jueves, 25 de febrero de 2016

UNA BONITA HISTORIA





Un sacerdote se dirigía al templo. Justo a lado de la carretera vio a un hombre a punto de morir. Estaba sangrando, como si hubiera sido objeto de un grave ataque. Se encontraba lleno de heridas y perdía mucha sangre.
El sacerdote tenía prisa; tenía que llegar al templo a la hora, la gente debía de estar allí esperando. Pero era un hom­bre de principios; no diré de pureza... era un hombre de prin­cipios. Reflexionó sobre lo que tenía que hacer. Calculó y a continuación pensó: «Es mejor ayudar a este hombre que se está muriendo. Es lo que dijo Jesús. Es mejor olvidar el tem­plo, los creyentes; ellos pueden esperar un poco. Pero a este hombre hay que ayudarlo enseguida, si no se morirá».
De modo que se acercó al herido; pero en cuanto le vio el rostro se asustó. Esa cara le parecía familiar, y muy malvada. Entonces de pronto recordó que en su templo había un cuadro del diablo, que no era otro que ese hombre. ¡Era el diablo! Así que empezó a correr hacia el templo.
El diablo le llamó: «¡Sacerdote, escucha! -dijo-. Si muero te arrepentirás por siempre jamás. Porque si muero, si el mal muere, ¿dónde estará Dios? Si el mal muere, ¿cómo sabrás lo que es bueno? Existes gracias a mí. ¡Piénsalo!».
El sacerdote se detuvo. El diablo tenía razón: si él moría, no habría infierno. Y si dejaba de existir el miedo, ¿quién ado­raría a Dios? Todas las plegarias se basan en el miedo. Estás asustado, tu amor por Dios se basa en el miedo del diablo. El mal es la medida de tu bondad. Dios necesita al diablo.
El diablo dijo: «¡Dios me necesita! No puede existir sin mí. Todos los templos se derrumbarán y nadie acudirá a adorar. No encontrarás ni a un solo hombre religioso si yo no existo. Yo los tiento; gracias a mi tentación se hacen santos. ¿Has oído hablar de un santo que no haya sido tentado por el diablo? Tu Jesús, tu Zoroastro, tu Buda, ¡todos ellos fueron tentados por mí! Yo fui quien los hizo santos. De modo que, ¡vuelve!».
El sacerdote vaciló un poco, pero el diablo era lógico, lo es siempre; es la lógica encarnada. No puedes razonar con él, no puedes discutir. Si discutes, pierdes. No puedes ganar una dis­cusión con el diablo.
El sacerdote tuvo que darle la razón. Dijo: «Parece que tie­nes razón. ¿Dónde estaríamos sin ti?». De modo que llevó a cuestas al diablo hasta el hospital. Esperó allí hasta tener la certeza de que ya no había peligro y que sobreviviría, y de esta forma también sobrevivirían todos los templos, todos los sacerdotes y todas las religiones.