lunes, 14 de octubre de 2013

LAS ENSEÑANZAS EN FAVOR DE LA VERDAD III



EL REFLEJO DE LA SANTIDAD

La Expiación no te hace santo. Fuiste creado santo. La Expiación lleva simplemente lo que no es santo ante la santidad; o, en otras palabras, lo que inventaste ante lo que eres. Llevar ilusiones ante la verdad, o el ego ante Dios, es la única función del Espíritu Santo. No trates de ocultarle al Padre lo que has hecho, pues ocultarlo te ha costado no conocerte a ti mismo ni conocer a Dios. El conocimiento está a salvo, más ¿que seguridad tienes aparte de él? La invención del tiempo para que ocupase el lugar de lo eterno se basó en tu decisión de no ser como eres. De esta manera, la verdad pasó a ser el pasado, y el presente se consagró a las ilusiones. El pasado fue alterado también y se interpuso entre lo que siempre ha sido y el ahora. El pasado que tú recuerdas jamás tuvo lugar, y no representa sino la negación de lo que siempre ha sido.

Llevar el ego ante Dios no es sino llevar el error ante la verdad, donde queda corregido por ser lo opuesto a aquello con lo que se encuentra. Allí queda disuelto porque la contradicción no puede seguir en pie. ¿Por cuánto tiempo puede seguir en pie la contradicción una vez que se ha expuesto su absoluta imposibilidad? Lo que desaparece en la luz no es atacado. Simplemente desaparece porque no es verdad. La idea de que hay diferentes realidades no tiene sentido, pues la realidad es una sola. La realidad no cambia con el tiempo, el estado de ánimo o la ocasión. Su naturaleza inmutable es lo que hace que sea real. Esto no se puede deshacer. El proceso de deshacimiento solo es aplicable a la irrealidad. Y eso es lo que la realidad hará por ti.

La verdad, simplemente por ser lo que es, te libera de todo lo que no es verdad. La Expiación es tan dulce, que basta con que la llames con un leve susurro para que todo su poder acuda en tu ayuda y te preste apoyo. Con Dios a tu lado no puedes ser débil. Pero sin Él no eres nada. La Expiación te ofrece a Dios. El regalo que rechazaste Él lo conserva en ti. El Espíritu Santo lo salvaguarda ahí para ti. Dios no ha abandonado Su altar, aunque Sus devotos hayan entronado a otros dioses en él. El templo sigue siendo santo, pues la Presencia que mora dentro de él  es la santidad.

Son recopilaciones de Un Curso de Milagros

Gregorio  García Alcalá
14 de octubre de 2013