sábado, 3 de mayo de 2014

SER MODELOS DE BONDAD: RESPETAR NUESTRO EGO Y EL DE LOS DEMÁS




«Sueña dulcemente con tu hermano inocente, quien se une a ti en santa inocencia»

Una vez que somos capaces de compartir la percepción del Espíritu Santo, Sus ojos se vuelven los nuestros. Con tal visión, el amor se vuelve la única idea en nuestras mentes y entonces es imposible creer que los pensamientos, sentimientos o acciones de otro puedan tener ningún efecto sobre nosotros. Esto nos libera para que el amor dentro de nuestras mentes sanas, ya sin el estorbo de culpabilidades y proyecciones, odios y juicios de la mente enferma, se extienda a través nuestro para abrazar a todos aquellos con quienes estamos e incluso a aquellos en quienes pensamos. En este abrazo, que es la esencia del perdón, nuestros hermanos que han tomado una opción equivocada pueden ser corregidos suavemente por la visión de Cristo. El siguiente pasaje del manual articula claramente cómo se manifiesta esta visión en el mundo de la percepción ante el uso mágico de la enfermedad por el ego. Es un paralelismo con el juicio del Espíritu Santo sobre las dos categorías, expresiones de amor o peticiones de amor: «Los ojos del cuerpo continuarán viendo diferencias. Pero la mente que se ha permitido a sí misma ser curada, dejará de aceptarlas. [...] Mas la mente curada los clasificará a todos de la misma manera: «como irreales. [...] al clasificar los mensajes que la mente recibe de lo que parece ser el mundo externo sólo dos categorías son significativas. Y de éstas, sólo una es real» (M-8.6:1-2,4-6).

¿Cómo funciona en la práctica esta visión? ¿Cómo se traduce nuestra percepción curada a curar a los demás y corregir su pensamiento mágico? Recuerda el comentario de Jesús a Helen que cité antes, si ella hacía su voluntad él lo sostendría, y si no, él lo corregiría. Esto no puede significar que nosotros corregimos la conducta mágica, pues esto sería caer en la trampa del ego y hacer real al cuerpo, centrándonos en la distracción en lugar de en el problema de la mente. Se nos dice en el texto que la manera de salir del sufrimiento es ver el problema tal como es, y no de la manera en que lo hemos urdido (T-27.VII.2:2). Esto significa que no miramos a la conducta mágica sino al pensamiento mágico que llevó a esa conducta. Y ese pensamiento es la creencia en que pudimos separarnos del amor, proyectar la culpabilidad en el cuerpo –el nuestro y el de los demás–, y así librar a nuestras mentes de su miedo al castigo.

En consecuencia, es la idea de la separación del amor la que necesita deshacerse. No necesita una corrección agresiva pues no hay nada que corregir. En lugar de eso, la equivocación mágica se corrige sencillamente demostrando que nuestro amor no ha sido afectado por el loco deseo de atacarlo con el afán de ser especial. Deshacer, por tanto, se hace en el nivel de la mente, que es el único nivel que hay. En presencia de quienes manifiestan síntomas de la enfermedad mental de la separación, ejemplificamos la visión de Cristo, pidiendo a nuestros hermanos «enfermos» que elijan de nuevo: «Los maestros de Dios van a estos pacientes representando otra alternativa que dichos pacientes habían olvidado [...] y exhortan dulcemente a sus hermanos a que se aparten de la muerte: "¡He aquí, Hijo de Dios, lo que la Vida te puede ofrecer! ¿Prefieres elegir la enfermedad en su lugar?"» (M-5.III.2:1,11-12).

¡Qué sencilla es nuestra vida aquí cuando hemos elegido ver en vez de juzgar (T-20.V.4:7)! «Sin nada que extender que no sea amor, no hay culpabilidad que proyectar. El milagro llega fácilmente a sustituir a la magia del ego, y los sueños de odio y desprecio le ceden suavemente el paso a sueños felices de perdón. Por fin nos hemos acordado de reírnos de la tontería de creer que podíamos estar apartados de nuestro creador, o de cualquier fragmento aparentemente separado de la Filiación que Él creó una consigo mismo» (T-27.VIII.6:2). Nuestro perdón bondadoso a los demás nos prepara para el siguiente paso, con ojos que despiertan suavemente a la realidad de la que nunca salimos, a la casa que nuestro Padre siempre ha conservado para nosotros, como leemos ahora: «Sueña dulcemente con tu hermano inocente, quien se une a ti en santa inocencia. Y el Mismo Señor de los Cielos despertará a Su Hijo bien amado de este sueño. Sueña con la bondad de tu hermano en vez de concentrarte en sus errores. Elige soñar con todas las atenciones que ha tenido contigo, en vez de contar todo el dolor que te ha ocasionado» (T-27.VII.15:1-4).

Kenneth Wapnick.