jueves, 31 de julio de 2014

EL PERDÓN




Una de las portadas más memorables que recuerdo de una revista nacional apareció hace varios años. Era una fotografía del papa Juan Pablo II, sentado ante el hombre que había intentado asesinarle. Ese retrato del perdón hizo mella en mí. Las personas a las que consideramos santas, espirituales o modelos de decencia, son capaces de perdonar sin ninguna dificultad. No nublan su conciencia con pensamientos generados en la ira, el odio o la venganza hacia aquellos que han intentado dañarles. En lugar de eso nos facilitan un modelo del perdón con el fin de que podamos utilizarlo en nuestra vida diaria. Tal vez la figura de Cristo perdonando a quienes le están torturando y matando constituye el mejor legado del gran maestro: "Padre, perdónales porque no saben lo que hacen". Esta es la esencia del cristianismo y sin embargo muy pocos son los que logran vivir según estas palabras. 
Es importante que todos y cada uno de nosotros consideremos su significado: "No saben lo que hacen". Las personas que dañan a sus semejantes tampoco saben lo que hacen. Sacan a relucir su propio odio, su ira, o la venganza. Lo que dirigen hacia los demás no dice nada sobre estos. Sin embargo sé que habla poderosamente de ellos. Piense que las personas que se han comportado con usted de un modo irritante en realidad no sabían lo que hacían. ¿Por qué?, debe de estar preguntándose ahora. Porque eran y son incapaces de ver que todos estamos conectados. Viven en la separación. Se consideran aislados. Son como la célula cancerosa en ese cuerpo que ha perdido toda referencia sobre el conjunto, el todo. Al estar compuestos de desequilibrio, actúan con respecto al resto de los seres humanos de la misma manera que la célula cancerosa destruye a su vecina, y acaba por matar a todo el cuerpo. Seguramente usted no echaría la culpa a una célula de este tipo por ser lo que es. ¿No es así? Seguramente esperaría el desenlace al que siempre conduce. Lo mismo ocurre quienes se comportan de un modo que nos disgusta. No saben lo que hacen a los demás, porque han perdido todo sentido de referencia con respecto a ellos mismos, y envían todo su desequilibrio a los demás porque eso es lo único que tienen para dar. Odiarles por su actitud sería como odiar al musgo que crece en el árbol y afea su aspecto. El musgo sólo puede actuar como tal, y a pesar de la opinión que usted pueda sostener sobre él, continuar haciendo lo único que sabe hacer. Las víctimas también actúan según lo que saben, y el único modo de ayudarles a que no se comporten de esa forma, consiste en procurar que esa falta de armonía se convierta en aceptación y amor por uno mismo, puesto que así finalmente lograrán dar todo ello a los demás.
Con esto no quiero decir que las víctimas no tengan cierta razón al querer tomar represalias. Pero ahora le estoy hablando a usted y no al agresor.
Si usted tiene el convencimiento de estar separado y de ser distinto al resto de los seres humanos, la compasión por los demás es prácticamente imposible. Únicamente cuando usted se sabe conectado a sus semejantes, incluso a quienes se comportan de forma improcedente, puédese afirmar que tiene punto de referencia con respecto al ser llamado Ser Humano. través de este nuevo conocimiento nos llega la capacidad del perdón, que es de lo que precisamente hablan los grandes maestros espirituales, considerándolo el principio básico de la vida. Saben que quienes envían su odio a sus semejantes sólo actúan desde el lugar que ocupan y contando únicamente con lo que han podido pensar hasta ese entonces. La persona iluminada está segura de su propia divinidad y no juzga negativamente las acciones de los demás. El perdón es sin duda el mayor logro del hombre, porque muestra que la iluminación ya ha entrado en acción. Demuestra que uno se encuentra en armonía con el universo, es decir, con la energía del amor. Es la capacidad de ofrecer y dar amor aun en las peores circunstancias.
Nuestros modelos a seguir nos recuerdan que las personas que eligen el camino del mal no saben lo que hacen. Porque no podemos dar aquello que no tenemos, y naturalmente sólo ofrecemos lo que poseemos. Si nos movemos por odio o por dolor, eso es lo único que tenemos. Es imposible que una persona plena de amor actúe movida por el odio. Por esta razón cabe afirmar que, una vez se encuentre totalmente despierto, su capacidad para otorgar el perdón se le transmitirá automáticamente. Mark Twain lo escribió en bellas palabras: "El perdón es la fragancia que desprende la violeta en el tacón que la ha aplastado". Sin lugar a dudas se trata de una gran imagen, que merece la pena no olvidar mientras transcurre su viaje por el principio universal del perdón.

Del libro "La Fuerza de Creer"
de Wayne W. Dyer

lunes, 28 de julio de 2014

EL JUICIO



Usted puede desprenderse del deseo de culpar a los demás y eliminarlo de su vida para siempre. Pero lo mejor que puede hacer con el juicio es reducir el número de los que emite. El juicio significa ver el mundo desde su punto de vista, y no tal como ya es. Es imposible eliminar todos los juicios porque cada pensamiento contiene alguno. Si le comento a usted que hace un día magnífico, estoy emitiendo un juicio. Si evaluamos a alguien o alguna acción, también estamos emitiendo juicios. Así pues, cabe concluir que la única forma de eliminar todos los juicios consistiría en dejar de pensar, lo cual es absurdo.
Pero lo que sí puede hacer es reducir el número de críticas negativas, lo cual constituye un tipo de perdón que sin duda alguna le ayudará a mejorar su calidad de vida de un modo considerable. Lo primero que debe recordar es que los juicios no pueden alterar nada ni a nadie que forme parte del universo. Por el mero hecho de que una persona le disguste, no conseguirá que ella cambie. Y una vez más me permito recordarle que cuando usted emite un juicio sobre alguien, lo que está haciendo es definirse a sí mismo. Sus críticas hablan de usted. Nos describen lo que le gusta y lo que no. No definen en absoluto a la persona objeto del juicio, porque esa persona ya viene definida por sus propios pensamientos y acciones. Una vez reconozca este hecho, entonces comenzará a sustituir su tendencia a juzgar por la aceptación y esto es lo que se conoce como perdón en acción.
Al aceptar a los demás ya no necesita experimentar el dolor que conlleva enjuiciarlos. Cuando alguien se comporta de una manera que a usted le resulta desagradable, debe comprender que su dolor, ira, temor u otra fuerte reacción no es más que la consecuencia de lo que usted ha decidido con respecto a esa persona. Si se siente incapaz o no está dispuesto a percatarse de esa emoción, entonces toda la atención debe ser prestada a su propio ser. El comportamiento de esa persona ha colisionado con algo inacabado o irreconocido en su vida. El dolor ante el comportamiento de dicha persona se corresponde con su manera de evitar algo que existe en su interior. Esta distinción es muy significativa.
Sus pensamientos sobre el comportamiento de los demás le pertenecen. Y usted es quien lleva la carga de los resultados de esos pensamientos. Si usted es de los que no juzgan a los que le rodean sino que suele aceptarlos tales como son y se comportan a lo largo de su propio camino, eliminando así la necesidad de sentirse perturbado por alguno de ellos, entonces ha puesto en práctica el principio del perdón. El perdón, tal como antes he explicado, consiste en corregir nuestras concepciones erróneas.
En realidad no tiene nada que perdonar, a no ser a usted mismo por haber emitido un juicio o culpado a alguien. Estos tres elementos, culpar a los demás, el deseo de venganza y la emisión de juicios constituyen hitos muy asentados en el hombre. Se desarrollan en su cultura que se enorgullece al culpar a sus miembros de lo que sucede y demandar a muchos en nombre de la "justicia". Es el resultado de haber conservado en nuestra mente pensamientos de venganza desde que éramos niños justificándolos como algo "indicado", patriótico o sencillamente justo. Sin embargo, este comportamiento es totalmente perjudicial e irresponsable, por no decir que carece de iluminación. Y, naturalmente, resulta bastante estúpido.
Cuando se halle atrapado en este tipo de comportamiento recuerde que en último término usted es la víctima. Está permitiendo que los que le rodean controlen su vida, y a pesar de las muchas excusas que pueda encontrar, sigue siendo un esclavo de los caprichos de sus semejantes. O bien en palabras de Maslow: "No existe nada parecido a un esclavo bien adaptado". Dicho comportamiento también le impide el experimentar un nuevo despertar. Es imposible que pueda adquirir el sentido del propósito al que está destinado y que viva una vida en armonía y equilibrio si al mismo tiempo permite que otra persona dicte sus propios pensamientos y acciones. Nunca logrará dar con su objetivo, o vivir una existencia espiritual y basada en el amor, si persiste en culpar a los demás, juzgarlos y se motiva en la venganza. La iluminación requiere que usted se responsabilice totalmente de su vida. La responsabilidad significa responder con su habilidad o capacidad. Obviamente, esto resulta imposible si el odio, el deseo de culpar a los demás y las ganas de venganza le dominan.
Eche una ojeada a las vidas de las personas más admiradas históricamente. Son las que ardieron en deseos de venganza y provocaron las guerras, matando indiscriminadamente, destruyendo todo lo que se interponía en su camino, siempre en nombre de la culpa de los demás y la ira. ¿Cómo puede una persona contribuir de forma positiva y sintonizar con la fuerza del amor si sólo se preocupa de la venganza? De ninguna manera. Es imposible. Escuche las palabras de aquellos a los que tanto admira, y en vez de catalogarse usted según la etiqueta de cristiano, judío, musulmán, budista, intente comprometerse para ser como Cristo, Dios, Buda o Mahoma. Nosotros y el resto de los seres que conforman el mundo viviremos mucho mejor si así ocurre y comenzamos a aplicar el principio del perdón a diario, en vez de que todo se quede en palabras, como ocurre en la iglesia, volvamos a nuestra vida diaria para construir más armas,demandar a nuestros vecinos y juzgar a quienes están lejos.

Del libro "La Fuerza de Creer" 
de Wayne W. Dyer

sábado, 26 de julio de 2014

LA VENGANZA



Vivimos en un mundo que aprueba el odio y la venganza. Es un mundo en el que las personas se encuentran normalmente enfrentadas entre sí. La lucha es nuestra arma en el desacuerdo.
La guerra incumbe a países cuyos habitantes tampoco se hallan en paz consigo mismos. Piensan en las guerras como una solución a sus problemas humanos. Son "guerras" sobre la propiedad, las drogas, el analfabetismo y el hambre. Rezamos por aquellos que pueden otorgar el perdón, defendemos el amor y respetamos a los grandes maestros espirituales por sus enseñanzas, pero cuando se trata de poner en práctica el perdón, optamos por la venganza y la guerra. Las armas de fuego en Belén el mismo día de Navidad y también en Jerusalén el domingo de Pascua nos recuerdan con pesar que solemos hablar bastante del perdón sin prestar atención a quienes crucificamos en ese momento.
La venganza es la puesta en escena de los pensamientos que pretenden acusar a los demás de nuestros actos. Todo se encuentra en la mente y la venganza se expresa mediante la forma. La venganza inmoviliza a quienes la eligen como forma de vida y viola el sacramento más sagrado que reza: "No matarás". Sin embargo matamos, y lo hacemos a gran escala, construyendo armas tan potentes que pueden arrasar y destruir ciudades enteras en unos minutos. Aunque esto sea parte de la forma perfecta de funcionar las cosas, debemos pensar que también el deseo de ponerles fin se encuentra incluido en ese funcionamiento. Por tanto, mientras se intensifica y continúa la violencia debemos preguntarnos: ¿Cuál es la lección que todos, como seres que formamos el cuerpo denominado humanidad, debemos aprender de esta situación? Nuestra propia existencia y la de las futuras generaciones dependen de su respuesta.
Cada día nos llegan más noticias sobre personas heridas, asesinadas, violadas, mutiladas y atracadas, y sabemos que existe el deseo de venganza contra los agresores. Las familias de las víctimas están llenas de odio y sólo les motiva la venganza. 
El odio crece a medida que crecen las demandas de un castigo equivalente a lo que sus seres queridos han sufrido. Sin embargo, aunque la pena llegue a ejecutarse, las víctimas de esos actos continúan sintiendo dolor y odio. Han envenenado sus almas con una rabia endémica y no saben continuar su vida sin el dolor. Son víctimas no sólo del criminal sino también de la sed de venganza. Recuerdo un caso que Earl Nightingale me contó en una ocasión. La importancia que se le concedía al perdón en esa historia me dejó profundamente impresionado. La hija de una mujer fue asesinada. La madre, que se dejó consumir por el deseo de venganza durante dieciocho años, no pudo satisfacerlo porque la pena de muerte había sido prohibida en el estado donde el asesino fue sentenciado. En todo ese tiempo la madre fue incapaz de vivir de manera satisfactoria. Acudió en busca de ayuda a muchos lugares. Finalmente sólo se libró de su infelicidad perdonando al asesino de su hija. Tras hacerlo, la mujer describió la experiencia como un acto de amor espiritual para sí misma, su hija y el asesino.
El mero hecho de culpar a los demás de la condición que tiene nuestra vida sólo conduce a la rabia. Hay muchas personas que responden al mundo con una actitud de rabia creyendo que es lo mejor que pueden hacer. Hasta tal punto la cólera constituye uno de los múltiples sentimientos (pensamientos) con los que contamos los seres humanos. No sentirla sería tan raro como que las nubes desaparecieran del cielo.  El problema aparece cuando dependemos de la ira porque así lo hemos querido o porque nos han inducido a ello, y no logramos desprendernos de la necesidad de culpar a los demás, de vengarnos o de emitir un juicio. Estoy en contra de quienes pegan a un niño pretendiendo enseñarle que eso es lo que no debe hacer a sus semejantes, y tampoco creo que tal manifestación de la ira sea en modo alguno una medida terapéutica.
Le recomiendo que sea amable consigo mismo y que se ame a pesar de la respuesta que le den los demás seres que también forman el universo. Intente no depender de ninguna creencia que le dicte que los demás no deberían ser como son, por lo contrario, comprenda que se hallan labrando su propio camino, y que la opinión de usted no cuenta en absoluto. Llénese de amor obre todo en favor de quienes usted cree que más daño le han causado, que es precisamente lo que todos los guías espirituales han enseñado, y compruebe si todavía le invaden la ira y el deseo de venganza. Esto puede resultarle difícil si usted pretende que el mundo no sea tal como es. Si es capaz de aceptar incluso lo que le desagrada y de enviar amor a donde antes había dirigido su odio, ya no sentirá la necesidad de concebir más pensamientos que se alimenten de la cólera. No tendrá por qué "ponerse a la misma altura" que su oponente. Será más fuerte que el propio odio y logrará inmovilizarlo con sus pensamientos.
Cuando usted se enseñe a sí mismo a ser una serie de pensamientos armoniosos, la rabia ya no será una opción con la que contar. Una vez ponga punto final a esa necesidad de acusar a los demás y empiece a responsabilizarse de su mundo interior, la ira también desaparecerá. Tampoco deseará tener el control de la vida de quienes, según usted, le han perjudicado. Mediante el perdón hallará paz y a partir de ese momento seguirá el camino hacia la iluminación. Si un número suficiente de individuos comprendieran el principio del perdón y lo aplicaran en sus vidas, seguramente algún día todos podríamos influir con esta medida y actitud al resto de la humanidad.
Los jóvenes de hoy en día están muriendo por una causa, la
de vengar a sus antepasados. Luchan en Tierra Santa, donde
Jesús predicó el principio del perdón. La guerra no se perpetúa. ¿Qué se demuestra con esto? ¿A qué conduce? ¿A la paz? No, eso nunca. Los vencidos responden con la venganza y el número de víctimas se incrementa. Usted puede contribuir al cambio, si aprende la lección que contiene el principio del perdón y sabe superar el odio y restaurar la paz. Perdonar no es un acto de débiles, sino todo lo contrario. Es un acto que demuestra una singular gallardía y un gran coraje.
La lucha debilita a todos y cada uno de los que forman parte de ella. Todo aquello con lo que usted se enfrenta acaba restándole fuerzas. San Pablo ya lo había dicho en Romanos 12-21: "No te dejes vencer por el mal, antes procura vencer al mal con el bien".  Lo único que debe hacer es perdonar, y nunca dejarse llevar por modos de comportamiento que le conduzcan a su propio desprecio. Un viejo proverbio chino dice: "El que busque la venganza deberá cavar dos tumbas".

Del libro "La Fuerza de Creer"
de Wayne W. Dyer


viernes, 25 de julio de 2014

LA ACUSACIÓN




Si somos incapaces de perdonar a quienes creemos que nos han reportado algún mal, necesitamos examinar la decisión que hemos tomado al culparlos de cuanto nos ha ocurrido. Echar las culpas a los demás es algo muy frecuente en nuestra cultura y normalmente nos conduce a la pérdida del control de nuestras vidas. El gran número de pleitos en los que nuestra sociedad se ve involucrada demuestra la falta de disposición de las personas con respecto a asumir toda la responsabilidad que conlleva su vida. En vez de actuar en este sentido prefieren ir a los tribunales y demandar a quienes les rodean, sin tener en cuenta si ellos mismos han incurrido en negligencia o si están acusando a un inocente de sus propias faltas. Los anuncios en los que se ofrece todo tipo de ayuda legal proclaman lo siguiente: "Usted no tiene la culpa, a pesar de que las circunstancias digan lo contrario. Ahora es el momento de que les demande por los daños que le han ocasionado". Esto constituye sin duda una prueba evidente de esa actitud de acusar a los demás que tanto nos caracteriza. Cuanto más se empeñe en ejercitarla en su vida, mayores dificultades tendrá que superar para practicar el perdón.
Debe ser completamente honesto consigo mismo si en realidad desea librarse de toda necesidad de acusar. Para comenzar, debe asumir la responsabilidad por todo lo que es usted actualmente en su vida. Dígase por ejemplo: "Soy la suma total de mis decisiones". Su entorno cultural puede dificultarle este proceso de aceptación. Tal vez prefiera decir: "No pude evitarlo", o "Fue culpa de otro", o "Estaba en el lugar equivocado en un momento inapropiado", o "Mi desgracia se debe a mi entorno familiar", o cualquier otra excusa que se le ocurra.
Despréndase de todo eso y contemple su vida desde otra perspectiva. Lo que le ha sucedido no es más que una lección por la cual debe sentirse profundamente agradecido. Todas las personas que intervinieron en su vida fueron como profesores, a pesar de lo mucho que usted los haya odiado o criticado. La verdad es que las casualidades no existen. Todo funciona y ocurre tal como debe ser. Y no hay más que eso. Todas esas situaciones, incluyendo las de su niñez, contienen grandes lecciones de las cuales debe sacar el mayor provecho y sin duda ahora se encuentran bloqueadas por sentimientos de odio y acusación hacia los demás.
Valore hasta qué punto puede resistir el principio de tomar toda la responsabilidad por su vida y aceptar que las casualidades no existen en un universo perfecto. Déjese llevar por esta lógica. Tal vez alguien le haya dañado en el pasado. Se siente dolido y muy enfadado, y seguramente esa rabia inicial se ha convertido en odio. Ese es su odio y le acompaña a todas partes. Usted lo posee. Es de su propiedad. Es usted y usted es él. El odio es pensamiento y nunca le abandona. Usted ha permitido que no sólo le hicieran daño una vez, sino que además le deja que continúe molestándolo mediante el control de su vida interior. El odio ha infectado su vida mientras la otra persona se halla en su propio camino haciendo lo que sabe hacer, a pesar de su desgracia. Lo absurdo de culpar a los demás estriba en el hecho de que significa concederles nuestro control a quienes nos rodean. Nos convertimos en prisioneros sin la esperanza de poder alcanzar un mejor despertar y felicidad para nuestras vidas.
Así es como funciona el culpar a los demás. Ahora podemos darnos cuenta de las consecuencias que puede traernos y de lo fútil y destructiva que puede resultar dicha actividad. En tanto persistamos en culpar por cómo nos sentimos a los que nos rodean, tendremos que esperar hasta que ellos cambien para poder salirnos de ese estado de inmovilidad. El perdón es un arma eficaz para superar los efectos negativos de culpar a los demás. Si conseguimos el perdón para todo y todos cuantos nos rodean, ya no habrá necesidad de contar con él. Irónicamente, no tendremos ninguna necesidad de perdonar a nadie más, y aquí se encuentra la esencia de este capítulo.
El perdón implica modificar sus percepciones erróneas. Al perdonar a otra persona por algo que nos haya hecho, lo que estamos diciendo es: "Ya no tienes el poder de controlar lo que soy, lo que pienso y el modo de comportarme en el futuro. Ahora yo soy el único responsable de todo ello". Por consiguiente, ya no tendremos nada que perdonar puesto que nosotros seremos los creadores de nuestra propia realidad mediante la forma en que procesemos el comportamiento de los demás. Si elegimos la posibilidad de echar las culpas a todos cuantos nos rodean, nos dañaremos a nosotros mismos. Por otra parte, también podremos eliminar el odio que estamos generando y sentirnos como seres libres. AI modificar nuestra percepción de los dolores y sufrimientos que padecemos en la vida y darnos cuenta de que nosotros mismos hemos creado lo que necesitábamos para este sueño, incluyendo a los desalmados con los que nos hemos enfrentado, ya no necesitamos culpar a nadie de nada. Este constituye un estado mucho más libre de lo que seguramente ha podido nunca imaginarse.
Para ser totalmente libre y no tener necesidad de acusar a nadie y a la vez poder tomar las riendas de su propia vida, se requiere mucha disciplina. Se trata de una disciplina basada en el amor por uno mismo y no en el desprecio por lo que somos. Al amarnos, impedimos que los demás puedan controlar nuestras emociones. El perdón es un medio para llegar a un fin. AI inclinarnos por esta opción se produce una reacción automática con respecto a quienes nos tratan con desprecio, y en consecuencia el perdón se hace innecesario. El perdón es un acto de amor por uno mismo, no un comportamiento altruista y santo. Nos permite el control de nuestra vida interior y de nuestros pensamientos. El hecho de saber que nada ocurre por azar, y que todo en la vida tiene un propósito, incluso las personas que parecen ocupar puestos tan diferentes de los nuestros y tan destructivos, nos lleva a aceptar esas "casualidades" y a esos "desalmados" como si se trataran de acontecimientos cargados de significado e importancia para nosotros. Puedo asegurarle que una vez ya no necesite sacar partido de las lecciones que esos hechos negativos le ofrecen, ya no tendrá que soportarlos nunca más. Si usted necesita practicar el perdón, entonces contará con las suficientes oportunidades para hacerlo. Si su reacción se basa en el odio, la rabia y el desafío hacia "esas personas", entonces ellas continuarán apareciendo en su vida. En mi caso, ya me he librado de todo eso. Busco la bondad en todas y cada una de las personas, y me responsabilizo de todo, sin excepción, lo que me ocurre a lo largo de mi camino. Por consiguiente, he llegado a ver lo que creo, en multitud de ocasiones. Usted también está viendo lo que cree, y si, por ejemplo, lo que constituye su ser es odio, eso es naturalmente en lo que cree, y por supuesto lo que finalmente ve.

Del libro "La Fuerza de Creer"
de Wayne W. Dyer

viernes, 18 de julio de 2014

POR QUÉ SE RESISTE A LA INDEPENDENCIA



A continuación presento las razones más habituales por las que muchísimas personas pertenecientes a la cultura occidental se retraen en su propósito de ser independientes.
La independencia significa confiar en que el universo nos facilitará cuanto necesitemos mientras avancemos por nuestro camino de iluminación. 
Nadie nos ha animado a comprometernos con un principio metafísico. Nos enseñaron a conseguir cosas, a correr más que el vecino para que él no se hiciera con lo que deseábamos y a sentirnos siempre insatisfechos. Pregúntese si lo que en realidad anhela es que su vida interior sea controlada por personas, cosas y acciones ajenas a usted y pertenecientes al mundo exterior. Considere lo que significaría para usted el determinar libremente su propia vida interior. Trabajamos muchísimo en determinada profesión, ascendemos por la escalera del éxito, nos negamos la experiencia de una serie de años y esperamos una recompensa en el futuro. Creemos que el sufrimiento en cierta medida va unido a todo ello. Nunca hemos recibido un curso sobre metafísica aplicada. Nuestra educación ha estado centrada en lo racional y no en los sentimientos.
Ahora le sugiero que examine cuidadosamente su parecer sobre la consecución del éxito. ¿Consiste en la acumulación de riquezas, posesiones y beneficios? Tras la reflexión tal vez desee apartar de su vida algunas de sus más firmes convicciones y hacer de la independencia, en el sentido aquí expuesto, la filosofía de su vida.
Una gran mayoría de personas llega a la conclusión de que la independencia supone dejar de poseer todo aquello por lo que tanto se han sacrificado. En otras palabras, olvidarse de la buena vida. Pero lo que verdaderamente significa la independencia es la liberación de las ataduras que en este momento le son tan necesarias. No implica ningún sacrificio. El éxito entendido como proceso interno no puede ser medido en términos cuantitativos. Si usted aplica sus posesiones materiales para medir su valía interna es imposible que llegue a independizarse de ellas. Piense que puede aplicar el principio de la independencia en su vida y seguir disfrutando de toda la abundancia que le plazca.
Quizá no acabe de comprender la idea de independizarse de sus seres más allegados. Tal vez incluso piense que semejante actitud implica la más pura indiferencia respecto a ellos. Pero la independencia aplicada a las relaciones generadas por el amor significa todo lo contrario. Quiere decir amar a las personas profunda e incondicionalmente, por lo que son, sin emitir juicio alguno cuando deciden ser lo que tanto anhelan. Si nos referimos a la independencia de los niños no se trata, aunque usted suponga lo contrario, de permitirles que se rijan por sus instintos y eludan todas sus responsabilidades. Los niños se convierten en seres humanos más felices si aprenden que el respeto y la responsabilidad forman parte de sus vidas. Y es el adulto quien debe impartir, con su comportamiento respetuoso y responsable, esta lección. La independencia impide que los hijos de padres dados a la manipulación les conviertan en esclavos de su conducta. La lucha entre la dependencia y la independencia le conducirá a romper sus relaciones con los demás, y luego se sentirá como una víctima.
Tal vez considere a la independencia como una ausencia de convicción y propósito, un estado que atrapa en una especie de jaula. Yo considero, en contestación a su erróneo concepto, que quienes experimentan las mieles del éxito son los que han aprendido a dejarse llevar por la corriente de la vida y a no oponerse a ella. Todos ellos experimentan paz interior en vez de esa sensación de desorden interior. Si desea eliminar la ansiedad que le invade en su vida, no persista en navegar ya contra corriente; deténgase y déjese llevar por las aguas. Llegará a buen puerto.
En caso de que usted oponga una fuerte resistencia al principio de la independencia porque no acaba de comprenderlo, le sugiero que dé rienda suelta a sus sentimientos y actúe en consecuencia. No intente forzarse a sentir lo que en este momento no le parece indicado para su propio bien. No crea que al actuar de este modo su dimensión interior o los demás van a condenarle. El amor incondicional que se profese a sí mismo siempre le llevará por el camino que usted debe seguir. Se halla en su propia senda. Créalo y lo verá.

Del libro "La Fuerza de Creer"
de Wayne W. Dyer


jueves, 17 de julio de 2014

LA ATADURA A LAS IDEAS Y A TENER RAZÓN



 Esta es una de las ataduras más resistentes. «Tener la razón» podría tildarse de «enfermedad occidental» terminal. Suelo escuchar la radio varias horas al día en distintas ciudades de los Estados Unidos, y la mayoría de personas que llaman a una emisora para opinar sobre un tema de actualidad dependen de su propia idea e intentan convencer de que las demás son erróneas. No resulta fácil encontrar a alguien que exponga su punto de vista y al mismo tiempo permanezca abierto a las opiniones ajenas.
Los oyentes que llaman a la emisora suelen ser educados y permanecen callados cuando la otra parte opina sobre el tema, pero en cuanto ésta finaliza ignoran lo dicho y defienden a ultranza su propia postura. Casi nunca se oye decir: «Ha dado usted en el clavo. Volveré a plantearme la cuestión y llamaré dentro de un rato».
Esta atadura que nos obliga a tener siempre la razón genera
sufrimiento porque de nada nos sirve si queremos comunicarnos con los demás. Si usted no sabe o no puede comunicarse con quienes le rodean, sufrirá. A las personas nos desagrada que nos digan cómo debemos pensar o bien que no estamos en lo cierto, cuando nuestra opinión difiere de la del resto. Cuando nos encontramos en semejante situación automáticamente nos encerramos en nuestra conciencia y construimos una barrera. Si usted se ha quedado encerrado por su incapacidad de escuchar a los demás, piense que ello se debe a su gran dependencia de sus ideas y a su insistencia en llegar a considerar equivocados a todos cuantos sostienen posturas opuestas a la suya. Este tipo de atadura dificulta muchísimo las relaciones en las que el amor juega un papel importante, porque continuamente levanta barreras.
Por cada una de las ideas que usted considera acertadas existen millones de personas que piensan lo contrario. El antagonismo entre razón y error causa muchos problemas metafísicos a infinidad de personas. Cuando se encuentra con alguien que defiende un punto de vista distinto al suyo, y usted pretende convencerle de su equivocación, lo que hace es definirse a sí mismo. Su actitud contribuirá a que su amigo se reafirme inexorablemente en su postura. Así pues, cabe concluir que los encuentros de este tipo suelen finalizar con dos creencias mucho más firmes de lo que en un principio eran.
Para liberarse de las dependencias debe tener presente que
todos los antagonismos basados en la razón como opuesta al
error responden a una invención humana. La razón no existe a expensas del hombre. El universo es sencillamente tal y como debe ser y funciona según los principios antes definidos, pero sin tener en cuenta la opinión que tengamos sobre él. Es magnífico que todos sostengamos opiniones sobre lo que nos plazca, pero no debemos olvidar que si nos dejamos llevar por ellas, estamos limitándonos a nosotros mismos y anulando toda posibilidad de escuchar otro punto de vista. La atadura a las ideas y la obsesión por probar que los demás están equivocados constituye la historia del ser humano, causante de numerosas guerras y desgracias desde los inicios de la historia.
Sucede muy pocas veces que las personas se detengan un momento a escuchar a los demás. Sólo en contadísimas ocasiones sustituimos nuestras firmes convicciones por las que nos proponen nuestros semejantes. Y normalmente somos incapaces de sostener en nuestra mente dos opiniones contrapuestas. Sin embargo, esto es lo que usted debe hacer si quiere despertar en una nueva dimensión de conciencia humana: un conocimiento interior que puede coexistir junto al suyo, sin necesidad de que ninguno deje de tener razón. Este aspecto suele ser comentado por mentes privilegiadas e iluminadas. Uno de los mejores novelistas norteamericanos, F. Scott Fitzgerald,
dijo en una ocasión: La prueba de que nos enfrentamos a una inteligencia de primera magnitud estriba en su capacidad de retener dos ideas contrapuestas a un tiempo y poder funcionar. Uno debería ser capaz de ver que las cosas no funcionan y tomar la determinación de mejorarlas.
Esto es lo que verdaderamente significa ser una persona desprendida e independiente: permitir que puntos de vista encontrados residan en una misma persona, y disfrutar a la vez de la exquisita belleza que semejante actitud ofrece.

Del libro " La Fuerza de Creer"
de Wayne W. Dyer.


miércoles, 16 de julio de 2014

LAS ATADURAS A LOS DEMÁS



Esta es una de las ataduras más difíciles de desprender. Seguramente el precio que pagará para romper con ella se traducirá en sufrimiento. Con esto no estoy afirmando que sea inconveniente amar a otra persona, valorar la presencia de la misma en su vida y sentirse feliz por su relación.
Todo esto es el resultado positivo de las relaciones generadas por el amor incondicional. Lo que pretendo decir es que no nos reportará ningún beneficio el deseo o la necesidad de poseer a otra persona o nuestra sensación de inutilidad, impotencia y dolor al comprobar que esa persona no forma parte de nuestra vida de la manera que pensábamos. Dicha reacción responde a unas ataduras. Estas son las relaciones por las cuales usted otorga el poder y el control de su propio ser a sus semejantes y a cambio sólo recibe sufrimiento.
Todas las relaciones humanas pueden resultar mucho más satisfactorias si se entablan bajo una actitud de desprendimiento e independencia. En realidad esto significa amar a los demás lo suficiente como para ser capaces de dejarles elegir su camino sin traba alguna por su parte, aunque usted piense que las decisiones que toman no se ajustan a sus deseos. También significa tener la suficiente confianza en sí mismo como para no sentirse amedrentado cuando usted no responde a lo que se esperaba. En la relación matrimonial significa amar al cónyuge con tanta intensidad que las necesidades de uno y los fallos del otro pasen a un segundo plano, pues usted ama a esa persona por lo que realmente es y realmente fue cuando le conoció. En las relaciones familiares ese desprendimiento se aplica permitiendo que nuestros parientes sean lo que deseen y contando con la plena seguridad de que no nos dejaremos llevar por sus juicios sobre nosotros mismos. Esta actitud incluye el hacer caso omiso de toda crítica que hayamos formulado y empezar a escuchar y a amar a nuestros familiares por lo que son, a darles algún que otro consejo cuando lo soliciten y a ofrecerles todo nuestro amor incondicional. Cuando se trata de una relación de padres e hijos no olvide que sus hijos siguen sus propias sendas y no vivirán como usted desearía que lo hiciesen. También es cuestión de guiarles, de ayudarles a tener confianza en sí mismos y demostrarles que su amor es incondicional, aunque en ocasiones sus actitudes sean negativas.
La independencia en las relaciones humanas no significa despreocupación por los demás, sino todo lo contrario. Sus semejantes le preocupan tanto que decide eliminar todo juicio de valor sobre ellos y relacionarse con ellos desde el amor en vez de intentar controlar o juzgar sus vidas. La persona independiente en este sentido logrará evitar todo el sufrimiento innecesario que la mayoría de nosotros experimentamos en nuestras relaciones. Lo que usted hace es ofrecer amor a los demás, dejar a un lado su papel de víctima y demostrar que posee una gran sensibilidad sobre sí mismo y sus semejantes. Y de este modo usted goza de independencia a nivel metafísico.
La atadura apareja que el otro debe agradarme para que yo pueda amarle. Cuando usted permita que los demás sean libremente lo que en realidad son y les ame por ello, podrá considerarse una persona sin ataduras. Una vez alcance este nuevo estado de independencia, no deseará ni necesitará la posesión o el control de ningún ser humano, especialmente de sus seres más allegados.
 Paradójicamente, cuanto menos intente poseer y controlar a una persona, más unido se sentirá a ella.
La independencia en realidad le anima a estrechar sus relaciones personales e intensificar su amor. Al mostrar a los demás su amor incondicional, aunque quienes le rodeen en un momento dado decidan abandonarle, usted reduce las posibilidades de sufrimiento en esa relación. Aprendiendo a ser más independiente de ellos también se instruye en una gran verdad sobre las relaciones y el amor. ¡El amor se da, no se toma! Esta es la verdadera esencia de la independencia en las relaciones humanas.

Del libro "La Fuerza de Creer" de
Wayne W. Dyer.

martes, 15 de julio de 2014

LA ATADURA AL PASADO




Para eliminar algunos de los sufrimientos que existen en el mundo debe aprender a distanciarse del pasado y las tradiciones, tan determinantes en la vida de muchas personas. Eche una ojeada a todos los seres que se encuentran en guerra en alguna parte del planeta, y que sufren y mueren en nombre de alguna tradición. Se les ha enseñado que lo que sus antepasados creyeron es lo que ellos deben creer y defender a ultranza. Al seguir esta lógica absurda sólo logran perpetuar el sufrimiento en sus vidas y también en las de sus enemigos. Gran número de las guerras entre grupos étnicos se han librado durante miles de años. Si no se abandona la dependencia que manifiestan con respecto a su pasado y tradiciones, esas guerras nunca finalizarán. Las mentes determinantes de esas culturas ya no están entre los que ahora se enfrentan, que sólo viven en la forma y no dudan en morir por una tradición que únicamente garantiza la enemistad y el odio a las generaciones venideras.
Participamos en una atadura al pasado cuando intentamos trazar el camino que nuestros semejantes deben seguir, siempre basándonos en lo que nos fue inculcado en nuestro momento.
La educación que pretendemos, la vocación que tenemos, los amigos que elegimos, el voto que depositamos, nuestro modo de vestir, nuestra forma de hablar e incluso nuestro pensamiento
vienen determinados por nuestras ataduras a las tradiciones, tan fuertes y poderosas que no podemos ignorarlas, porque ello significaría un completo ostracismo con respecto a nuestra familia o nuestros vecinos. Por lo menos así nos lo han enseñado. A veces nuestros padres nos dicen: «Recuerda, tú eres un...», o bien: «Has nacido en el seno de esta familia y no tienes otra alternativa». Ante semejante actitud la iluminación del alma no tiene cabida. ¿Cómo puede alguien madurar y crecer si persiste en hacer las cosas tal y como siempre fueron hechas? Al aprender los principios universales, comprendemos que no somos más que mera forma. Nuestro envoltorio puede presentar un determinado aspecto y contar con un particular origen pero lo cierto es que no representa ni lo más mínimo de lo que somos.
Únicamente es una capa que recubre el verdadero ser que somos, el cual carece de forma y no necesita de ninguna etiqueta del pasado.
Las ataduras a la historia de su forma como representativa de lo que sus antepasados y parientes fueron no le reportarán más que un sinfín de preocupaciones y sufrimientos. Se requiere mucho valor para independizarse de las tradiciones, y el precio que pagan quienes deciden hacerlo puede ser muy elevado. Sin embargo, el precio por continuar dependiendo de las ataduras aún puede ser mayor, e incluso llegar a causar verdaderos estragos en su vida. La desaprobación de quienes son adictos a la historia de su forma resulta a la larga mucho menos costosa.
Todo aquello a lo que usted se sienta atado, de algún modo lo posee. Equivale a encadenarse y ponerse trabas con el fin de asegurarse que no se posee una mente propia. Ralph Waldo Emerson nos lo recuerda al decirnos: «No sea esclavo de su propio pasado, sumérjase en los sublimes mares, bucee por las profundidades y nade hacia horizontes lejanos. De ese modo regresará respetándose a sí mismo, con una nueva fuerza, con una experiencia singular, que al ser relatada hará olvidar el pasado».
Piense en este aspecto y considere la posibilidad de eliminar todo sufrimiento de su vida cuyo origen sea una atadura con el pasado. Desde luego, podemos respetar e incluso apreciar el pasado y todo lo que nuestros antepasados hicieron. Podemos amarlos porque siguieron su propio camino. Pero sentirnos atados a ellos, a su manera de vivir y pensar sólo porque nos asemejamos en la forma, es negar la viabilidad de nuestra propia iluminación. Éste es el método que históricamente han seguido numerosas instituciones y personas para conseguir controlar a los demás. Instruir a los niños pidiéndoles que vivan según las normas establecidas puede convertirlos en siervos incapaces de pensar y en manos de quienes en ese momento detenten el poder. Las ataduras al pasado son responsables de que hoy en día un niño juegue con un arma, se imagine actuando de asesino, busque enemigos que le sirvan de blanco, y se encuentre condicionado y plenamente conforme con el estado de las cosas.

Eso anula su razonamiento. Los niños crecen convencidos de que si intentan desprenderse del pasado cometerán una deshonra ante los ojos de Dios. Nos resulta muy fácil comprobar este ejemplo en algunos países lejanos, y debería servirnos de lección para que en adelante nos preocupemos un poco más de nuestra forma de demostrar apego al pasado.

Del libro "La Fuerza de Creer" de Wayne W. Dyer