lunes, 3 de marzo de 2014

LAS CHARLAS DE OSHO





Un nuevo rico solicitó tres piscinas para su jardín. Se hicieron y luego se las enseñaba a un amigo. El amigo estaba un poco extraña­do. Le dijo, "¿Tres piscinas?, ¿para qué? Con una sería suficiente".
El nuevo rico le dijo, "No, ¿cómo podría ser una suficiente? Una para agua fría, una para agua caliente".
Y el amigo le preguntó, "¿Y la tercera?".
El contestó, "Para los que no sepan nadar. Por eso esta terce­ra piscina permanecerá vacía".
Puedes conocer si un hombre se ha enriquecido recientemen­te, lo estará mostrando. Un aristócrata de verdad es uno que ha olvidado que es rico. Un hombre del Tao es un aristócrata del mundo interior.
Si una persona presume de su religión, no es realmente reli­gioso. La religión es todavía como una espina, no es natural, hie­re, él está ansioso por exhibirla. Si deseas exhibir tu sencillez, ¿qué clase de sencillez es ésta? Si exhibes tu amabilidad, se con­vierte en puro cálculo, no hay nada de amable en ello.
Un hombre del Tao es un aristócrata del mundo interior.
Está en extremo sintonizado con él, no hay exhibicionismo ­no sólo hacia ti, él mismo no es consciente de ello. El no advier­te que es sabio, él no advierte que es inocente- ¿cómo puedes saber tú si eres inocente? Tu conocimiento alterará la inocencia.
Un seguidor de Hazrat Mohammed fue con él a la mezquita para las oraciones de madrugada. Era verano, y de regreso vio a mucha gente todavía dormida en sus casas o que estaba en la ca­lle. Era de madrugada, una mañana de verano, y mucha gente dor­mía todavía. El hombre le dijo a Hazrat Mohammed muy arro­gantemente, "¿Qué les pasará a estos pecadores? ¿No han acudi­do a los rezos matutinos?".
Aquel era el primer día que él acudía a rezar. El día anterior estaba tan dormido como aquellos pecadores. El nuevo rico de­seaba exhibirse, destacar ante Mohammed: "Mohammed Hazrat, ¿qué les ocurrirá a esos pecadores? No han asistido a los rezos de la mañana, son todavía perezosos y están dormidos".
Mohammed se paró y le dijo, "Vete a casa, tengo que regresar a la mezquita de nuevo".
El hombre le dijo "¿Por qué?".
El replicó, "Mi oración matutina se ha desperdiciado por tu culpa; el estar en tu compañía lo ha echado todo a perder. Tengo que rezar de nuevo. Y en cuanto a ti, acuérdate de no venir más. Sería mejor para ti permanecer dormido como los demás; al me­nos así no serían pecadores. Tus rezos sólo han conseguido una cosa -te han dado una clave para condenar a los demás”.
La llamada persona religiosa es religiosa tan sólo para miraros a vosotros con ojos condenatorios, de forma que pueda decir que sois pecadores. Ve a tus santos, a tus llamados santos, y morales a los ojos. No hallarás la inocencia que debería de haber allí. Encontrarás una mente calculadora observándote y cavilando sobre el infierno: Serás arrojado al infierno y yo estaré en el cie­lo, porque yo he estado rezando mucho, cinco veces al día, y he ayunado mucho. ¡Como si tú pudieras comprar el cielo...! Esas son las monedas de cambio: ayunar, rezar. Esas son las monedas con las que uno esta tratando de regatear.
Si ves la condena en los ojos de un santo, da por cierto que él es un nuevo rico; no es un aristócrata del mundo interior, no ha llegado a ser uno con ello. El puede saberlo, pero tú sabes algo solamente cuando ese algo está separado de ti.
Aquí uno ha de recordar lo siguiente: que debido a ello, el co­nocimiento de uno mismo es imposible. No puedes conocerte a ti mismo, porque todo lo que puedas conocer no eres tú, es algo dis­tinto, algo separado de ti. El yo es siempre el conocedor, nunca lo conocido, de forma que ¿cómo puedes conocerlo? No lo puedes re­ducir a un objeto.
Yo puedo verte. ¿Cómo me puedo ver a mí mismo? ¿Quién se­ría entonces el que ve y quién sería visto? No, el yo no puede ser conocido de la misma forma que las demás cosas son conocidas.
El conocimiento del yo no es posible de la forma ordinaria, porque el conocedor siempre trasciende, va más allá. Sea lo que sea que conozca, no es eso. Los Upanishads dicen: neti, neti -ni esto, ni eso. Cualquier cosa que conozcas, tú no eres eso; cualquier cosa que no conozcas, no eres eso tampoco. Tú eres el que conoce, y este conocedor no puede ser reducido a un objeto.
El conocimiento del yo no es posible. Si tu inocencia provie­ne de tu fuente interior, no puedes reconocerla. Si la has impues­to desde el exterior, puedes reconocerla; si es como un vestido que has de llevar, lo sabes, pero no es el mismísimo aliento de tu vida. Esta inocencia es entonces cultivada, y una inocencia culti­vada es algo repugnante.
Osho.