UNA BONITA HISTORIA
Un sacerdote se dirigía al templo. Justo a lado de la
carretera vio a un hombre a punto de morir. Estaba sangrando, como si hubiera
sido objeto de un grave ataque. Se encontraba lleno de heridas y perdía mucha
sangre.
El sacerdote tenía prisa; tenía que llegar al templo a la
hora, la gente debía de estar allí esperando. Pero era un hombre de
principios; no diré de pureza... era un hombre de principios. Reflexionó sobre
lo que tenía que hacer. Calculó y a continuación pensó: «Es mejor ayudar a este
hombre que se está muriendo. Es lo que dijo Jesús. Es mejor olvidar el templo,
los creyentes; ellos pueden esperar un poco. Pero a este hombre hay que
ayudarlo enseguida, si no se morirá».
De modo que se acercó al herido; pero en cuanto le vio el
rostro se asustó. Esa cara le parecía familiar, y muy malvada. Entonces de
pronto recordó que en su templo había un cuadro del diablo, que no era otro que
ese hombre. ¡Era el diablo! Así que empezó a correr hacia el templo.
El diablo le llamó: «¡Sacerdote, escucha! -dijo-. Si muero
te arrepentirás por siempre jamás. Porque si muero, si el mal muere, ¿dónde
estará Dios? Si el mal muere, ¿cómo sabrás lo que es bueno? Existes gracias a
mí. ¡Piénsalo!».
El sacerdote se detuvo. El diablo tenía razón: si él moría,
no habría infierno. Y si dejaba de existir el miedo, ¿quién adoraría a Dios?
Todas las plegarias se basan en el miedo. Estás asustado, tu amor por Dios se
basa en el miedo del diablo. El mal es la medida de tu bondad. Dios necesita al
diablo.
El diablo dijo: «¡Dios me necesita! No puede existir sin
mí. Todos los templos se derrumbarán y nadie acudirá a adorar. No encontrarás
ni a un solo hombre religioso si yo no existo. Yo los tiento; gracias a mi
tentación se hacen santos. ¿Has oído hablar de un santo que no haya sido
tentado por el diablo? Tu Jesús, tu Zoroastro, tu Buda, ¡todos ellos fueron
tentados por mí! Yo fui quien los hizo santos. De modo que, ¡vuelve!».
El sacerdote vaciló un poco, pero el diablo era lógico, lo
es siempre; es la lógica encarnada. No puedes razonar con él, no puedes
discutir. Si discutes, pierdes. No puedes ganar una discusión con el diablo.
El sacerdote tuvo que darle la razón. Dijo: «Parece que tienes
razón. ¿Dónde estaríamos sin ti?». De modo que llevó a cuestas al diablo hasta
el hospital. Esperó allí hasta tener la certeza de que ya no había peligro y
que sobreviviría, y de esta forma también sobrevivirían todos los templos,
todos los sacerdotes y todas las religiones.

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