jueves, 14 de agosto de 2014

EL "SACRIFICIO" DE LA UNICIDAD



El sacrificio es una idea clave en la "dinámica" del ataque. Es el eje sobre el que toda transigencia, todo desesperado intento de cerrar un trato y todo conflicto alcanza un aparente equilibrio. Es el símbolo del tema central según el cual alguien siempre tiene que perder. El hincapié que hace en el cuerpo es evidente, pues el sacrificio es siempre un intento de minimizar la pérdida. El cuerpo en sí es un sacrificio, una renuncia al poder a cambio de quedarte con una pequeña porción de él para ti solo. Ver a un hermano en otro cuerpo, separado del tuyo, es la expresión del deseo de ver únicamente una pequeña parte de él y de sacrificar el resto. Contempla el mundo y verás que nada está unido a nada más allá de sí mismo. Todas las aparentes entidades pueden acercarse o alejarse un poco, pero no pueden unirse.
El mundo que ves está basado en el "sacrificio" de la unicidad. Es la imagen de una total desunión y de una absoluta falta de unidad. Alrededor de cada entidad se erige una muralla tan sólida en apariencia, que parece como si lo que se encuentra adentro jamás pudiese salir afuera, y lo que se encuentra afuera jamás pudiese llegar a lo que se encuentra oculto allí. Cada parte tiene que sacrificar a otra para conservar su propia integridad. Pues si se uniesen, cada una perdería su identidad individual, y es mediante esa separación como conservan su individualidad.
Lo poco que el cuerpo mantiene cercado se convierte en el yo, el cual se conserva mediante el sacrificio de todo lo demás. Y todo lo demás no puede sino perder esta pequeña parte y permanecer incompleto a fin de mantener intacta su propia identidad. En esta percepción de ti mismo la pérdida del cuerpo sería ciertamente un sacrificio. Pues ver cuerpos se convierte en la señal de que el sacrificio es limitado y de que aún queda algo que es exclusivamente para ti. Y para que esa ínfima parte te pertenezca, se demarcan límites en todo lo que es externo a ti, así como en lo que crees que es tuyo. Pues dar es lo mismo que recibir. Y aceptar las limitaciones de un cuerpo es imponer esas mismas limitaciones a cada hermano que ves. Pues sólo puedes ver a tu hermano como te ves a ti mismo.
El cuerpo supone una pérdida y,  por lo tanto, se puede usar para los fines del sacrificio. Y mientras veas a tu hermano como un cuerpo, aparte de ti y separado dentro de su celda, estarás exigiendo que tanto tú como él os sacrifiquéis. ¿Que mayor sacrificio puede haber que exigirle al Hijo de Dios que se perciba a sí mismo sin su Padre? ¿O que su Padre esté sin su Hijo? Sin embargo, todo sacrificio exige que estén separados, y el uno sin el otro. El recuerdo de Dios se niega si se le exige a alguien algún sacrificio. ¿Que testigo de la plenitud del Hijo de Dios puede verse en un mundo de cuerpos separados, por mucho que de él dé testimonio de la verdad? Él es invisible en un mundo así. Y su himno de unión y de amor no puede oírse en absoluto. No obstante, se le concedido hacer que el mundo retroceda ante su himno y que su visión reemplace a los ojos del cuerpo.

Aquellos que quieren ver los testigos de la verdad en vez de los de la ilusión, piden simplemente poder ver en el mundo un propósito que haga que el mundo tenga sentido y significado. Sin tu función especial, no tiene ningún significado para ti. Sin embargo se puede convertir en una mina tan rica e ilimitada como el Cielo mismo. No hay ni un solo instante en el que la santidad de tu hermano no se pueda ver y con ello añadir abundante riqueza a cada diminuto fragmento y a cada pequeña migaja de felicidad que te concedes a ti mismo.
Puedes perder de vista la unicidad, pero no puedes sacrificar su realidad. Tampoco puedes perder aquello que quieres sacrificar ni impedir que el Espíritu Santo lleve a cabo Su misión de mostrarte que la unicidad no se ha perdido. Escucha, pues, el himno que te canta tu hermano, y según dejas que el mundo retroceda, acepta el descanso que su testimonio  te ofrece en nombre de la paz. Pero no lo juzgues, pues si lo haces, no oirás el himno de tu liberación ni verás lo que le es dado a él atestiguar a fin de que tu puedas verlo y regocijarte junto con él. No dejes que debido a tu creencia en el pecado su santidad sea sacrificada, pues sacrificas tu inocencia con la suya, y mueres cada vez que ves en él un pecado por el que merece morir.
Sin embargo, puedes renacer en cualquier instante y recibir vida nuevamente. La santidad de tu hermano te da vida a ti que no puedes morir porque Dios conoce su inocencia, la cual tú no puedes sacrificar, tal como tu luz tampoco puede desaparecer porque él no la vea. Tú que querías hacer de la vida un sacrificio, y que tus ojos y oídos fuesen testigos de la muerte de Dios y de Su santo Hijo, no pienses que tienes el poder para hacer de Ellos lo que Dios no dispuso que fuesen. En el Cielo, el Hijo de Dios no está aprisionado en un cuerpo ni ha sido sacrificado al pecado en soledad. Y tal como él es en el Cielo, así tiene que ser eternamente y en todas partes. Es por siempre él mismo: nacido de nuevo cada instante, inmune al tiempo y mucho más allá del alcance de cualquier sacrificio de vida o de muerte. Pues él no creó ni una ni otra, y solo una le fue dada por Uno que sabe que Sus dones jamás se pueden sacrificar o perder.  
La justicia de Dios descansa amorosamente sobre Su Hijo, manteniéndolo a salvo de toda injusticia que el mundo quisiera cometer contra él. ¿Podrías acaso hacer que sus pecados fuesen reales, y sacrificar así la Voluntad de su Padre con respecto a él? No lo condenes viéndolo  dentro de la putrescente prisión en la que él se ve a sí mismo. Tu función especial es asegurarte de que la puerta se abra, de modo que él pueda salir para verter su luz sobre ti y devolverte el regalo de la libertad al recibirlo de ti. ¿Y cual podría ser la función especial del Espíritu Santo, sino la de liberar al santo Hijo de Dios del aprisionamiento que él concibió para negarse a sí mismo la justicia? ¿Y podría ser tu función una tarea aparte y distinta de la Suya? 

 Un Curso de Milagros
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