martes, 15 de julio de 2014

LA ATADURA AL PASADO




Para eliminar algunos de los sufrimientos que existen en el mundo debe aprender a distanciarse del pasado y las tradiciones, tan determinantes en la vida de muchas personas. Eche una ojeada a todos los seres que se encuentran en guerra en alguna parte del planeta, y que sufren y mueren en nombre de alguna tradición. Se les ha enseñado que lo que sus antepasados creyeron es lo que ellos deben creer y defender a ultranza. Al seguir esta lógica absurda sólo logran perpetuar el sufrimiento en sus vidas y también en las de sus enemigos. Gran número de las guerras entre grupos étnicos se han librado durante miles de años. Si no se abandona la dependencia que manifiestan con respecto a su pasado y tradiciones, esas guerras nunca finalizarán. Las mentes determinantes de esas culturas ya no están entre los que ahora se enfrentan, que sólo viven en la forma y no dudan en morir por una tradición que únicamente garantiza la enemistad y el odio a las generaciones venideras.
Participamos en una atadura al pasado cuando intentamos trazar el camino que nuestros semejantes deben seguir, siempre basándonos en lo que nos fue inculcado en nuestro momento.
La educación que pretendemos, la vocación que tenemos, los amigos que elegimos, el voto que depositamos, nuestro modo de vestir, nuestra forma de hablar e incluso nuestro pensamiento
vienen determinados por nuestras ataduras a las tradiciones, tan fuertes y poderosas que no podemos ignorarlas, porque ello significaría un completo ostracismo con respecto a nuestra familia o nuestros vecinos. Por lo menos así nos lo han enseñado. A veces nuestros padres nos dicen: «Recuerda, tú eres un...», o bien: «Has nacido en el seno de esta familia y no tienes otra alternativa». Ante semejante actitud la iluminación del alma no tiene cabida. ¿Cómo puede alguien madurar y crecer si persiste en hacer las cosas tal y como siempre fueron hechas? Al aprender los principios universales, comprendemos que no somos más que mera forma. Nuestro envoltorio puede presentar un determinado aspecto y contar con un particular origen pero lo cierto es que no representa ni lo más mínimo de lo que somos.
Únicamente es una capa que recubre el verdadero ser que somos, el cual carece de forma y no necesita de ninguna etiqueta del pasado.
Las ataduras a la historia de su forma como representativa de lo que sus antepasados y parientes fueron no le reportarán más que un sinfín de preocupaciones y sufrimientos. Se requiere mucho valor para independizarse de las tradiciones, y el precio que pagan quienes deciden hacerlo puede ser muy elevado. Sin embargo, el precio por continuar dependiendo de las ataduras aún puede ser mayor, e incluso llegar a causar verdaderos estragos en su vida. La desaprobación de quienes son adictos a la historia de su forma resulta a la larga mucho menos costosa.
Todo aquello a lo que usted se sienta atado, de algún modo lo posee. Equivale a encadenarse y ponerse trabas con el fin de asegurarse que no se posee una mente propia. Ralph Waldo Emerson nos lo recuerda al decirnos: «No sea esclavo de su propio pasado, sumérjase en los sublimes mares, bucee por las profundidades y nade hacia horizontes lejanos. De ese modo regresará respetándose a sí mismo, con una nueva fuerza, con una experiencia singular, que al ser relatada hará olvidar el pasado».
Piense en este aspecto y considere la posibilidad de eliminar todo sufrimiento de su vida cuyo origen sea una atadura con el pasado. Desde luego, podemos respetar e incluso apreciar el pasado y todo lo que nuestros antepasados hicieron. Podemos amarlos porque siguieron su propio camino. Pero sentirnos atados a ellos, a su manera de vivir y pensar sólo porque nos asemejamos en la forma, es negar la viabilidad de nuestra propia iluminación. Éste es el método que históricamente han seguido numerosas instituciones y personas para conseguir controlar a los demás. Instruir a los niños pidiéndoles que vivan según las normas establecidas puede convertirlos en siervos incapaces de pensar y en manos de quienes en ese momento detenten el poder. Las ataduras al pasado son responsables de que hoy en día un niño juegue con un arma, se imagine actuando de asesino, busque enemigos que le sirvan de blanco, y se encuentre condicionado y plenamente conforme con el estado de las cosas.

Eso anula su razonamiento. Los niños crecen convencidos de que si intentan desprenderse del pasado cometerán una deshonra ante los ojos de Dios. Nos resulta muy fácil comprobar este ejemplo en algunos países lejanos, y debería servirnos de lección para que en adelante nos preocupemos un poco más de nuestra forma de demostrar apego al pasado.

Del libro "La Fuerza de Creer" de Wayne W. Dyer