jueves, 16 de enero de 2014

EL PEQUEÑO JARDÍN II



No aceptes ese nimio y aislado aspecto como tu identidad. El sol y el océano no son nada en comparación con lo que tú eres. El sol refulge solo a la luz del sol, y la ola ondula mientras descansa sobre el océano. Pero ni en el sol ni en el océano se encuentra el poder que mora en ti. ¿Preferirías permanecer dentro de tu mísero reino, y seguir siendo un triste rey, un amargado gobernante de todo lo que contempla, que aunque no ve nada está dispuesto a dar la vida por ello? Este pequeño ya no es tu reino. Elevado como un arco muy por encima de él y rodeándolo con amor se encuentra la gloriosa totalidad, la cual ofrece toda su felicidad y profunda satisfacción a todas sus partes. El pequeño aspecto que piensas haber aislado no es una excepción.
El amor no sabe nada de cuerpos y se extiende a todo lo que ha sido creado como él mismo. Su absoluta falta de límites es su significado. Es completamente imparcial en su dar, y abarca todo únicamente a fin de conservar y mantener intacto lo que desea dar. ¡Cuán poco te ofrece tu mísero reino! ¿No es allí, entonces, donde le deberías pedir al amor que entre?  Contempla el desierto -árido y estéril, calcinado y triste- que constituye tu mísero reino. Y reconoce la vida y la alegría que el amor le llevaría procedente de donde él viene y adonde quiere retornar contigo.
El Pensamiento de Dios rodea tu mísero reino y espera ante la barrera que construiste, deseoso de entrar y de derramar su luz sobre el terreno yermo. ¡Mira como brota la vida por todas partes! El desierto se convierte en un jardín lleno de verdor, fértil y plácido ofreciendo descanso a todos los que se han extraviado y vagan en el polvo. Ofréceles este lugar de refugio, que el amor preparó para ellos allí donde antes había un desierto. Y todo aquel a quien le des la bienvenida te brindará el amor del Cielo. Entran de uno en uno en ese santo lugar, pero no se marchan solos, que fue como vinieron. El amor que trajeron consigo les acompañará siempre, al igual que a ti. Y bajo su beneficiencia tu pequeño jardín crecerá y acogerá a todos los que tienen sed de agua viva, pero están demasiado exhaustos para poder seguir adelante solos.
Sal a su encuentro, pues traen a tu Ser consigo. Y condúcelos dulcemente a tu plácido jardín, y recibe allí su bendición. De este modo, tu jardín crecerá y se extenderá a través del desierto, y no dejará afuera ni un mísero reino excluido del amor, dejándote a ti adentro. Y tú te reconocerás a ti mismo, y verás tu pequeño jardín transformase dulcemente en el Reino de los Cielos con todo el amor de su Creador resplandeciendo sobre él.
El instante santo es la invitación que le haces al amor  para que entre en tu desolado y pesaroso reino y lo transforme en un jardín de paz y de bienvenida. La respuesta del amor no se hace esperar. Llegará porque tú viniste sin el cuerpo y no interpusiste barrera alguna que pudiese obstaculizar su feliz llegada. En el instante santo, le pides al amor únicamente lo que él ofrece a todos, ni más ni menos. Y al pedirlo todo, recibirás todo. Y tu radiante Ser elevará el ínfimo aspecto que trataste de ocultar del Cielo, directamente hasta éste. Ninguna parte del amor puede invocar al todo en vano.  Nigún Hijo de Dios se encuentra excluido de Su Paternidad.
Puedes estar seguro de esto: el amor ha entrado a formar parte de tu relación especial, y a entrado de lleno en respuesta a tu vacilante solicitud. Tú no te das cuenta de que ha llegado porque aún no has levantado todas las barreras que construiste contra tu hermano. Y ninguno de vosotros será capaz de darle la bienvenida al amor por separado. Es tan imposible que tú puedas conocer a Dios solo que como que Él pueda conocerte a ti sin tu hermano. Mas juntos no podríais dejar de ser conscientes del amor, del mismo modo en que el amor no podría no conoceros ni dejar de reconocerse a sí mismo en vosotros.
Has llegado al final de una jornada ancestral, y aún no te has dado cuenta de que ya concluyó. Todavía estás exhausto, y el polvo del desierto aún parece empañar tus ojos y cegarte. Pero Aquel a Quien has dado la bienvenida ha venido a ti y quiere darte la bienvenida. Ha estado esperando mucho tiempo para hacer eso. Recíbela de Él ahora, pues Su Voluntad es que lo conozcas. Solo un pequeño muro de polvo  se interpone todavía entre tu hermano y tú. Sóplalo ligeramente con gran alborozo y verás como desaparece. Y entrad en el jardín que el amor ha preparado para vosotros dos.

Un Curso de Milagros
T 18 :VIII: 7, 8, 9, 10, 11, 12, 13.


Gregorio Gacía Alcalá
 16 de enero de 2014