lunes, 6 de enero de 2014

MÁS ALLÁ DEL CUERPO II


Es una locura usar el cuerpo como chivo expiatorio sobre el que descargar tu culpabilidad dirigiendo sus ataques y culpándolo luego por lo que tú mismo quisiste que hiciese. Es imposible exteriorizar fantasías, pues éstas siguen siendo lo que tú deseas y no tienen nada que ver con lo que el cuerpo hace. El cuerpo no sueña con ellas, y lo único que éstas hacen es convertirlo en un lastre en vez de en algo útil. Pues las fantasías han hecho de tu cuerpo tu "enemigo"; algo débil, vulnerable y traicionero, merecedor del odio que le tienes. ¿De que te ha servido todo esto? Te has identificado con eso que odias, el instrumento de venganza  y la aparente fuente de tu culpabilidad. Le has hecho esto a algo que no tiene significado , proclamándolo  la morada del Hijo de Dios y haciendo luego que se vuelva contra él.
Éste es el anfitrión de Dios que tú has engendrado. Y ni Dios ni Su santísimo Hijo pueden hospedarse en una morada donde reina el odio, y donde tú has sembrado semillas de venganza, violencia y muerte. Esa cosa que engendraste para que estuviese al servicio de tu culpabilidad se interpone entre ti y otras mentes. Las mentes están unidas, pero tú no te identificas con ellas. Te ves a ti mismo encerrado en una celda aparte, aislado e inaccesible, y tan incapaz de establecer contacto con otros como  de que otros lo establezcan contigo. Odias esta prisión que has construído, y procuras destruirla. Pero no quieres escaparte de ella ni dejarla indemne y libre de toda culpa.
Sin embargo, ésa es la única manera de escapar. La morada de la venganza no es tu hogar. El lugar que reservaste para que albergarse a tu odio no es una prisión, sino una ilusión de ti mismo. El cuerpo es un límite que se le impone a la comunicación universal, la cual es un atributo eterno de la mente. Mas la comunicación es algo interno. La mente se extiende hasta sí misma. No se compone de diferentes partes que se extienden hasta otras. No sale afuera. Dentro de sí misma es ilimitada, y no hay nada externo a ella. Lo abarca todo. Te abarca completamente: tú te encuentras dentro ella y ella dentro de ti. No hay nada más en ninguna parte ni jamás lo habrá.
El cuerpo es algo externo a ti, y solo da la impresión de rodearte, de aislarte de los demás y de mantenerte separado de ellos y a ellos de ti. Pero el cuerpo no existe. No hay ninguna barrera entre Dios y Su Hijo, y su Hijo no puede estar separado de Sí Mismo, salvo en ilusiones. Esa no puede ser su realidad, aunque él crea que lo es. Solo podría serlo si Dios se hubiese equivocado. Dios habría tenido que crear de modo diferente y haberse separado de Su Hijo para que eso fuese posible. Él habría tenido que crear diferentes cosas, y establecer diferentes órdenes de realidad, de los que solo algunos fuesen amor. Pero el amor tiene que ser eternamente igual a sí mismo, sin alternativas e inmutable para siempre. Y, por lo tanto, así es. Tú no puedes poner una barrera a tu alrededor porque Dios no pudo ninguna entre tú y Él.

Un Curso de Milagros
T 18: VI: 6, 7, 8, 9.


Gregoio García Alcalá
 6 de enero de 2014,