sábado, 26 de julio de 2014

LA VENGANZA



Vivimos en un mundo que aprueba el odio y la venganza. Es un mundo en el que las personas se encuentran normalmente enfrentadas entre sí. La lucha es nuestra arma en el desacuerdo.
La guerra incumbe a países cuyos habitantes tampoco se hallan en paz consigo mismos. Piensan en las guerras como una solución a sus problemas humanos. Son "guerras" sobre la propiedad, las drogas, el analfabetismo y el hambre. Rezamos por aquellos que pueden otorgar el perdón, defendemos el amor y respetamos a los grandes maestros espirituales por sus enseñanzas, pero cuando se trata de poner en práctica el perdón, optamos por la venganza y la guerra. Las armas de fuego en Belén el mismo día de Navidad y también en Jerusalén el domingo de Pascua nos recuerdan con pesar que solemos hablar bastante del perdón sin prestar atención a quienes crucificamos en ese momento.
La venganza es la puesta en escena de los pensamientos que pretenden acusar a los demás de nuestros actos. Todo se encuentra en la mente y la venganza se expresa mediante la forma. La venganza inmoviliza a quienes la eligen como forma de vida y viola el sacramento más sagrado que reza: "No matarás". Sin embargo matamos, y lo hacemos a gran escala, construyendo armas tan potentes que pueden arrasar y destruir ciudades enteras en unos minutos. Aunque esto sea parte de la forma perfecta de funcionar las cosas, debemos pensar que también el deseo de ponerles fin se encuentra incluido en ese funcionamiento. Por tanto, mientras se intensifica y continúa la violencia debemos preguntarnos: ¿Cuál es la lección que todos, como seres que formamos el cuerpo denominado humanidad, debemos aprender de esta situación? Nuestra propia existencia y la de las futuras generaciones dependen de su respuesta.
Cada día nos llegan más noticias sobre personas heridas, asesinadas, violadas, mutiladas y atracadas, y sabemos que existe el deseo de venganza contra los agresores. Las familias de las víctimas están llenas de odio y sólo les motiva la venganza. 
El odio crece a medida que crecen las demandas de un castigo equivalente a lo que sus seres queridos han sufrido. Sin embargo, aunque la pena llegue a ejecutarse, las víctimas de esos actos continúan sintiendo dolor y odio. Han envenenado sus almas con una rabia endémica y no saben continuar su vida sin el dolor. Son víctimas no sólo del criminal sino también de la sed de venganza. Recuerdo un caso que Earl Nightingale me contó en una ocasión. La importancia que se le concedía al perdón en esa historia me dejó profundamente impresionado. La hija de una mujer fue asesinada. La madre, que se dejó consumir por el deseo de venganza durante dieciocho años, no pudo satisfacerlo porque la pena de muerte había sido prohibida en el estado donde el asesino fue sentenciado. En todo ese tiempo la madre fue incapaz de vivir de manera satisfactoria. Acudió en busca de ayuda a muchos lugares. Finalmente sólo se libró de su infelicidad perdonando al asesino de su hija. Tras hacerlo, la mujer describió la experiencia como un acto de amor espiritual para sí misma, su hija y el asesino.
El mero hecho de culpar a los demás de la condición que tiene nuestra vida sólo conduce a la rabia. Hay muchas personas que responden al mundo con una actitud de rabia creyendo que es lo mejor que pueden hacer. Hasta tal punto la cólera constituye uno de los múltiples sentimientos (pensamientos) con los que contamos los seres humanos. No sentirla sería tan raro como que las nubes desaparecieran del cielo.  El problema aparece cuando dependemos de la ira porque así lo hemos querido o porque nos han inducido a ello, y no logramos desprendernos de la necesidad de culpar a los demás, de vengarnos o de emitir un juicio. Estoy en contra de quienes pegan a un niño pretendiendo enseñarle que eso es lo que no debe hacer a sus semejantes, y tampoco creo que tal manifestación de la ira sea en modo alguno una medida terapéutica.
Le recomiendo que sea amable consigo mismo y que se ame a pesar de la respuesta que le den los demás seres que también forman el universo. Intente no depender de ninguna creencia que le dicte que los demás no deberían ser como son, por lo contrario, comprenda que se hallan labrando su propio camino, y que la opinión de usted no cuenta en absoluto. Llénese de amor obre todo en favor de quienes usted cree que más daño le han causado, que es precisamente lo que todos los guías espirituales han enseñado, y compruebe si todavía le invaden la ira y el deseo de venganza. Esto puede resultarle difícil si usted pretende que el mundo no sea tal como es. Si es capaz de aceptar incluso lo que le desagrada y de enviar amor a donde antes había dirigido su odio, ya no sentirá la necesidad de concebir más pensamientos que se alimenten de la cólera. No tendrá por qué "ponerse a la misma altura" que su oponente. Será más fuerte que el propio odio y logrará inmovilizarlo con sus pensamientos.
Cuando usted se enseñe a sí mismo a ser una serie de pensamientos armoniosos, la rabia ya no será una opción con la que contar. Una vez ponga punto final a esa necesidad de acusar a los demás y empiece a responsabilizarse de su mundo interior, la ira también desaparecerá. Tampoco deseará tener el control de la vida de quienes, según usted, le han perjudicado. Mediante el perdón hallará paz y a partir de ese momento seguirá el camino hacia la iluminación. Si un número suficiente de individuos comprendieran el principio del perdón y lo aplicaran en sus vidas, seguramente algún día todos podríamos influir con esta medida y actitud al resto de la humanidad.
Los jóvenes de hoy en día están muriendo por una causa, la
de vengar a sus antepasados. Luchan en Tierra Santa, donde
Jesús predicó el principio del perdón. La guerra no se perpetúa. ¿Qué se demuestra con esto? ¿A qué conduce? ¿A la paz? No, eso nunca. Los vencidos responden con la venganza y el número de víctimas se incrementa. Usted puede contribuir al cambio, si aprende la lección que contiene el principio del perdón y sabe superar el odio y restaurar la paz. Perdonar no es un acto de débiles, sino todo lo contrario. Es un acto que demuestra una singular gallardía y un gran coraje.
La lucha debilita a todos y cada uno de los que forman parte de ella. Todo aquello con lo que usted se enfrenta acaba restándole fuerzas. San Pablo ya lo había dicho en Romanos 12-21: "No te dejes vencer por el mal, antes procura vencer al mal con el bien".  Lo único que debe hacer es perdonar, y nunca dejarse llevar por modos de comportamiento que le conduzcan a su propio desprecio. Un viejo proverbio chino dice: "El que busque la venganza deberá cavar dos tumbas".

Del libro "La Fuerza de Creer"
de Wayne W. Dyer