domingo, 20 de abril de 2014

LA BONDAD DE LA MAGIA




«De nada te serviría el que yo menospreciase el poder de tu pensamiento»
En UCDM, la magia es cualquier cosa externa que usamos para obtener placer o aliviar el dolor. La magia, por tanto, va desde nuestra búsqueda de la satisfacción de las necesidades básicas de la vida física como oxígeno, agua y comida, sin los cuales, naturalmente, nuestro cuerpo perecería, hasta nuestra necesidad de relaciones especiales con gente, sustancias y objetos materiales, sin los cuales nuestros cuerpos psicológicos perecerían. Así, en nuestra experiencia, la magia hace real al cuerpo, y su seguridad, bienestar y libertad del dolor y de la muerte, se convierten en nuestro único interés.
Reconocer el papel de la magia se vuelve más fácil cuando la ponemos junto al milagro. Dicho con sencillez, la magia ve los problemas como algo externo y busca siempre la manera de resolverlos por medio de lo externo. El milagro, por otra parte, refleja la visión de Cristo que ve todos los problemas como proyecciones de decisiones interiores («El mundo que ves se compone de [...] la imagen externa de una condición interna» [T-21.In.1:2,5], y por tanto el milagro siempre busca encontrar la solución interna de la mente sana. Y como la busca, con certeza la encontrará.
Sin embargo, como uno no puede vivir en el mundo como un cuerpo sin practicar la magia, el milagro empieza su trabajo de curación reconociendo nuestra implicación en el mundo material, y luego llevándonos de vuelta a la «condición interna» de la actividad mental de tomar decisiones. Como ya hemos expresado en estas páginas, hay un paralelismo entre este papel de los milagros y la famosa afirmación de Freud en su Interpretación de los sueños: «La interpretación de los sueños es el camino real al conocimiento de las actividades inconscientes de la mente». Sin la expresión externa (o proyección) del sistema de ideas de la mente, no tendríamos manera de ganar acceso a ella. El velo del olvido (más bien un telón de acero) que el ego dejó caer entre nuestros cuerpos y mentes, nos impide volver al único poder del universo que puede resolver nuestros problemas y salvarnos de los infiernos personales y colectivos en los que todos nos encontramos. Este poder es la capacidad de elegir que tiene la mente.
Por consiguiente, sólo podemos equivocarnos mientras nos experimentemos a nosotros mismos en el mundo de lo material. Después de todo, venir aquí por medio del nacimiento buscando escondernos de la mente en un cuerpo, fue en sí mismo un error. Pero en las manos de Jesús o del Espíritu Santo, estas equivocaciones se convierten en el medio donde aprender a distinguir entre verdad e ilusión, alegría y dolor, libertad y prisión: «Ésta es la percepción benévola que el Espíritu Santo tiene del deseo de ser especial: valerse de lo que tú hiciste para sanar en vez de para hacer daño» (T-25.VI.4:1).
La separación de nuestro Origen fue la primera y, en verdad, la única equivocación que hemos cometido nunca. Todas los demás errores tienen su origen en este primero, y el ego nunca ha salido de su origen. Como enseña el texto: «El brevísimo lapso de tiempo en el que se cometió el primer error -en el que todos los demás errores están contenidos...» (T-26.V.3:5).
Pero ese único error está sepultado en el tiempo y aparentemente para siempre inaccesible a la corrección, al menos en esa forma. Leemos en el manual del maestro: «El tiempo, entonces, se remonta a un instante tan antiguo que está más allá de toda memoria, e incluso más allá de la posibilidad de poder recordarlo. Sin embargo, debido a que es un instante que se revive una y otra vez, y de nuevo otra vez, parece como si estuviese ocurriendo ahora» (M-2.4:1-2).
Como nuestros errores se experimentan en lo que creemos que es el presente, necesitamos corregirlos en las formas en que creemos que han ocurrido. Por lo tanto también leemos: «Cada día, y cada minuto de cada día, y en cada instante de cada minuto, no haces sino revivir ese instante en el que la hora del terror ocupó el lugar del amor» (T-26.V.13:1).
En otras palabras, la estructura de la mente es vertical y no horizontal, como la ilusión de la dimensión lineal del tiempo, y así los errores que parecemos estar cometiendo ahora, no son más que los fragmentos ensombrecidos de la decisión, antigua y actual de la mente de estar separada de la Unicidad y del Amor perfectos. Una vez más, el que no nos acordemos de la separación ontológica no importa, porque revivimos la misma equivocación todas y cada una de las veces que vemos a otro como separado de nosotros, con intereses que no son los nuestros. Y por ser el mismo error, corregir el pensamiento específico de ataque que parece tener lugar en nuestro mundo material, corrige el instante del «pecado» que cometimos como un solo Hijo.
¿Y qué fue exactamente lo que ocurrió en aquel instante en el que la hora del terror ocupó el lugar del amor? Con certeza que no fue la hora del terror en sí misma, porque ¿cómo podría haber ocurrido lo imposible de verdad? Otra vez necesitamos consultar el manual: «En el tiempo esto ocurrió hace mucho. En la realidad, nunca ocurrió» (M-2.2:7-8).
Lo que ocurrió fue nuestra reacción a la aparente separación, la propia idea mágica de la separación nunca ocurrió. Confrontados con la imposibilidad de que la «Unicidad unida cual Una sola» (T-25. I.7:1) estuviese dividida y fragmentada, «nos tomamos en serio una diminuta y alocada idea, de la que nos olvidamos de reírnos» (T-27.VIII.6:2). Nuestra comprensión de que las ilusiones sencillamente no ocurren en la realidad, significa que la equivocación nunca pudo haber sido lo que nunca pudo haber ocurrido, sino que sólo fue nuestro tomar en serio este sueño demencial lo que ocurrió. Fue aquel momento de locura el que dio a luz al ego, y al mundo material que pareció surgir como un hecho dentro del instante de la locura (T-27.VIII.6:3).
Naturalmente todo esto fue mera magia, pues sólo nació la ilusión (recuerda que a los magos de nuestro mundo se les llama a veces ilusionistas). Hablando del instante en que la ilusión de la separación tomó existencia, seguida por la ilusión de un universo espacio-temporal, Jesús nos ofrece este pasaje cargado de sentido del libro de ejercicios: «El tiempo es un truco, un juego de manos, una gigantesca ilusión en la que las figuras parecen ir y venir como por arte de magia» (Lección 158.4:1).

Por ilusorio que sea, la magia del ego nos seduce con la promesa, como en las leyendas de Fausto en las que aparece como Mefistófeles, de satisfacer los deseos de nuestro corazón. Estos al final se funden en un único deseo de existencia eterna como ser individual y especial, autónomo y libre. Sin embargo, UCDM nos hace preguntarnos: ¿y si nos hubiéramos acordado de reírnos de esta mágica idea ontológica de separación, por la que soñamos haber logrado lo que queríamos, la independencia de la unidad indiferenciada de la Divinidad? Si hubiéramos elegido la cordura en vez de esta locura, la respuesta bondadosa y suave de Espíritu Santo en lugar de la severa y terrorífica del ego, entonces no habría sucedido nada y el sueño, con sus ideas concomitantes de pecado, culpabilidad y miedo, se habría terminado en el mismo instante en que pareció ocurrir. No podrían haber tenido ningún efecto en la unidad indiferenciada de la Divinidad, que incluye al Creador, los creados y las creaciones de los creados: «Hace mucho que este mundo desapareció. Los pensamientos que lo originaron ya no se encuentran en la mente que los concibió y los amó por un breve lapso de tiempo. [...] Todos los efectos de la culpabilidad han desaparecido, pues ésta ya no existe» (T-28.I.1:6-7;2:1-2).
Lo que se deduce claramente de estos hechos –y este es el núcleo de las enseñanzas de Jesús en UCDM–, es que el problema nunca fue la diminuta y alocada idea, que sigue sin existir. Es siempre y solamente cómo respondemos a la idea inexistente (por ser demencial) de la separación. Es el tomarnos en serio las ideas y acciones mágicas (que son una y la misma cosa) lo que necesita corrección, no el pensamiento o la conducta, que son mera ilusión. Eso es lo que quiere decir este significativo pasaje del manual: «Tal vez sea útil recordar que nadie puede enfadarse con un hecho. Son siempre las interpretaciones las que dan lugar a las emociones negativas, aunque éstas parezcan estar justificadas por lo que aparentemente son los hechos» (M-17.4:1-2).
Las implicaciones de esto son enormes, pues lo anterior significa que nunca estamos disgustados —¡nunca!— por la razón que creemos (Lección 5); esto es, no son las relaciones, situaciones o acontecimientos (los hechos) aparentemente externos de nuestras vidas los que nos causan dolor (o placer, que para el caso es lo mismo), sino sólo la manera de mirarlos (la interpretación) que nuestras mentes eligen. Esto tiene que ser verdad si el principio clave del curso «Las ideas no abandonan su fuente» es verdad. Si la idea de la separación nunca ha salido de su origen en la mente por medio de la proyección, entonces no puede haber ningún mundo fuera de la mente que lo está soñando, y menos aún tener efecto sobre nosotros.
Y entonces ¿cómo podemos disgustarnos por lo que no está ahí? De hecho ¿es que siquiera hay alguien ahí que pueda disgustarse? No hay ningún mundo, sólo la creencia de la mente en que lo hay. Una vez más, el mundo es sólo magia pura y simple: una ilusión que es la proyección de una idea ilusoria, un pensamiento engañoso que ha traído percepciones alucinadas – una mala solución de un problema que no existe. Si nos disgustamos por la magia del mundo, en nosotros mismos o en los demás, sólo puede ser porque hemos elegido hacer real la idea mágica de la separación. ¿Qué otra cosa podría ser? Atribuirle nuestro disgusto o nuestra paz a cualquier otra cosa, no es más que una estratagema del ego para mantenernos separados, para demostrar que tenemos razón y que Dios se equivoca. El principio de la Lección 70 deja esta dinámica fundamental del ego más clara que el agua: «… nada externo a ti puede salvarte ni nada externo a ti puede brindarte paz. [...] nada externo a ti te puede hacer daño, perturbar tu paz o disgustarte en modo alguno» (Lección 70.2:1-2).
Suponiendo que aceptamos la validez de esta idea, y en cierto sentido no seríamos estudiantes de Un Curso de Milagros si no la aceptásemos, necesitamos preguntarnos por qué seguimos negando este principio metafísico permitiéndonos a nosotros mismos tomar, por ideas y conductas mágicas, disgustos que sólo sirven para hacer real la ilusión de la separación. La respuesta yace en que apreciamos los efectos de semejante práctica. A continuación del pasaje citado anteriormente leemos: «¿Por qué querrías conservarla [la culpabilidad] en tu memoria, a no ser que deseases sus efectos?» (T-28.I.2:4).
Los efectos de la culpabilidad, los efectos de nuestro pensamiento mágico –y disgustarse por la magia de otro es en sí mismo mágico–, refuerzan nuestra identidad como seres individuales y especiales. El ser personal sólo puede existir en el universo dual que surgió de tomar en serio la idea diminuta y alocada de la separación. Y este es el error que repetimos y reforzamos cada vez que vemos las ideas, sentimientos, palabras o actos mágicos (léase alocados) de otro como merecedores de nuestra atención embelesada y de grave respuesta.
El siguiente pasaje de la sección ya mencionada del manual, “¿Cómo lidian los maestros de Dios con los pensamientos mágicos?”, se hace eco de nuestra motivación: «La manera de lidiar con la magia es [...] una de las lecciones fundamentales que el maestro de Dios tiene que aprender cabalmente. [...] Si un pensamiento mágico despierta hostilidad [o juicio] -de la clase que sea- el maestro de Dios puede estar seguro de que está reforzando su propia creencia en el pecado y de que se ha condenado a sí mismo» (M-17.1:4,6).
Viendo el pecado en otro, protegemos la proyección de nuestra propia creencia en el pecado, usando por tanto la magia para fortalecer la fe en la mágica idea ontológica de habernos separado de nuestro Creador y Origen. Esta es la razón por la cual hacemos real la locura mágica del otro en nuestra percepción, justificando una respuesta con la misma moneda. Siempre hay método en la locura del ego, y el objetivo de nuestras respuestas demenciales es nada menos que demostrar que Dios se equivoca y nuestros seres separados tienen razón. Parafraseando al libro de ejercicios, podemos decir: «Mas si la magia es real, entonces no hay ningún milagro y por tanto es Dios quien no existe» (Lección 190.3:4).
Jesús ofrece otro ejemplo de demostración de una enseñanza bondadosa y amorosa en lo que hoy es el Capítulo 2 del texto. Originalmente fue una discusión entre Jesús y Helen, quien fue a su maestro con ciertos miedos externos. La de él fue una respuesta con dos flancos. Claramente Jesús respetaba la decisión de Helen de tener miedo, y a la vez le recordaba su verdadero problema, la decisión de su mente de estar separada de él: «Deshacer el miedo es tu responsabilidad. Cuando pides que se te libere del miedo, estás implicando que no lo es. En lugar de ello, deberías pedir ayuda para cambiar las condiciones que lo suscitaron. Esas condiciones siempre entrañan el estar dispuesto a permanecer separado» (T-2.VI.4:1-4).
Después de declarar la sencillez del problema y por tanto de la respuesta, de los cuales somos los únicos responsables, Jesús continuó explicando lo que había detrás de su declaración anterior: «Si me interpusiese entre tus pensamientos y sus resultados, estaría interfiriendo en la ley básica de causa [la decisión de estar separado] y efecto [el miedo]: la ley más fundamental que existe. De nada te serviría el que yo menospreciase el poder de tu pensamiento. Ello se opondría directamente al propósito de este curso» (T-2.VII.1:4-6).
De esta manera Jesús le recuerda a su escriba, y a todos sus estudiantes, que el objetivo de UCDM es devolver la atención a la mente que toma decisiones, que es la única causa de los problemas que percibimos y el único medio para corregirlos. Este es el papel del milagro, como ya hemos visto, por que corrige las creencias en la realidad de la magia, incluyendo la de la necesidad de magia. Es también la base de nuestra bondad hacia los demás, que nos permite centrarnos sólo en nuestra reacción a lo que percibimos, sin juzgar a nadie. La bondad del milagro nos lleva a ejemplificar el juicio del Espíritu Santo: «alguien expresa amor o lo pide» (T-12.I.8-10; T-14.X.7:1). En cualquier caso, nuestra respuesta sería amorosa: compartiendo el amor o respondiendo con amor a la petición de amor.
Así pues, nuestro enfoque cambia de las distintas formas de la magia a nuestras reacciones, y esto es nada menos que cambiar de juzgar a la bondad, respetando el miedo de la gente como una petición de un amor que no creen merecer porque creen que lo traicionaron.

Kenneth Wapnick

viernes, 18 de abril de 2014

SALVACIÓN SIN TRANSIGENCIAS



¿No es cierto acaso que no reconoces algunas de las formas en que el ataque se puede manifestar? Si es cierto que el ataque en cualquiera de sus formas te hará daño, y que te hará tanto daño como lo harían cualquiera de las formas que reconoces, entonces se puede concluir que no siempre reconoces la fuente del dolor. Cualquier forma de ataque es igualmente destructiva. Su propósito es siempre el mismo. Su única intención es asesinar, y ¿que forma de asesinato puede encubrir la inmensa culpabilidad y el terrible temor  a ser castigado que el asesino no puede por menos que sentir? Puede que niegue ser un asesino y que justifique su infamia con sonrisas mientras la comete. Sin embargo, sufrirá y verá sus intenciones en pesadillas en las que las sonrisas habrán desaparecido, y en las que su propósito sale al encuentro de su horrorizada conciencia para seguir acosándolo. Pues nadie que piense en asesinar puede escaparse de la culpabilidad que dicho pensamiento conlleva. Si la intención del ataque es la muerte, ¿que importa qué forma adopte?
¿Podría cualquier forma de muerte, por muy hermosa y caritativa que parezca, ser una bendición y un signo de que la Voz que habla por Dios le está hablando a tu hermano a través de ti? La envoltura no hace el regalo. Una caja vacía, por muy bella que sea y por mucha gentileza que se tenga al darla, sigue estando vacía. Y tanto el que la recibe como el que la da no podrán seguir engañándose por mucho más tiempo. Niégale el perdón a tu hermano y lo estarás atacando. No le estarás dando nada y sólo recibirás de él lo que le diste.
La salvación no transige en absoluto. Transigir es aceptar solo una parte de lo que quieres: tomar solo un poco y renunciar al resto. La salvación no renuncia a nada. Se les concede a todos enteramente. Si permites que la idea de transigir invada tu pensamiento, se pierde la conciencia del propósito de la salvación porque no se reconoce. Dicho propósito se niega cuando la idea de transigir se ha aceptado, pues la creencia de que la salvación es imposible. La idea de transigir mantiene que puedes atacar un poco, amar un poco, y ser consciente de la diferencia. De esta manera, pretende enseñar que un poco de lo mismo puede ser diferente, y, al mismo tiempo, permanecer intacto, cual uno solo. ¿Tiene sentido esto? ¿Es acaso comprensible?
Este curso es fácil precisamente porque no transige en absoluto. Aún así, parece ser difícil para aquellos que todavía creen que es posible transigir. No se dan cuenta de que si lo fuese, la salvación sería un ataque. Es indudable que la creencia de que la salvación es imposible no puede propiciar la calmada y serena certidumbre de que ésta ha llegado. El perdón no se puede negar solo un poco. Tampoco es posible atacar por una razón y amar por otra, y entender lo que es el perdón. ¿No te gustaría poder reconocer lo que constituye un asalto a tu paz, si solo de esa manera resulta imposible que la pierdas de vista? Si no la defiendes, puedes mantenerla brillando ante tu visión, eternamente diáfana y sin perderla de vista.
Los que creen que es posible defender la paz y que está justificado atacar en su nombre, no pueden percibir que la paz se encuentra dentro de ellos. ¿Como iban a saberlo? ¿Como iban a poder aceptar el perdón y al mismo tiempo seguir albergando la creencia de que algunas formas de asesinato mantienen la paz a salvo? ¿Como iban a estar dispuestos a aceptar el hecho de que su brutal propósito va dirigido contra ellos mismos? Nadie se une a su enemigo ni comparte su propósito. Y nadie transige con un enemigo sin seguir odiándolo por razón de lo que este le privó.
No confundas una tregua con la paz ni la transigencia con el escape del conflicto. Haber sido liberado del conflicto significa que éste ha cesado. La puerta está abierta; te has retirado del campo de batalla. No te has quedado allí con la esperanza cobarde de que el conflicto no se reanude solo porque los cañones se han acallado por un momento y el miedo que asola el lugar de la muerte no es evidente. En un campo de batalla no hay seguridad. Lo puedes contemplar a salvo desde lo alto sin que te afecte. Pero dentro de él no puedes encontrar ninguna seguridad. Ni uno solo de los árboles que aún quedan en pie puede ofrecerte cobijo. Ni una sola fantasía de protección puede servir de escudo contra la fe en el asesinato. He aquí el cuerpo, vacilando entre el deseo natural de comunicarse y la intención antinatural de asesinar y de morir. ¿Crees que puede haber alguna forma de asesinato que ofrezca seguridad? ¿Podría acaso  la culpabilidad estar ausente de un campo de batalla? 

Un Curso de Milagros
T 23; III; 1, 2, 3, 4, 5, 6.  

miércoles, 16 de abril de 2014

DESPERTAR DE NUESTROS SUEÑOS



«Dios dispuso que su despertar fuese dulce y jubiloso, y le proporcionó los medios para que pudiese despertar sin miedo»

Si el perdón es un reflejo del amor del Cielo, entonces también la bondad será su reflejo. Es la forma suave –para nosotros y para los demás– de hacer el viaje desde las pesadillas al despertar a través de sueños felices de corrección: «Mas ese sueño es tan temible y tan real en apariencia, que él no podría despertar a la realidad sin verse inundado por el frío sudor del terror y sin dar gritos de pánico, a menos que un sueño más dulce precediese su despertar [...] Dios dispuso que su despertar fuese dulce y jubiloso, y le proporcionó los medios para que pudiese despertar sin miedo» (T-27.VII,13:4-5).
La bondad con los demás es, por tanto, la forma por excelencia de negociar las aguas traicioneras de las relaciones especiales de amor y odio mágicos que constituyen el  arsenal de defensas del ego. Reconocemos que los sueños de pérdidas, culpabilidad y juicio de nuestros hermanos son sólo aulas de enseñanza, con certeza rodeos, pero toda la vida aquí es un rodeo en el viaje sin distancia a nuestra verdadera Vida. No hay una jerarquía de rodeos en el sentido de que uno sea mejor o peor que otro. Nuestras valoraciones de los rodeos sólo dependen de a qué objetivo sirven en el sendero de la Expiación. Por tanto, nuestra elección entre juzgarlos o perdonarlos no representa más que la decisión de nuestra mente entre seguir dormida o despertar. ¿Quién que no esté loco elegiría sueños de juicios y de odio en lugar de los suaves sueños de bondad, cuando está claro que no soñamos más que para nosotros mismos, y que cada sueño es un reflejo de la elección entre «ocupar el lugar que nos corresponde entre los salvadores del mundo, o quedarnos en el infierno y mantener a nuestros hermanos allí?» (T-31.VIII.1:5).
Y así, por fin, nos unimos a nuestro hermano Jesús en la orilla exterior de los sueños; en los verdes prados del Cielo con las manos extendidas hacia nuestros compañeros de viaje, dando la bienvenida a todos y a cada uno –sin excepciones– según cruzan el portal que lleva más allá de los sueños a la vida eterna. Nuestras voces se hacen eco de las palabras que Jesús dijo una vez a Helen, una oración de oraciones que refleja el cierre del viaje y el fin del soñar: «Qué bello eres tú que te alzas junto a mí en el portal, y pides conmigo que todos vengan y se aparten del tiempo. Saca la mano para tocar la eternidad y desaparecer en su descanso perfecto. Aquí está la paz que Dios quería para el Hijo a Quien ama. Entra conmigo y deja que su calma cubra la tierra para siempre. Se ha terminado. Padre, tu voz nos ha llamado a casa por fin: el sueño se ha ido. Despierta Hijo Mío en el amor» (The Gifts of God, pp. 122-23).
NOTA: Helen no recordaba exactamente esos versos. Son de “Aedh desea los Tapices del Cielo”de Yeats, y el poema completo es como sigue:


«Si tuviese el tapiz bordado de los cielos,

trabajado con luz dorada y plateada,
los tapices azules, y los tenues, y los oscuros de la noche,
y de la luz, y de la media luz,
extendería esos tapices a tus pies.
Pero como soy pobre sólo tengo mis sueños.
He extendido mis sueños a tus pies;
pisa con delicadeza, porque pisas en mis sueños»


Kenneth Wapnick

viernes, 11 de abril de 2014

LA GUERRA CONTRA TI MISMO


¿No te das cuenta de que lo opuesto a la flaqueza y a la debilidad es la impecabilidad? La inocencia es fuerza, y nada más lo es. Los que están libres de pecado no pueden temer, pues el pecado, de la clase que sea, implica debilidad. La demostración de fuerza de la que el ataque se quiere valer para encubrir la flaqueza no logra ocultarla , pues, ¿cómo se iba a poder ocultar lo que no es real? Nadie que tenga un enemigo es fuerte, y nadie puede atacar a menos que crea tener un enemigo. Creer en enemigos es, por lo tanto, creer en la debilidad, y lo que es débil no es la Voluntad de Dios. Y al oponerse a ésta, es el "enemigo" de Dios. Y así, se teme a Dios, al considerársele una voluntad contraria.
¡Que extraña se vuelve en verdad esta guerra contra ti mismo! No podrás sino creer que todo aquello de lo que te vales para los fines del pecado puede herirte y convertirse en tu enemigo. Y lucharás contra ello y tratarás de debilitarlo por esa razón, y creyendo haberlo logrado, atacarás de nuevo. Es tan seguro que tendrás miedo de lo que atacas como que amarás lo que percibes libre de pecado. Todo aquel que recorre con inocencia el camino que el amor le muestra, camina en paz. Pues el amor camina a su lado, resguardándolo del miedo. Y lo único que ve son seres inocentes, incapaces de atacar.  
Camina gloriosamente, con la cabeza en alto, y no temas ningún mal. Los inocentes se encuentran a salvo porque comparten su inocencia. No ven nada que sea nocivo, pues su conciencia de la verdad libera a todas las cosas de la ilusión de la nocividad. Y lo que parecía nocivo resplandece ahora en la inocencia de ellos, liberado del pecado y del miedo, y felizmente de vuelta en los brazos del amor. Los inocentes comparten la fortaleza del amor porque vieron la inocencia. Y todo error desapareció porque no lo vieron. Quien busca la gloria la haya donde ésta se encuentra. ¿Y dónde podría encontrarse sino en los que son inocentes?
No permitas que las pequeñas interferencias te arrastren a la pequeñez. La culpabilidad no ejerce ninguna atracción en el estado de inocencia. ¡Piensa cuán feliz es el mundo por el que caminas con la verdad a tu lado! No renuncies a ese mundo de libertad por un pequeño anhelo de aparente pecado, ni por el más leve destello de atracción que pueda ejercer la culpabilidad. ¿Despreciarías el Cielo por causa de esas insignificantes distracciones? Tu destino y tu propósito se encuentran mucho más allá de ellas, en un lugar nítido donde no existe la pequeñez. Tu propósito no se aviene con ninguna clase de pequeñez. De ahí que no se avenga con el pecado.
No permitamos que la pequeñez haga caer al Hijo de Dios en la tentación. Su gloria está más allá de toda pequeñez, al ser tan inconmensurable e intemporal como la eternidad. No dejes que el tiempo enturbie tu visión de él. No lo dejes solo y atemorizado en su tentación, sino ayúdalo a que la supere y a que perciba la luz de la que forma parte. Tu inocencia alumbrará el camino a la suya, y así la tuya quedará protegida y se mantendrá en tu conciencia. Pues, ¿quién puede conocer su gloria y al mismo tiempo percibir lo pequeño y lo débil en sí mismo? ¿Quién puede caminar temblando de miedo por un mundo temible, y percatarse de que la gloria del Cielo refulge en él?
No hay nada a tu alrededor que no forme parte de ti. Contémplalo amorosamente y ve la luz del Cielo en ello. Pues así es como llegarás a comprender todo lo que se te ha dado. El mundo brillará y resplandecerá en amoroso perdón, y todo lo que una vez considerabas pecaminoso será re-interpretado ahora como parte integrante del Cielo. ¡Que bello es caminar, limpio, redimido y feliz, por un mundo que tanta necesidad tiene de la redención que tu inocencia vierte sobre él! ¿Qué otra cosa podría ser más importante para ti? Pues he aquí tu salvación y tu libertad. Y éstas tienen que ser absolutas para que las puedas reconocer.



Un Curso De Milagros

Texto 23, Introducción, 1. 2. 3. 4. 5. 6.   

sábado, 5 de abril de 2014

LA DEBILIDAD Y LA INDEFENSIÓN




¿Como se superan las ilusiones? Ciertamente no mediante el uso de la fuerza o de la ira, ni oponiéndose a ellas en modo alguno. Se superan dejando simplemente que la razón te diga que las ilusiones contradicen la realidad. Las ilusiones se oponen a lo que no puede sino ser verdad. La oposición procede de ellas, no de la realidad. La realidad no se opone a nada. Lo que simplemente es no necesita defensa ni ofrece ninguna. Solo las ilusiones necesitan defensa debido a su debilidad. Mas ¿cómo podría ser díficil recorrer el camino de la verdad cuando la debilidad es el único obstáculo?  eres el fuerte en este aparente conflicto y no necesitas ninguna defensa. Tampoco deseas nada que necesite defensa, pues cualquier cosa que necesite defensa te debilitará.
Examina para qué desea las defensas el ego, y verás que siempre es para justificar lo que va en contra de la verdad, lo que se esfuma en presencia de la razón y lo que no tiene sentido. ¿Puede esto acaso estar justificado? ¿Qué otra cosa podría ser, sino una invitación a la demencia para que te salve de la verdad? ¿Y de qué se te salvaría, sino de lo que temes? La creencia en el pecado requiere constante defensa, y a un costo exorbitante. Es preciso combatir y sacrificar todo lo que el Espíritu Santo te ofrece. Pues el pecado está tallado en un bloque que fue arrancado de tu paz y colocado entre el retorno de ésta y tú.
Sin embargo, ¿cómo iba a poder estar la paz tan fragmentada? La paz sigue aún intacta, pues no se le ha quitado nada. Date cuenta de que tanto los medios como aquello de lo que se componen los sueños perversos no significa nada. En realidad tu hermano y tú estáis unidos y no hay nada que se interponga entre vosotros. Puesto que Dios os lleva de la mano, ¿qué podría separar lo que Él ha unido Consigo Mismo como un solo Ser? Es de tu Padre de Quien te quieres defender. Sin embargo, sigue siendo imposible excluir el amor. Dios descansa contigo serenamente, sin defensas y en total mansedumbre, pues solo en esa quietud se encuentra la fuerza y el poder. Ahí la debilidad no tiene cabida porque ahí no hay ataque, y, por lo tanto, no hay ilusiones. El amor descansa en la certeza. Solo la incertidumbre se defiende. Y toda incertidumbre no es otra cosa que las dudas que tienes acerca de ti mismo. 
¡Cuán débil es el miedo! ¡Cuán ínfimo e insensato! ¡Cuán insignificante ante la silenciosa fortaleza de aquellos a quienes el amor ha unido! Tal es tu "enemigo": un ratoncillo asustado que pretende enfrentarse al universo. ¿Que probabilidades tiene de ganar? ¿Sería acaso díficil sus débiles chillidos que pregonan su omnipotencia y quieren ahogar el himno de alabanza al Creador que perpetuamente  y cual una sola voz entonan todos los corazones del universo? ¿Qué es más fuerte, ese ratoncillo o todo lo que Dios creó? No es ese ratón lo que te une a tu hermano, sino la Voluntad de Dios. ¿Y podría un ratón traicionar a quienes Dios ha unido?
¡Si tan solo reconocieseis lo poco que se interpone entre vosotros y la conciencia de vuestra unión! No os dejéis engañar por la ilusión de tamaño, espesor, peso, solidez y firmeza de cimientos que ello presenta. Es verdad que para los ojos físicos parece ser un cuerpo enorme y sólido, y tan inamovible como una montaña. Sin embargo, dentro de ti hay una Fuerza que ninguna ilusión puede resistir. Este cuerpo tan solo parece ser inamovible, pero esa Fuerza es realmente irresistible. ¿Que ocurre, entonces, cuando se encuentran? ¿Se puede seguir defendiendo la ilusión de inamovilidad por mucho más tiempo contra lo que calladamente la atraviesa y la pasa de largo?
Nunca te olvides de que cuando sientes surgir la necesidad de defenderte de algo es que te has identificado a ti mismo con una ilusión. Consecuentemente, crees ser débil porque estás solo. Ése es el costo de todas las ilusiones. No hay ninguna que no esté basada en la creencia de que estás separado; ninguna que no parezca interponerse, densa, sólida e inamovible entre tu hermano y tú; ni ninguna que la verdad no pueda pasar por alto felizmente y con tal facilidad, que tienes que quedar convencido de que no es nada, a pesar de lo que pensabas que era. Si perdonas a tu hermano, esto es lo que inevitablemente sucederá. Pues es tu renuencia a pasar por alto aquello que parece interponerse entre vosotros lo que hace que parezca impenetrable y lo que defiende la ilusión de su inamovilidad.

Un Curso de Milagros
T 22. V : 1. 2. 3. 4. 5. 6


martes, 1 de abril de 2014

¿QUE OCURRE CUANDO MORIMOS Y A DONDE VAMOS?



Pregunta: ¿Qué ocurre cuando morimos y a dónde vamos? Las experiencias próximas a la muerte que mucha gente relata, ¿son relevantes para los estudiantes de Un Curso de Milagros?
Respuesta: La "transición" a la muerte puede compararse a lo que sigue: 
1) cambiar de un sueño a otro mientras dormimos; 
2) terminar de ver una cinta de vídeo y empezar con otra; 3) cambiar de canal el televisor cuando termina un programa, o antes de que termine si uno lo elige así; o por último.
4) salir de una habitación y entrar en otra, como enseñaba Ramakrishna, el gran sabio indio del siglo XIX. Como la consciencia es inherente a la mente escindida y no se encuentra en el cuerpo ni en el cerebro (aunque se experimente ahí), la muerte física no es sino la ilusión del final del estado mental de uno, que se mantiene al morir. A pesar de que esta idea de separación se proyecta en el cuerpo, sigue estando dentro de su fuente: la mente enferma. Por tanto, uno no va a ningún sitio al morir. Volviendo a la analogía de cambiar de canal la televisión, uno permanece físicamente en el sillón de su sala de estar, aunque la atención de uno pasa del lugar que se ve en un canal de televisión al que se ve en el otro.
 Además, es importante darse cuenta de que lo que llamamos muerte no trae un estado de iluminación ni de paz. Si no se completa en su totalidad el abandono del sistema de ideas del ego, abandonando la mente enferma, la iluminación o resurrección no se puede alcanzar.
Una variedad reciente de esta creencia en que la muerte física trae libertad o alivio del cuerpo se encuentra en las experiencias "próximas a la muerte" de mucha gente, y a menudo surgen preguntas sobre estas experiencias en nuestras clases y seminarios. Los relatos normalmente incluyen la experiencia de la persona de abandonar el cuerpo y continuar a través de un túnel oscuro hacia un círculo o ser de luz, que a menudo se identifica con Jesús. Esta presencia amorosa y amable a veces repasa la vida con la persona, y luego "envía" a la persona de vuelta a completar ciertas lecciones, aceptar responsabilidades, o asumir una función importante (siempre un tema favorito de las necesidades de ser especial del ego). A nadie le toca juzgar sobre las experiencias próximas a la muerte, y sería imprudente negar los efectos muy positivos que tales experiencias han tenido sobre la gente. Sin embargo, se puede comentar la "teología" de tales experiencias y las conclusiones que se sacan de ellas sobre el sentido de la vida, la muerte, el más allá, y la llamada  "vida después de la vida".

Tenga en cuenta el lector que Un Curso de Milagros declara con toda claridad que la mente no está en el cuerpo, aunque ciertamente parezca lo contrario.

Por tanto, cuando consideramos tales experiencias próximas a la muerte desde la perspectiva de Un Curso de Milagros, podemos ver que no tienen sentido en el nivel de la forma ¿Cómo puede uno abandonar su cuerpo, viajar por un túnel y saludar a una luz estupenda, si para empezar uno nunca estuvo en el cuerpo? Recuerda que el ser permanece en la mente y no en el cuerpo, igual que el ser de un soñador no está en el sueño, aunque haya partes de este ser que se reflejan ahí. Una vez más, no se trata de negar o hacer inválida una experiencia personal, sino de decir que por muy válida que la experiencia sea para la persona, su interpretación es puramente subjetiva y no debería tomarse como una verdad "objetiva". Por ejemplo, en la experiencia de todo el mundo el sol sale  y se pone cada día,  y mucha  gente relata  sentimientos estéticos e incluso espirituales muy significativos asociados con las salidas y puestas de sol. Y sin embargo, sabemos por la ciencia que el sol ni sale ni se pone sino que es la tierra la que hace el movimiento, girando sobre su eje y en torno al sol. La experiencia es opuesta a la explicación verdadera. De manera similar la tierra es plana en la experiencia cotidiana de todos, aunque comprendamos intelectualmente que es redonda. Y así la experiencia que uno tiene de un acontecimiento próximo a la muerte, o de un sitio al que uno va al morir (o casi morir) no significa necesariamente que lo que se comprende de la experiencia es lo que verdaderamente es. Y de nuevo, cuando se miran tales experiencias a través de la lente de Un Curso de Milagros, se entienden de una manera completamente diferente: expresiones de perdón proyectadas por la mente sobre el cuerpo y su mundo de vida, muerte y casi muerte.

Como hemos visto, no puede haber una verdadera experiencia de estar fuera del cuerpo porque, para empezar, la mente nunca está dentro del cuerpo. Y así la mente no puede dejar el cuerpo, viajar por un túnel y reunirse con Jesús después de salir del cuerpo. Además hay un peligro en creer esto, porque sugiere fuertemente – como lo hace mucha gente que ha tenido tales experiencias – que tal paz, alegría y felicidad sólo puede llegarle a una persona después de morir y abandonar el cuerpo. Todo el enfoque de Un Curso de Milagros está en elegir tener un instante santo  ahora mismo, en elegir a Jesús o al Espíritu Santo en lugar del ego.

No hay que morir para ir al Cielo, pues el Cielo es la consciencia de la Unidad perfecta, dentro de la mente, y nada más aparte de esto. La maravillosa experiencia de perdón que a menudo se relata, se puede tener en un instante santo, de nuevo, sin haber salido del cuerpo, pasado por un túnel, etc. Mantener que las experiencias próximas a la muerte son algo que se debe idealizar y buscar (como se ve en la popular película Flatliners) de hecho sirve muy bien a la estrategia fundamental del ego de primero hacer real el cuerpo, para luego convertirlo en una cosa repulsiva. Esto establece una situación en la que la gente desearía estar libre de su oscura prisión anhelando escapar a una luz incorpórea. Y mientras tanto, el sistema de ideas de separación, culpabilidad y ser especiales del ego anida cómodamente en la mente, protegido por la creencia de que en efecto hay un cuerpo que es real y que verdaderamente existe en el mundo físico.

Así pues, creer en la realidad de tales experiencias es la mismísima transigencia con la verdad – darle a la luz y a la oscuridad igual poder y realidad – contra la que Jesús nos advierte en Un Curso de Milagros. Vemos semejante advertencia claramente declarada en la sección sobre la muerte del manual para el maestro. Comienza con una referencia a la creencia religiosa convencional de que en la muerte el alma se libera para volver a Dios, o para seguir su viaje, como en la doctrina católica del purgatorio. Sin embargo el interés actual por las experiencias próximas a la muerte, como acabamos de ver, cae en la misma categoría de no reconocer la naturaleza ilusoria de todo el universo físico y de la existencia individual – cuerpo, mente y lo que erróneamente se llama "espíritu”.

En conclusión, podemos comprender que cualquier cosa que parece vivir y luego morir, que cambia, crece y después se deteriora, o que parece estar separada de las otras cosas, no puede ser de Dios y por tanto no puede ser real. Y así todas las categorías que se refieren a los cuerpos de cualquier manera – incluidas la muerte y la casi muerte – no tienen ningún significado verdadero porque no existen en realidad. Su único significado dentro de la ilusión es que sirven de aulas en las que aprendemos la lección de discernir entre lo que carece de sentido y lo que lo tiene.

Kenneth Wapnick