viernes, 18 de abril de 2014

SALVACIÓN SIN TRANSIGENCIAS



¿No es cierto acaso que no reconoces algunas de las formas en que el ataque se puede manifestar? Si es cierto que el ataque en cualquiera de sus formas te hará daño, y que te hará tanto daño como lo harían cualquiera de las formas que reconoces, entonces se puede concluir que no siempre reconoces la fuente del dolor. Cualquier forma de ataque es igualmente destructiva. Su propósito es siempre el mismo. Su única intención es asesinar, y ¿que forma de asesinato puede encubrir la inmensa culpabilidad y el terrible temor  a ser castigado que el asesino no puede por menos que sentir? Puede que niegue ser un asesino y que justifique su infamia con sonrisas mientras la comete. Sin embargo, sufrirá y verá sus intenciones en pesadillas en las que las sonrisas habrán desaparecido, y en las que su propósito sale al encuentro de su horrorizada conciencia para seguir acosándolo. Pues nadie que piense en asesinar puede escaparse de la culpabilidad que dicho pensamiento conlleva. Si la intención del ataque es la muerte, ¿que importa qué forma adopte?
¿Podría cualquier forma de muerte, por muy hermosa y caritativa que parezca, ser una bendición y un signo de que la Voz que habla por Dios le está hablando a tu hermano a través de ti? La envoltura no hace el regalo. Una caja vacía, por muy bella que sea y por mucha gentileza que se tenga al darla, sigue estando vacía. Y tanto el que la recibe como el que la da no podrán seguir engañándose por mucho más tiempo. Niégale el perdón a tu hermano y lo estarás atacando. No le estarás dando nada y sólo recibirás de él lo que le diste.
La salvación no transige en absoluto. Transigir es aceptar solo una parte de lo que quieres: tomar solo un poco y renunciar al resto. La salvación no renuncia a nada. Se les concede a todos enteramente. Si permites que la idea de transigir invada tu pensamiento, se pierde la conciencia del propósito de la salvación porque no se reconoce. Dicho propósito se niega cuando la idea de transigir se ha aceptado, pues la creencia de que la salvación es imposible. La idea de transigir mantiene que puedes atacar un poco, amar un poco, y ser consciente de la diferencia. De esta manera, pretende enseñar que un poco de lo mismo puede ser diferente, y, al mismo tiempo, permanecer intacto, cual uno solo. ¿Tiene sentido esto? ¿Es acaso comprensible?
Este curso es fácil precisamente porque no transige en absoluto. Aún así, parece ser difícil para aquellos que todavía creen que es posible transigir. No se dan cuenta de que si lo fuese, la salvación sería un ataque. Es indudable que la creencia de que la salvación es imposible no puede propiciar la calmada y serena certidumbre de que ésta ha llegado. El perdón no se puede negar solo un poco. Tampoco es posible atacar por una razón y amar por otra, y entender lo que es el perdón. ¿No te gustaría poder reconocer lo que constituye un asalto a tu paz, si solo de esa manera resulta imposible que la pierdas de vista? Si no la defiendes, puedes mantenerla brillando ante tu visión, eternamente diáfana y sin perderla de vista.
Los que creen que es posible defender la paz y que está justificado atacar en su nombre, no pueden percibir que la paz se encuentra dentro de ellos. ¿Como iban a saberlo? ¿Como iban a poder aceptar el perdón y al mismo tiempo seguir albergando la creencia de que algunas formas de asesinato mantienen la paz a salvo? ¿Como iban a estar dispuestos a aceptar el hecho de que su brutal propósito va dirigido contra ellos mismos? Nadie se une a su enemigo ni comparte su propósito. Y nadie transige con un enemigo sin seguir odiándolo por razón de lo que este le privó.
No confundas una tregua con la paz ni la transigencia con el escape del conflicto. Haber sido liberado del conflicto significa que éste ha cesado. La puerta está abierta; te has retirado del campo de batalla. No te has quedado allí con la esperanza cobarde de que el conflicto no se reanude solo porque los cañones se han acallado por un momento y el miedo que asola el lugar de la muerte no es evidente. En un campo de batalla no hay seguridad. Lo puedes contemplar a salvo desde lo alto sin que te afecte. Pero dentro de él no puedes encontrar ninguna seguridad. Ni uno solo de los árboles que aún quedan en pie puede ofrecerte cobijo. Ni una sola fantasía de protección puede servir de escudo contra la fe en el asesinato. He aquí el cuerpo, vacilando entre el deseo natural de comunicarse y la intención antinatural de asesinar y de morir. ¿Crees que puede haber alguna forma de asesinato que ofrezca seguridad? ¿Podría acaso  la culpabilidad estar ausente de un campo de batalla? 

Un Curso de Milagros
T 23; III; 1, 2, 3, 4, 5, 6.