sacrificándose a sí mismo él se engrandece. El "sacrificio", que él considera una purificación, es de hecho la raíz de su amargo resentimiento. Pues preferiría atacar de inmediato y no demorar más lo que realmente desea hacer. No obstante, dado que el ego se relaciona con la "realidad" tal como él la ve, se da cuenta de que nadie podría interpretar un ataque directo como un acto de amor. Mas hacer sentir culpable a otro es un ataque directo, aunque no parezca serlo. Pues los que se sienten culpables esperan ser atacados, y habiendo pedido eso, se sienten atraídos por el ataque.
En tales relaciones dementes, la atracción de lo que no deseas parece ser mucho mayor que la atracción de lo que sí deseas. Pues cada uno piensa que ha sacrificado algo por el otro y lo odia por ello. Eso, no obstante, es lo que cree que quiere. No está enamorado del otro en absoluto. Simplemente cree estar enamorado del sacrificio. Y por ese sacrificio que se impone así mismo, exige que el otro acepte la culpabilidad y que se sacrifique así mismo también. El perdón se hace imposible, pues el ego cree que perdonar a otro es perderlo. De la única manera en que el ego puede asegurar la continuidad de la culpabilidad que mantiene a todas sus relaciones intactas es atacando y negando el perdón.
Sin embargo, tales relaciones tan solo dan la impresión de estar intactas, pues para el ego lo único que las relaciones significan es que los cuerpos están juntos. Esto es lo que el ego siempre exige, y no objeta adonde se dirige la mente o lo que piensa, pues eso no parece ser importante. Mientras el cuerpo esté ahí para recibir su sacrificio, él es feliz. Para él la mente es algo privado, y el cuerpo es lo único que se puede compartir. Las ideas son básicamente algo sin importancia, salvo si con ellas se puede atraer o alejar el cuerpo de otro. Y ese es el criterio del que se vale para juzgar si las ideas son buenas o malas. Todo aquello que hace que el otro se sienta culpable y que le impida irse debido a la culpabilidad es "bueno". Lo que lo libera de la culpabilidad es "malo", pues en ese caso dejaría de creer que los cuerpos se pueden comunicar, y, por lo tanto, se "marcharía".
El sufrimiento y el sacrificio son los regalos con los que el ego "bendice" toda unión. Y aquellos que se unen ante su altar aceptan el sufrimiento y el sacrificio como precio de su unión. En sus iracundas alianzas, nacidas del miedo a la soledad, aunque dedicadas a la perpetuación de la misma, cada cual busca aliviar su culpabilidad haciendo que el otro se sienta más culpable. Pues cada uno cree que eso mitiga su propia culpabilidad. El otro siempre parece estar atacándole e hiriéndole, tal vez con minucias, tal vez "insconcientemente", más nunca sin dejar de exigir sacrificio. La furia de los que se han unido en el altar del ego es mucho mayor de lo que te imaginas. Pues no te das cuenta de lo que el ego realmente quiere.    

Un Curso de Milagros
Cap. 15, VII 6, 7, 8 y 9.