viernes, 14 de febrero de 2014

LA CANCIÓN OLVIDADA


No te olvides nunca de que el mundo que "ven" los ciegos tiene que ser imaginario, pues desconocen el verdadero aspecto del mundo. Tienen que inferir lo que se puede ver basándose en datos que son siempre indirectos y reformular sus deducciones según tropiezan y se caen debido a lo que no reconocieron, o bien pasar sin sufrir daño alguno a través de puertas abiertas que ellos creían cerradas. Y lo mismo ocurre contigo. Tú no ves. Las indicaciones en las que te basas para llegar a tus conclusiones son erróneas, y por eso tropiezas y te caes encima de las piedras que no viste, sin darte cuenta de que puedes atravesar las puertas que, aunque creías que estaban cerradas, se encuentran abiertas para los ojos que no ven, esperando a darte la bienvenida.
¡Que descabellado es tratar de juzgar aquello que simplemente se podría ver! No es necesario imaginar que aspecto debe tener el mundo. Antes de que lo puedas reconocer como lo que es, tienes que verlo. Se te puede mostrar qué puertas están abiertas, para que así puedas ver donde radica la seguridad, qué camino conduce a las tinieblas y cual a la luz. Los juicios siempre te darán indicaciones falsas, pero la visión te muestra por donde ir, ¿Por qué tratar de adivinarlo?
No hay que sufrir para aprender. Las lecciones benévolas se asimilan con júbilo y se recuerdan felizmente. Deseas aprender lo que te hace feliz y no olvidarte de ello. No es esto lo que niegas. Lo que te preguntas es si los medios a través de los cuales se aprende este curso conducen a la felicidad que promete o no. Si creyeses que sí, no tendrías dificultad alguna para aprender el curso. Todavía no eres un estudiante feliz porque aún no estás seguro de que la visión pueda aportarte más de lo que los juicios te ofrecen, y has aprendido que no puedes tener ambas cosas.
Los ciegos se acostumbran a su mundo adaptándose a él. Creen saber como desenvolverse en él. Han aprendido a hacerlo, pero no a través de lecciones gozosas, sino a través de la dura nacesidad impuesta por las limitaciones que no creían poder superar. Y como todavía lo siguen creyendo, tienen en gran estima a esas lecciones y se aferran a ellas porque no pueden ver. No entienden que son las lecciones en sí las que los mantienen ciegos. Eso no lo creen. Y así, conservan el mundo que aprendieron a "ver" en su imaginación, creyendo que solo  pueden elegir entre eso o nada. Odian el mundo que aprendieron a conocer mediante el dolor. Y todo lo que creen que habita en él solo sirve para recordarles que están incompletos y que se les ha privado injustamente de algo.

Por lo tanto, definen su vida y donde viven, y se adaptan a ello tal como creen que deben hacerlo, temerosos de perder lo poco que tienen. Y lo mismo ocurre con todos aquellos que consideran que lo único que tanto ellos como sus hermanos tienen es el cuerpo. Tratan de comunicarse entre sí, y fracasan una y otra vez. Y se adaptan a la soledad, pues creen que conservar el cuerpo es proteger lo poco que tienen. Presta atención, y mira a ver si te puedes acordar de lo que vamos a hablar ahora.
Escucha... tal vez puedas captar un leve atisbo de un estado inmemorial que no has olvidado del todo; tal vez sea un poco nebuloso, mas no te es totalmente desconocido: como una canción cuyo título olvidaste hace mucho tiempo, así como las circunstancias en las que la oíste. No puedes acordarte de toda la canción, sino solo de algunas notas de la melodía, y no puedes asociarla con ninguna persona o lugar, ni con nada en particular. Pero esas pocas notas te bastan para recordar cuán bella era la canción, cuán maravilloso el paraje donde la escuchaste y cuanto amor sentiste por los que allí estaban escuchándola contigo.
Las notas no son nada. Sin embargo, las has  conservado, no por ellas mismas, como un dulce recordatorio de lo que te haría llorar si recordarses cuán querido era para ti. Podrías acordarte, pero tienes miedo, pues crees que perderías el mundo que desde entonces has aprendido a conocer. Sin embargo, sabes que nada en este mundo es ni la sombra de aquello que tanto amaste. Escucha y mira a ver si te acuerdas de una canción muy vieja que sabías hace mucho tiempo y que te era más preciada que cualquier otra melodía que te hayas enseñado a ti mismo desde entonces. Más allá del cuerpo, del sol y de las estrellas; más allá de todo lo que ves, y, sin embargo, en cierta forma familiar para ti, hay un arco de luz dorada que al contemplarlo se extiende hasta volverse un círculo enorme y luminoso. El círculo se llena de luz ante tus ojos. Sus bordes desaparecen, y lo que había dentro deja de estar contenido.





 La luz se expande y envuelve todo, extendiéndose hasta el infinito y brillando eternamente sin interrupciones ni límites de ninguna clase. Dentro de ella todo está unido en una continuidad perfecta. Es imposible imaginar que pueda haber algo que no esté dentro de ella, pues no hay lugar del que esta luz esté ausente.
Esta es la visión del Hijo de Dios, a quien conoces bien. He aquí lo que ve el que conoce a su Padre. He aquí el recuerdo de lo que eres: una parte de ello que contiene todo ello dentro de sí, y que está tan inequívocamente unida a todo como todo está unido en ti. Acepta la visión que te puede mostrar esto y no el cuerpo. Te sabes esa vieja canción, y te la sabes muy bien. Nada te será jamás tan querido como este himno inmemorial de amor que el Hijo de Dios todavía le canta a su Padre.
Y ahora los ciegos pueden ver, pues esa misma canción que entonan en honor de su Creador los alaba a ellos también. La ceguera que inventaron no podrá resistir el vibrante recuerdo de esta canción. Y contemplarán la visión del Hijo de Dios, al recordar quién es aquel al que cantan. ¿Que es un milagro, sino este recordar? ¿Y hay alguien en quien no se encuentre esta memoria? La luz en uno despierta la luz en los demás. Y cuando la ves en tu hermano, la recuerdas por todos.

Un Curso de Milagros
T 21 - I: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10.