VII LAS CHARLAS DE OSHO
Hay una antigua
parábola... Un rey muy sabio quería que su hijo su único hijo y
sucesor fuera también muy sabio antes de sucederle y convertirse en
rey de su vasto reino. El anciano eligió un camino muy extraño:
Envió a su hijo lejos del reino, le dijo que le abandonaba, que
debía olvidar completamente que era un príncipe. «Ya no es un
príncipe
y no voy a hacerle mi sucesor.»
Le fue arrebatado todo,
sus hermosos ropajes, sus ornamentos...; le dieron las ropas de un
mendigo y de noche le metieron en un carruaje para expulsarle del
reino. Había órdenes estrictas de no permitir su regreso al reino
bajo ningún concepto.
Pasaron los años; el
príncipe se convirtió en un verdadero mendigo y olvidó que había
sido príncipe. De hecho no tuvo que hacer esfuerzos para olvidar,
porque era
un
mendigo. Pedía ropa, alimento, abrigo y había ido aceptando
lentamente la condición en la que se encontraba.
Después de muchos
años, un día estaba sentado a la puerta de un hotel, pidiendo. Era
pleno verano y quería conseguir suficiente dinero para comprarse un
par de zapatos de segunda mano, por supuesto porque la tierra le
quemaba como el fuego y caminar sin zapatos era imposible. Tenía
heridas en los pies y tan sólo pedía que le dieran unas cuantas
monedas. En aquel mismo momento un gran carro dorado se detuvo
delante del hotel y descendió de él un hombre que le dijo: «Tu
padre te llama para que regreses. Es muy anciano, casi está muriendo
y desea que seas su sucesor.»
En un segundo el
mendigo desapareció. Aquel hombre cambió completamente; se podía
ver en su cara, en sus ojos... las ropas seguían siendo las de un
mendigo, pero el hombre era totalmente distinto. Se reunió a su
alrededor una gran multitud -la misma multitud ante la que había
estado poniendo la mano para recibir unas monedas- y todos comenzaron
a mostrarle su gran amistad. Pero él ni siquiera les prestaba
atención. Subió al carro, se sentó en él y dijo al hombre que
había venido a buscarle: «En primer lugar llévame a un lugar
hermoso donde pueda darme un buen baño, encontrar ropa adecuada a mi
condición, zapatos y ornamentos, porque sólo como príncipe puedo
presentarme ante el rey.»
Volvió a casa y lo hizo
como príncipe. Dijo a su padre: «Sólo quiero preguntarte una cosa:
¿Por qué he tenido que mendigar durante tantos años? Realmente me
había olvidado... Si no me hubieras pedido que regresara,
habría muerto como un mendigo, sin recordar jamás que había sido
un príncipe.»
El padre dijo: «Es lo
que mi padre hizo conmigo. No lo hice para hacerte daño, sino para
que pudieras experimentar los extremos de la vida:
el mendigo y el rey. Y todo el mundo existe entre estos extremos.
Aquel día te dije que
olvidaras que eras un príncipe; ahora quiero decirte que ser
príncipe o mendigo son sólo identidades que nos dan los demás. No
es tu realidad, no eres tú: no eres el príncipe ni el mendigo. En
el momento que te das cuenta de que no eres lo que el mundo piensa
de ti, no eres lo que pareces ser sino algo tan profundamente
escondido dentro de ti que nadie excepto tú puede verlo,
entonces es cuando un hombre se hace sabio. De este conocimiento
procede la sabiduría.
Yo me sentí enfadado
con mi padre y sé que tú debes sentirte enfadado conmigo. Pero
perdóname porque tenía que dejarte una cosa clara: no te
identifiques con ser rey, no te identifiques con ser mendigo, porque estas
identidades pueden cambiar en un momento. Y aquello que puede
cambiarse no eres tú. Tú eres algo eterno, inmutable.»
OSHO.

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