sábado, 24 de mayo de 2014

LAS CHARLAS DE OSHO



El dinero es un tema cargado por la simple razón de que no hemos sido capaces de inventar un sistema sano en el que el dinero pueda ser un servidor de toda la humanidad en lugar de ser el maestro de unos pocos codiciosos. El dinero es un tema cargado porque la psicología humana está llena de avaricia; por lo demás el dinero es un simple medio para intercambiar cosas, un medio perfecto. No hay nada malo en el dinero, pero nuestra forma de resolver esta cuestión hace que todo lo relacionado con él parezca viciado.
Si no tienes dinero, estás condenado; toda tu vida será una maldición y tratarás de conseguirlo por cualquier medio.
Y si tienes dinero, el punto básico no cambia: quieres más y no hay un momento en el que dejes de querer más. Cuando por fin consigues tener demasiado dinero -aunque no sea suficiente, nunca es suficiente, pero es más de lo que tienen los otros-, entonces comienzas a sentirte culpable porque los medios que has utilizado para acumularlo son repugnantes, inhumanos, violentos. Has explotado, has chupado la san­gre a la gente, has sido un parásito. Por tanto, ahora tienes dinero pero él te recuerda todos los crímenes que has cometido para ganarlo.
Esto hace que haya dos tipos de gente: uno es el que empieza a dar dinero a las instituciones de caridad para liberarse de la culpabilidad. Hacen un «buen trabajo», hacen un «trabajo espiritual». Abren escuelas y hospitales. Pero en realidad, lo único que están haciendo es tratar de que la culpabilidad no les vuelva locos. Todos vuestros hospitales, todas vuestras escuelas y universidades, y todas vuestras instituciones de caridad son producto de la gente culpabilizada.
Por ejemplo, el premio Nobel fue creado por un hombre que ganó mucho dinero en la primera guerra mundial fabricando todo tipo de bombas y maquinaria destructiva. La primera guerra mundial se libró con el equipamiento suministrado por el señor Nobel. Y ganó tanto dinero... Ambos bandos se abastecían de material de guerra en el mismo proveedor; él era el único que lo fabricaba a gran escala. Cualquiera que muriera era asesinado por él. No importaba a qué bando perteneciera, cualquiera que muriera, moría por sus bombas. Por eso cuando ya era anciano y tenía todo el dinero del mundo, estableció los premios Nobel. Es el premio a la paz de un hombre que ganó su dinero en la guerra! Quien quiera que trabaje por la paz recibe un premio Nobel. Se concede a los grandes inventos científicos, a los grandes artistas, a las grandes creaciones. Y junto con el premio Nobel dan mucho dinero; ahora mismo está dotado con una cantidad cercana al cuarto de millón de dólares. Es el mejor premio y además está dotado con doscientos cincuenta mil dólares; y la cantidad va aumentando cada año porque el valor del dinero disminuye. La fortuna del señor Nobel era tal, que los premios que se conceden cada año salen exclusivamente de los intereses. El fondo de dinero original permanece intacto, y seguirá intacto para siempre. Cada año se acumulan tantos intereses que se pue­den conceder veinte premios Nobel.
Todo el trabajo caritativo es en realidad un esfuerzo por librarse de la culpa, literalmente. de la culpa. Cuando Poncio Pilatos ordenó la crucifixión de Je­sús, lo primero que hizo fue lavarse las manos. ¡Qué extraño! Ordenar una crucifixión no mancha las manos, ¿por qué debería uno lavárselas? Esta acción tiene un significado: se está sintiendo culpable. El hombre ha tardado dos mil años en comprender esto, porque durante dos mil años nadie mencionó, ni se molestó en comentar, por qué Poncio Pilatos se había lavado las manos. Fue Sigmund Freud el que descubrió que la gente que se siente culpable comienza a lavarse las manos. Es algo simbólico...; es como si tuvieran las manos llenas de sangre.
Así, si tienes dinero te sientes culpable. Una de las formas de quitarse la culpabilidad de encima es lavarse las manos ayudando a institu­ciones caritativas. Las religiones explotan esta culpabilidad, pero forta­lecen tu ego diciéndote que estás haciendo un trabajo espiritual. Pero no tiene nada que ver con la espiritualidad; solamente están intentando consolar a los criminales.
El primer camino es el que han tomado las religiones. El segundo es que el hombre se sienta tan culpable que, o se vuelve loco, o se suici­da. Toda su existencia se vuelve angustiosa. Cada respiración se va haciendo más pesada. Y lo extraño es que ha estado trabajando toda su vida para conseguir ese dinero porque la sociedad provoca el deseo y la ambición de ser rico, de ser poderoso. El dinero da poder; puede com­prarlo todo, excepto esas pocas cosas que no pueden ser compradas. Pero son cosas por las que nadie se molesta.
La meditación no puede ser comprada, el amor no puede ser comprado, la amistad no puede ser comprada, la gratitud no puede ser comprada; pero a nadie le importan esas cosas. Todo lo demás, el mundo de las cosas, puede ser comprado. Así, cada niño comienza a ascender por la escalera de la ambición sabiendo que si tiene dinero, todo es posible. La sociedad cultiva la idea de ser ambicioso, de ser poderoso, de ser rico.
Es una sociedad completamente equivocada. Crea gente psicológicamente enferma, insana. Y cuando alcanzan los objetivos señalados por la sociedad y el sistema educacional, se encuentran en un callejón sin salida. El camino se acaba, no hay nada más allá. Por eso se convierten en personas falsamente religiosas o dan el salto a la locura, al suicidio, y se destruyen a sí mismos.
El dinero puede ser una cosa muy hermosa si no está en manos de los individuos, si es parte de las comunas, parte de las sociedades, y la sociedad cuida de todo el mundo. Todo el mundo crea, todos contribu­yen, pero no todo el mundo recibe dinero como pago; se les paga con respeto, se les paga con amor, con gratitud y se les da todo lo que nece­sitan para vivir.
El dinero no debería estar en mano de los individuos porque crea este problema de la culpabilidad. Y el dinero puede enriquecer mucho la vida del individuo. Si la comuna es dueña del dinero, puede darte todos los bienes que necesitas para vivir, toda la educación, todo lo relacionado con las dimensiones creativas de la vida. La sociedad se verá enriquecida y nadie se sentirá culpable. Y como la sociedad ha hecho tanto por ti, te gustará pagarle con tus servicios.
Si eres médico, cuidarás de la gente lo mejor que puedas; si eres cirujano, lo harás lo mejor que puedas porque es la sociedad la que te ha ayudado a convertirte en el mejor cirujano dándote una educación, todo tipo de facilidades y cuidando de ti desde que eras niño. A esto es a lo que me refiero cuando digo que los niños deberían pertenecer a las comunas, y que las comunas deberían hacerse cargo de todo.
Así las creaciones de la gente no serían acaparadas por los individuos; serían recursos comunales. Será tuyo, será para ti, pero no estará en tus manos. No te hará ambicioso, sino que te hará más creativo, más generoso, más agradecido, así la sociedad se irá haciendo mejor y más her­mosa. El dinero no un problema.
Las comunas pueden usar dinero para intercambiar entre ellas, por­que cada comuna no puede fabricar todo lo que necesita. Puede com­prar de otras comunas utilizando el dinero como medio de intercambio, pero de comuna a comuna, no de individuo a individuo; así cada comu­na puede adquirir las cosas de las que no dispone. La función básica del dinero permanece, pero su propiedad pasa del individuo al colectivo. Para mí esto es el comunismo básico: la función del dinero pasa del indi­viduo al colectivo.
Pero las religiones no querrán este cambio. Los políticos tampoco lo querrán, porque todo su juego sería destruido. Todo su juego depen­de de la ambición, del poder, de la codicia, de la lujuria.

Fragmento de una charla dada por Osho en Punta del Este (Uruguay) ante un grupo reducido de amigos.