viernes, 7 de febrero de 2014

LA VISIÓN DE LA IMPECABILIDAD


Al principio, la visión te llegará en forma de atisbos, pero eso bastará para mostrarte lo que se te concede a ti que ves a tu hermano libre de pecado. La verdad se restituye en ti al tú desearla, tal como la perdiste al desear otra cosa. Abre las puertas del santo lugar que cerraste al haber valorado esa "otra cosa", y lo que nunca estuvo perdido regresará calladamente. Ha sido salvaguardado para ti. La visión no sería necesaria si no se hubiese concebido la idea de juzgar. Desea ahora que esta sea eliminada completamente y así se hará.
¿Deseas conocer tu Identidad? ¿No intercambiarías gustosamente tus dudas por la certeza? ¿No estarías dispuesto a estar libre de toda aflicción y aprender de nuevo lo que es la dicha? Tu relación santa te ofrece todo esto. Tal como se te dio, así también se te darán sus efectos. Y del mismo modo en que no fuiste tú quien concibió su santo propósito, tampoco fuiste tú quien concibió los medios para lograr su feliz desenlace. Regocíjate de poder disponer de lo que es tuyo solo con pedirlo, y no pienses que tienes que ser tú quien debe concebir los medios o el fin. Todo ello se te da a ti que quieres ver a tu hermano libre de pecado. Todo ello se te da, y solo espera a que desees recibirlo. La visión se le otorga libremente a todo aquel que pide ver.
 La impecabilidad de tu hermano se te muestra en una luz brillante, para que la veas, con la visión del Espíritu Santo y para que te regocijes con ella junto con Él. Pues la paz vendrá a todos aquellos que la pidan de todo corazón y sean sinceros en cuanto al propósito que comparten con el Espíritu Santo, y de un mismo sentir con Él con respecto a lo que es la salvación.  Estáte dispuesto, pues, a ver a tu hermano libre de pecado, para que Cristo pueda aparecer ante tu vista y colmarte de felicidad. Y no le otorgues ningún valor al cuerpo de tu hermano, el cual no hace sino condenarlo a fantasías de lo que él es. Él desea ver su impecabilidad, tal como tú deseas ver la tuya. Bendice al Hijo de Dios en tu relación, y no veas en él lo que tú has hecho de él.
El Espíritu Santo garantiza que lo que Dios dispuso para ti y te concedió, será tuyo. Este es tu propósito ahora, y la visión que hace que sea posible solo espera a que la recibas. Ya dispones de la visión que te permite no ver el cuerpo. Y al contemplar a tu hermano verás en él un altar a tu Padre tan santo como el Cielo, refulgiendo con radiante pureza y con el destello de las deslumbrantes azucenas que allí depositaste. ¿Que otra cosa podría tener más valor para ti? ¿Por qué piensas que el cuerpo es un mejor hogar, un albergue más seguro para el Hijo de Dios? ¿Por qué preferirías ver el cuerpo en vez de la verdad? ¿Como es posible que esa máquina de destrucción sea lo que prefieres y lo que eliges  para reemplazar el santo hogar que te ofrece el Espíritu Santo, y donde Él morará contigo?
El cuerpo es el signo de la debilidad, de la vulnerabilidad y de la pérdida de poder. ¿Que ayuda te puede prestar un salvador así? ¿Le pedirías ayuda a un desvalido en momentos de angustia y de necesidad? ¿Es lo infinitamente pequeño la mejor alternativa a la que recurrir en busca de fortaleza? Tus juicios parecerán debilitar a tu salvador. Mas eres quien tiene necesidad de su fortaleza. No hay problema, acontecimiento, situación o perplejidad que la visión no pueda resolver. Todo queda redimido cuando se ve a través de la visión. Pues no es tu visión, y trae consigo las amadas leyes de Aquel Cuya visión es.  

Un Curso de Milagros
T 20 VIII 1, 2, 3, 4, 5.