lunes, 17 de febrero de 2014

LAS ENSEÑANZAS DE OSHO



Oí sobre un sacerdote que murió. Desde luego esperaba ir al cielo, al paraíso. Llegó allí y todo era hermoso. La casa en la que entró era la más maravillosa que podía haber soñado, palaciega. Y al momento en que tuvo un deseo, inmediatamente un criado apareció. Si estaba hambriento, el criado estaba allí con comida, la más deliciosa que jamás hubiera probado.
Si sentía sed, incluso antes de que el deseo se formara como pensamiento, mientras era tan sólo un sentimiento, un hombre aparecía con bebidas. Así siguieron las cosas y él fue feliz duran­te dos o tres días, y entonces comenzó a sentirse intranquilo por­que un hombre debe de hacer algo, no puedes estar tan sólo senta­do en una silla. Únicamente un hombre del Tao puede estar senta­do en un silla y permanecer sentado y sentado y sentado. Tú no puedes.
El cura se puso nervioso. Durante dos o tres días está bien co­mo vacaciones, como un descanso. El había sido tan activo, tan­to servicio a los demás, evangelización, iglesia, sermones; había estado tan envuelto con la sociedad y la comunidad, de forma que descansó. Pero, ¿durante cuánto tiempo puedes estar descansan­do? A menos que todo tu ser esté descansando, antes o después las vacaciones se acaban y tienes que regresar al mundo. Surgió el desasosiego; empezó a sentirse incómodo.
De repente el criado apareció y le preguntó, ¿qué es lo que de­seas? Este sentimiento tuyo no es un deseo, no estás ni ham­briento ni sediento, sólo intranquilo.-¿Qué puedo hacer?
El cura le dijo, "No puedo estar aquí sentado para siempre; durante toda una eternidad. Quiero algo de actividad".
El criado le dijo "Esto es imposible. Todos tus deseos serán satisfechos aquí por nosotros, de modo que ¿qué necesidad tienes de actividad? No hay necesidad ninguna, es por esto que no la pro­porcionamos aquí".
El cura se puso muy nervioso y le dijo, "¿Qué clase de cielo es éste?".
El criado le replicó, "¿Quién te dijo que esto era el cielo? Esto es el infierno. ¿Quién te dijo que fuese el cielo?".
Y realmente era el infierno. Ahora comprendió: sin actividad, esto era el infierno. Debió volverse loco antes o después. Sin co­municación ni charla, ningún servicio social para hacer, ningún pagano para ser convertido al cristianismo, ningún tonto al que volver sabio ¿qué podía hacer?
Sólo un hombre del Tao podía haber cambiado ese infierno en un cielo. Un hombre del Tao, está dónde está, está en paz, cómodo. Sólo hace lo que es esencial, y si tú puedes hacer lo esencial por él, él es feliz. Lo no esencial es abandonado.
Tú no puedes dejar lo no esencial. Realmente el noventa y nueve por ciento de tu energía se desperdicia en lo no esencial. Lo esencial no es suficiente y la mente siempre suspira por lo no esencial, porque lo esencial es tan poco, tan ínfimo, que puede ser satisfecho fácilmente. ¿Y entonces qué harás?
La gente no está muy interesada en tener una buena comida, está más interesada en tener un gran coche, porque la buena co­mida puede ser obtenida fácilmente. ¿Y entonces qué hacer? La gente no está interesada en tener cuerpos sanos. Eso puede obte­nerse muy fácilmente. Están interesados en algo que no pueda ser obtenido de forma tan fácil, algo imposible, y lo no esencial es siempre lo imposible. Siempre hay casas más grandes, coches mayores, van acumulando cosas más y más grandes y no se te permite nunca descansar.
Todo el mundo está intentando satisfacer lo no esencial. El no­venta por ciento de la industria está implicada en lo no esencial. El cincuenta por ciento del trabajo del hombre se desperdicia en cosas que no son útiles en modo alguno. El cincuenta por ciento de la industria se dedica a la mente femenina, en vez de al cuerpo femenino: diseñando nuevos vestidos cada tres meses, diseñando nuevas casas, ropas, polvos, cremas, jabones; el cincuenta por ciento de la industria se dedica a este sinsentido. Y la humanidad se muere de hambre, la gente se muere por no tener comida, y me­dia humanidad está interesada en lo absolutamente no esencial.
Alcanzar la luna es absolutamente no esencial. Si fuéramos un poco más sabios ni incluso pensaríamos en ello. Es absolutamen­te tonto desperdiciar tanto dinero como el que podría emplearse en alimentar toda la tierra. Las guerras no son esenciales, pero la humanidad está loca, y necesita de las guerras más que de la co­mida. Necesita alcanzar la Luna antes que tener comida, antes que tener ropas, antes que tener lo esencial, porque lo esencial no es suficiente.
Y ahora la ciencia ha creado el mayor horror, y ese horror es que ahora lo esencial puede ser satisfecho muy fácilmente. En diez años, todas las necesidades de la humanidad podrán ser satisfechas, toda la tierra podrá ser satisfecha en lo concerniente a sus necesidades. ¿Y entonces qué? ¿Qué harás? Te hallarás en la misma tesitura que el párroco. Creyó que estaba en el cielo, y descubrió que se encontraba en el infierno. Dentro de diez años toda la Tierra se convertirá en un infierno.