viernes, 3 de enero de 2014

MÁS ALLÁ DEL CUERPO


No hay nada externo a ti. Esto es lo que finalmente tienes que aprender, pues es el reconocimiento de que el Reino de los Cielos te ha sido restaurado. Pues eso fue lo único que Dios creó, y Él no lo abandonó ni se separó a Sí Mismo de él. El Reino de los Cielos es la morada del Hijo de Dios, quien no abandonó a su Padre ni mora separado de Él. El Cielo no es un lugar ni tampoco una condición. Es simplemente la conciencia de la perfecta unicidad y el conocimiento de que no hay nada más: nada fuera de esta unicidad, ni nada adentro.
¿Que otra cosa podría dar Dios, sino el conocimiento de Sí Mismo? ¿Hay algo más que se pueda dar? La creencia de que puedes dar u obtener otra cosa -algo externo a ti,- te ha costado la conciencia del Cielo y la de tu Identidad. Y has hecho algo todavía más extraño, de la cual ni siquiera te has percatado: has transferido la culpabilidad de tu mente a tu cuerpo. El cuerpo, no obstante, no puede ser culpable, pues no puede hacer nada por su cuenta. Tú que crees odiar a tu cuerpo, no haces sino engañarte a tí mismo. Odias a tu mente, pues la culpabilidad se ha adentrado en ella, y procura mantenerse separada de la mente de tu hermano, lo cual no puede hacer.
Las mentes están unidas; los cuerpos no. Solo al atribuirle a la mente las propiedades del cuerpo parece posible la separación. Y es la mente la que parece ser algo privado, y estar fragmentada y sola. Proyecta su culpabilidad, que es lo que la mantiene separada, sobre el cuerpo, el cual sufre y muere porque  se le ataca a fin de mantener viva la separación en la mente e impedir que conozca su Identidad. La mente no puede atacar, pero puede forjar fantasías y ordenarle al cuerpo que las exteriorice. Mas lo que el cuerpo hace nunca parece satisfacer a la mente. A menos que la mente crea que el cuerpo está realmente exteriorizando sus fantasías , lo atacará proyectando aún más culpabilidad sobre él.
En esto la mente está claramente engañada. No puede atacar, pero sostiene que sí puede, y para probarlo, se vale de lo que hace para hacerle daño al cuerpo. La mente no puede atacar, pero puede engañarse a sí misma. Y eso es todo lo que hace cuando cree que ha atacado al cuerpo. Puede proyectar su culpabilidad, pero no puede deshacerse de ella proyectándola. Y aunque es obvio que puede percibir la función del cuerpo erróneamente, no puede cambiar la función que el Espíritu Santo le asignó a este. El cuerpo no es el fruto del amor. Aún así, el amor no lo condena y puede emplearlo amorosamente, respetando lo que el Hijo de Dios engendró y utilizándolo para salvar al Hijo de sus propias ilusiones.
¿No te gustaría que los medios de la separación fueran reinterpretados como medios de salvación y se usasen para los fines del amor? ¿No le darías la bienvenida y le prestarías tu apoyo a este intercambio de fantasías de venganza por tu liberación de ellas? La percepción que tienes del cuerpo puede ser ciertamente enfermiza, pero no debes proyectar eso sobre él. Pues tu deseo de hacer que lo que no tiene la capacidad de destruir sea destructivo, no puede tener ningún efecto real. Lo que Dios creó solo puede ser como Él quiere que sea, pues así lo dispone Su Voluntad. Tú no puedes hacer que Su Voluntad sea destructiva. Puedes, no obstante, forjar fantasías en las que tu voluntad entra en conflicto con la Suya, pero eso es todo.

Un Curso de Milagros
T 18 VI: 1, 2, 3, 4, 5




Gregorio García Alcalá
   3 de enero de 2014