lunes, 26 de mayo de 2014

EL ESTADO DE IMPECABILIDAD



El estado de impecabilidad es simplemente esto: todo deseo de atacar ha desaparecido, de modo que no hay razón para percibir al Hijo de Dios de ninguna otra forma excepto como es. La necesidad de que haya culpabilidad ha desaparecido porque ya no tiene propósito, y sin el objetivo de pecado no tiene sentido. El ataque y el pecado son una misma ilusión, pues cada uno es la causa, el objetivo y la justificación del otro. Por su cuenta ninguno de los dos tiene sentido, si bien parece derivar sentido del otro. Cada uno depende del otro para conferirle el significado que parece tener. Y nadie podría creer en uno de ellos a menos que el otro fuese verdad, pues cada uno de ellos da fe de que el otro tiene que ser cierto.
El ataque convierte a Cristo en tu enemigo y a Dios junto con Él. ¿Como no ibas a estar atemorizado con semejantes "enemigos"? ¿Y como no ibas a tener miedo de ti mismo? Pues te has hecho daño, y has hecho de tu Ser tu "enemigo". Y ahora no puedes sino creer que tú no eres tú, sino algo ajeno a ti mismo, "algo distinto", "algo" que hay que temer en vez de amar. ¿Quién atacaría lo que percibe como completamente inocente? ¿Y quién que desease atacar, podría dejar de sentirse culpable por abrigar ese deseo, aunque anhelase la inocencia?  Pues, ¿quién podría considerar al Hijo de Dios inocente y al mismo tiempo desear su muerte?  Cada vez que contemplas a tu hermano, Cristo se halla ante ti.  Él no se ha marchado porque tus ojos estén cerrados. Mas ¿qué podrías ver si buscas a tu Salvador y lo contemplas con ojos que no ven?
No es a Cristo a quien contemplas cuando miras de esa manera. A quien ves es al "enemigo", a quien confundes con Cristo. Y lo odias porque no puedes ver en él pecado alguno. Tampoco oyes su llamada suplicante, cuyo contenido no cambia sea cual sea la forma en que la llamada se haga, rogándote que te unas a él en inocencia y en paz. Sin embargo, tras los insensatos alaridos del ego, tal es la llamada que Dios le ha encomendado que te haga, a fin de que puedas oír en él Su Llamada a ti, y la contestes devolviéndole a Dios lo que es Suyo. 
El Hijo de Dios sólo te pide esto: que le devuelvas lo que es suyo, para que así puedas participar de ello con él. Por separado ni tú ni él lo tenéis. Y así, no os sirve de nada a ninguno de los dos. Pero si disponéis de ello juntos,  os proporcionará a cada uno de vosotros la misma fuerza para salvar al otro y para salvarse a sí mismo junto con él. Si lo perdonas, tu salvador te ofrece salvación. Si lo condenas, te ofrece la muerte. Lo único que ves en cada hermano es el reflejo de lo que elegiste que él fuese para ti. Si decides contra su verdadera función -la única que tiene en realidad- lo estás privando de toda la alegría que habría encontrado de haber podido desempeñar el papel que Dios le encomendó. Pero no pienses que solo él pierde el Cielo. Y este no se puede recuperar a menos que le muestres el camino a través de ti, para que así tú puedas encontrarlo, caminando con él.
Su salvación no supone  ningún sacrificio para ti, pues mediante su libertad tú obtienes la tuya. Permitir que su función se realice es lo que permite que se realice la tuya. Y así, caminas en dirección al Cielo o al infierno, pero no solo. ¡Cuán bella será su impecabilidad cuando la percibas! ¡Y cuán grande tu alegría cuando él sea libre para ofrecerte el don de la visión que Dios le dio para ti! Él no tiene otra necesidad que esta: que le permitas completar la tarea que Dios le encomendó. Recuerda únicamente esto: que lo que él hace tú lo haces junto con él. Y tal como lo consideres, así definirás su función con respecto a ti hasta que lo veas de otra manera y dejes que él sea para ti lo que Dios dispuso que fuese.
Frente al odio que el Hijo de Dios pueda tener contra sí mismo, se encuentra la creencia de que Dios es impotente para salvar lo que Él creó del dolor del infierno. Pero en el amor que él se muestra a sí mismo, Dios es liberado para que se haga Su Voluntad. Ves en tu hermano la imagen de lo que crees es la Voluntad de Dios para ti. Al perdonar entenderás cuánto te ama Dios, pero si atacas creerás que te odia, al pensar que el Cielo es el infierno. Mira a tu hermano otra vez, pero con el entendimiento de que él es el camino al Cielo o al infierno, según lo percibas. Y no te olvides de esto: el papel que le adjudiques se te adjudicará a ti, y por el camino que le señales caminarás tú también porque ése es tu juicio acerca de ti mismo.

Un Curso de Milagros
T 25 : V : 1, 2, 3, 4, 5, 6.