domingo, 20 de abril de 2014

LA BONDAD DE LA MAGIA




«De nada te serviría el que yo menospreciase el poder de tu pensamiento»
En UCDM, la magia es cualquier cosa externa que usamos para obtener placer o aliviar el dolor. La magia, por tanto, va desde nuestra búsqueda de la satisfacción de las necesidades básicas de la vida física como oxígeno, agua y comida, sin los cuales, naturalmente, nuestro cuerpo perecería, hasta nuestra necesidad de relaciones especiales con gente, sustancias y objetos materiales, sin los cuales nuestros cuerpos psicológicos perecerían. Así, en nuestra experiencia, la magia hace real al cuerpo, y su seguridad, bienestar y libertad del dolor y de la muerte, se convierten en nuestro único interés.
Reconocer el papel de la magia se vuelve más fácil cuando la ponemos junto al milagro. Dicho con sencillez, la magia ve los problemas como algo externo y busca siempre la manera de resolverlos por medio de lo externo. El milagro, por otra parte, refleja la visión de Cristo que ve todos los problemas como proyecciones de decisiones interiores («El mundo que ves se compone de [...] la imagen externa de una condición interna» [T-21.In.1:2,5], y por tanto el milagro siempre busca encontrar la solución interna de la mente sana. Y como la busca, con certeza la encontrará.
Sin embargo, como uno no puede vivir en el mundo como un cuerpo sin practicar la magia, el milagro empieza su trabajo de curación reconociendo nuestra implicación en el mundo material, y luego llevándonos de vuelta a la «condición interna» de la actividad mental de tomar decisiones. Como ya hemos expresado en estas páginas, hay un paralelismo entre este papel de los milagros y la famosa afirmación de Freud en su Interpretación de los sueños: «La interpretación de los sueños es el camino real al conocimiento de las actividades inconscientes de la mente». Sin la expresión externa (o proyección) del sistema de ideas de la mente, no tendríamos manera de ganar acceso a ella. El velo del olvido (más bien un telón de acero) que el ego dejó caer entre nuestros cuerpos y mentes, nos impide volver al único poder del universo que puede resolver nuestros problemas y salvarnos de los infiernos personales y colectivos en los que todos nos encontramos. Este poder es la capacidad de elegir que tiene la mente.
Por consiguiente, sólo podemos equivocarnos mientras nos experimentemos a nosotros mismos en el mundo de lo material. Después de todo, venir aquí por medio del nacimiento buscando escondernos de la mente en un cuerpo, fue en sí mismo un error. Pero en las manos de Jesús o del Espíritu Santo, estas equivocaciones se convierten en el medio donde aprender a distinguir entre verdad e ilusión, alegría y dolor, libertad y prisión: «Ésta es la percepción benévola que el Espíritu Santo tiene del deseo de ser especial: valerse de lo que tú hiciste para sanar en vez de para hacer daño» (T-25.VI.4:1).
La separación de nuestro Origen fue la primera y, en verdad, la única equivocación que hemos cometido nunca. Todas los demás errores tienen su origen en este primero, y el ego nunca ha salido de su origen. Como enseña el texto: «El brevísimo lapso de tiempo en el que se cometió el primer error -en el que todos los demás errores están contenidos...» (T-26.V.3:5).
Pero ese único error está sepultado en el tiempo y aparentemente para siempre inaccesible a la corrección, al menos en esa forma. Leemos en el manual del maestro: «El tiempo, entonces, se remonta a un instante tan antiguo que está más allá de toda memoria, e incluso más allá de la posibilidad de poder recordarlo. Sin embargo, debido a que es un instante que se revive una y otra vez, y de nuevo otra vez, parece como si estuviese ocurriendo ahora» (M-2.4:1-2).
Como nuestros errores se experimentan en lo que creemos que es el presente, necesitamos corregirlos en las formas en que creemos que han ocurrido. Por lo tanto también leemos: «Cada día, y cada minuto de cada día, y en cada instante de cada minuto, no haces sino revivir ese instante en el que la hora del terror ocupó el lugar del amor» (T-26.V.13:1).
En otras palabras, la estructura de la mente es vertical y no horizontal, como la ilusión de la dimensión lineal del tiempo, y así los errores que parecemos estar cometiendo ahora, no son más que los fragmentos ensombrecidos de la decisión, antigua y actual de la mente de estar separada de la Unicidad y del Amor perfectos. Una vez más, el que no nos acordemos de la separación ontológica no importa, porque revivimos la misma equivocación todas y cada una de las veces que vemos a otro como separado de nosotros, con intereses que no son los nuestros. Y por ser el mismo error, corregir el pensamiento específico de ataque que parece tener lugar en nuestro mundo material, corrige el instante del «pecado» que cometimos como un solo Hijo.
¿Y qué fue exactamente lo que ocurrió en aquel instante en el que la hora del terror ocupó el lugar del amor? Con certeza que no fue la hora del terror en sí misma, porque ¿cómo podría haber ocurrido lo imposible de verdad? Otra vez necesitamos consultar el manual: «En el tiempo esto ocurrió hace mucho. En la realidad, nunca ocurrió» (M-2.2:7-8).
Lo que ocurrió fue nuestra reacción a la aparente separación, la propia idea mágica de la separación nunca ocurrió. Confrontados con la imposibilidad de que la «Unicidad unida cual Una sola» (T-25. I.7:1) estuviese dividida y fragmentada, «nos tomamos en serio una diminuta y alocada idea, de la que nos olvidamos de reírnos» (T-27.VIII.6:2). Nuestra comprensión de que las ilusiones sencillamente no ocurren en la realidad, significa que la equivocación nunca pudo haber sido lo que nunca pudo haber ocurrido, sino que sólo fue nuestro tomar en serio este sueño demencial lo que ocurrió. Fue aquel momento de locura el que dio a luz al ego, y al mundo material que pareció surgir como un hecho dentro del instante de la locura (T-27.VIII.6:3).
Naturalmente todo esto fue mera magia, pues sólo nació la ilusión (recuerda que a los magos de nuestro mundo se les llama a veces ilusionistas). Hablando del instante en que la ilusión de la separación tomó existencia, seguida por la ilusión de un universo espacio-temporal, Jesús nos ofrece este pasaje cargado de sentido del libro de ejercicios: «El tiempo es un truco, un juego de manos, una gigantesca ilusión en la que las figuras parecen ir y venir como por arte de magia» (Lección 158.4:1).

Por ilusorio que sea, la magia del ego nos seduce con la promesa, como en las leyendas de Fausto en las que aparece como Mefistófeles, de satisfacer los deseos de nuestro corazón. Estos al final se funden en un único deseo de existencia eterna como ser individual y especial, autónomo y libre. Sin embargo, UCDM nos hace preguntarnos: ¿y si nos hubiéramos acordado de reírnos de esta mágica idea ontológica de separación, por la que soñamos haber logrado lo que queríamos, la independencia de la unidad indiferenciada de la Divinidad? Si hubiéramos elegido la cordura en vez de esta locura, la respuesta bondadosa y suave de Espíritu Santo en lugar de la severa y terrorífica del ego, entonces no habría sucedido nada y el sueño, con sus ideas concomitantes de pecado, culpabilidad y miedo, se habría terminado en el mismo instante en que pareció ocurrir. No podrían haber tenido ningún efecto en la unidad indiferenciada de la Divinidad, que incluye al Creador, los creados y las creaciones de los creados: «Hace mucho que este mundo desapareció. Los pensamientos que lo originaron ya no se encuentran en la mente que los concibió y los amó por un breve lapso de tiempo. [...] Todos los efectos de la culpabilidad han desaparecido, pues ésta ya no existe» (T-28.I.1:6-7;2:1-2).
Lo que se deduce claramente de estos hechos –y este es el núcleo de las enseñanzas de Jesús en UCDM–, es que el problema nunca fue la diminuta y alocada idea, que sigue sin existir. Es siempre y solamente cómo respondemos a la idea inexistente (por ser demencial) de la separación. Es el tomarnos en serio las ideas y acciones mágicas (que son una y la misma cosa) lo que necesita corrección, no el pensamiento o la conducta, que son mera ilusión. Eso es lo que quiere decir este significativo pasaje del manual: «Tal vez sea útil recordar que nadie puede enfadarse con un hecho. Son siempre las interpretaciones las que dan lugar a las emociones negativas, aunque éstas parezcan estar justificadas por lo que aparentemente son los hechos» (M-17.4:1-2).
Las implicaciones de esto son enormes, pues lo anterior significa que nunca estamos disgustados —¡nunca!— por la razón que creemos (Lección 5); esto es, no son las relaciones, situaciones o acontecimientos (los hechos) aparentemente externos de nuestras vidas los que nos causan dolor (o placer, que para el caso es lo mismo), sino sólo la manera de mirarlos (la interpretación) que nuestras mentes eligen. Esto tiene que ser verdad si el principio clave del curso «Las ideas no abandonan su fuente» es verdad. Si la idea de la separación nunca ha salido de su origen en la mente por medio de la proyección, entonces no puede haber ningún mundo fuera de la mente que lo está soñando, y menos aún tener efecto sobre nosotros.
Y entonces ¿cómo podemos disgustarnos por lo que no está ahí? De hecho ¿es que siquiera hay alguien ahí que pueda disgustarse? No hay ningún mundo, sólo la creencia de la mente en que lo hay. Una vez más, el mundo es sólo magia pura y simple: una ilusión que es la proyección de una idea ilusoria, un pensamiento engañoso que ha traído percepciones alucinadas – una mala solución de un problema que no existe. Si nos disgustamos por la magia del mundo, en nosotros mismos o en los demás, sólo puede ser porque hemos elegido hacer real la idea mágica de la separación. ¿Qué otra cosa podría ser? Atribuirle nuestro disgusto o nuestra paz a cualquier otra cosa, no es más que una estratagema del ego para mantenernos separados, para demostrar que tenemos razón y que Dios se equivoca. El principio de la Lección 70 deja esta dinámica fundamental del ego más clara que el agua: «… nada externo a ti puede salvarte ni nada externo a ti puede brindarte paz. [...] nada externo a ti te puede hacer daño, perturbar tu paz o disgustarte en modo alguno» (Lección 70.2:1-2).
Suponiendo que aceptamos la validez de esta idea, y en cierto sentido no seríamos estudiantes de Un Curso de Milagros si no la aceptásemos, necesitamos preguntarnos por qué seguimos negando este principio metafísico permitiéndonos a nosotros mismos tomar, por ideas y conductas mágicas, disgustos que sólo sirven para hacer real la ilusión de la separación. La respuesta yace en que apreciamos los efectos de semejante práctica. A continuación del pasaje citado anteriormente leemos: «¿Por qué querrías conservarla [la culpabilidad] en tu memoria, a no ser que deseases sus efectos?» (T-28.I.2:4).
Los efectos de la culpabilidad, los efectos de nuestro pensamiento mágico –y disgustarse por la magia de otro es en sí mismo mágico–, refuerzan nuestra identidad como seres individuales y especiales. El ser personal sólo puede existir en el universo dual que surgió de tomar en serio la idea diminuta y alocada de la separación. Y este es el error que repetimos y reforzamos cada vez que vemos las ideas, sentimientos, palabras o actos mágicos (léase alocados) de otro como merecedores de nuestra atención embelesada y de grave respuesta.
El siguiente pasaje de la sección ya mencionada del manual, “¿Cómo lidian los maestros de Dios con los pensamientos mágicos?”, se hace eco de nuestra motivación: «La manera de lidiar con la magia es [...] una de las lecciones fundamentales que el maestro de Dios tiene que aprender cabalmente. [...] Si un pensamiento mágico despierta hostilidad [o juicio] -de la clase que sea- el maestro de Dios puede estar seguro de que está reforzando su propia creencia en el pecado y de que se ha condenado a sí mismo» (M-17.1:4,6).
Viendo el pecado en otro, protegemos la proyección de nuestra propia creencia en el pecado, usando por tanto la magia para fortalecer la fe en la mágica idea ontológica de habernos separado de nuestro Creador y Origen. Esta es la razón por la cual hacemos real la locura mágica del otro en nuestra percepción, justificando una respuesta con la misma moneda. Siempre hay método en la locura del ego, y el objetivo de nuestras respuestas demenciales es nada menos que demostrar que Dios se equivoca y nuestros seres separados tienen razón. Parafraseando al libro de ejercicios, podemos decir: «Mas si la magia es real, entonces no hay ningún milagro y por tanto es Dios quien no existe» (Lección 190.3:4).
Jesús ofrece otro ejemplo de demostración de una enseñanza bondadosa y amorosa en lo que hoy es el Capítulo 2 del texto. Originalmente fue una discusión entre Jesús y Helen, quien fue a su maestro con ciertos miedos externos. La de él fue una respuesta con dos flancos. Claramente Jesús respetaba la decisión de Helen de tener miedo, y a la vez le recordaba su verdadero problema, la decisión de su mente de estar separada de él: «Deshacer el miedo es tu responsabilidad. Cuando pides que se te libere del miedo, estás implicando que no lo es. En lugar de ello, deberías pedir ayuda para cambiar las condiciones que lo suscitaron. Esas condiciones siempre entrañan el estar dispuesto a permanecer separado» (T-2.VI.4:1-4).
Después de declarar la sencillez del problema y por tanto de la respuesta, de los cuales somos los únicos responsables, Jesús continuó explicando lo que había detrás de su declaración anterior: «Si me interpusiese entre tus pensamientos y sus resultados, estaría interfiriendo en la ley básica de causa [la decisión de estar separado] y efecto [el miedo]: la ley más fundamental que existe. De nada te serviría el que yo menospreciase el poder de tu pensamiento. Ello se opondría directamente al propósito de este curso» (T-2.VII.1:4-6).
De esta manera Jesús le recuerda a su escriba, y a todos sus estudiantes, que el objetivo de UCDM es devolver la atención a la mente que toma decisiones, que es la única causa de los problemas que percibimos y el único medio para corregirlos. Este es el papel del milagro, como ya hemos visto, por que corrige las creencias en la realidad de la magia, incluyendo la de la necesidad de magia. Es también la base de nuestra bondad hacia los demás, que nos permite centrarnos sólo en nuestra reacción a lo que percibimos, sin juzgar a nadie. La bondad del milagro nos lleva a ejemplificar el juicio del Espíritu Santo: «alguien expresa amor o lo pide» (T-12.I.8-10; T-14.X.7:1). En cualquier caso, nuestra respuesta sería amorosa: compartiendo el amor o respondiendo con amor a la petición de amor.
Así pues, nuestro enfoque cambia de las distintas formas de la magia a nuestras reacciones, y esto es nada menos que cambiar de juzgar a la bondad, respetando el miedo de la gente como una petición de un amor que no creen merecer porque creen que lo traicionaron.

Kenneth Wapnick