miércoles, 16 de julio de 2014

LAS ATADURAS A LOS DEMÁS



Esta es una de las ataduras más difíciles de desprender. Seguramente el precio que pagará para romper con ella se traducirá en sufrimiento. Con esto no estoy afirmando que sea inconveniente amar a otra persona, valorar la presencia de la misma en su vida y sentirse feliz por su relación.
Todo esto es el resultado positivo de las relaciones generadas por el amor incondicional. Lo que pretendo decir es que no nos reportará ningún beneficio el deseo o la necesidad de poseer a otra persona o nuestra sensación de inutilidad, impotencia y dolor al comprobar que esa persona no forma parte de nuestra vida de la manera que pensábamos. Dicha reacción responde a unas ataduras. Estas son las relaciones por las cuales usted otorga el poder y el control de su propio ser a sus semejantes y a cambio sólo recibe sufrimiento.
Todas las relaciones humanas pueden resultar mucho más satisfactorias si se entablan bajo una actitud de desprendimiento e independencia. En realidad esto significa amar a los demás lo suficiente como para ser capaces de dejarles elegir su camino sin traba alguna por su parte, aunque usted piense que las decisiones que toman no se ajustan a sus deseos. También significa tener la suficiente confianza en sí mismo como para no sentirse amedrentado cuando usted no responde a lo que se esperaba. En la relación matrimonial significa amar al cónyuge con tanta intensidad que las necesidades de uno y los fallos del otro pasen a un segundo plano, pues usted ama a esa persona por lo que realmente es y realmente fue cuando le conoció. En las relaciones familiares ese desprendimiento se aplica permitiendo que nuestros parientes sean lo que deseen y contando con la plena seguridad de que no nos dejaremos llevar por sus juicios sobre nosotros mismos. Esta actitud incluye el hacer caso omiso de toda crítica que hayamos formulado y empezar a escuchar y a amar a nuestros familiares por lo que son, a darles algún que otro consejo cuando lo soliciten y a ofrecerles todo nuestro amor incondicional. Cuando se trata de una relación de padres e hijos no olvide que sus hijos siguen sus propias sendas y no vivirán como usted desearía que lo hiciesen. También es cuestión de guiarles, de ayudarles a tener confianza en sí mismos y demostrarles que su amor es incondicional, aunque en ocasiones sus actitudes sean negativas.
La independencia en las relaciones humanas no significa despreocupación por los demás, sino todo lo contrario. Sus semejantes le preocupan tanto que decide eliminar todo juicio de valor sobre ellos y relacionarse con ellos desde el amor en vez de intentar controlar o juzgar sus vidas. La persona independiente en este sentido logrará evitar todo el sufrimiento innecesario que la mayoría de nosotros experimentamos en nuestras relaciones. Lo que usted hace es ofrecer amor a los demás, dejar a un lado su papel de víctima y demostrar que posee una gran sensibilidad sobre sí mismo y sus semejantes. Y de este modo usted goza de independencia a nivel metafísico.
La atadura apareja que el otro debe agradarme para que yo pueda amarle. Cuando usted permita que los demás sean libremente lo que en realidad son y les ame por ello, podrá considerarse una persona sin ataduras. Una vez alcance este nuevo estado de independencia, no deseará ni necesitará la posesión o el control de ningún ser humano, especialmente de sus seres más allegados.
 Paradójicamente, cuanto menos intente poseer y controlar a una persona, más unido se sentirá a ella.
La independencia en realidad le anima a estrechar sus relaciones personales e intensificar su amor. Al mostrar a los demás su amor incondicional, aunque quienes le rodeen en un momento dado decidan abandonarle, usted reduce las posibilidades de sufrimiento en esa relación. Aprendiendo a ser más independiente de ellos también se instruye en una gran verdad sobre las relaciones y el amor. ¡El amor se da, no se toma! Esta es la verdadera esencia de la independencia en las relaciones humanas.

Del libro "La Fuerza de Creer" de
Wayne W. Dyer.