LAS CHARLAS DE OSHO
Un
nuevo rico solicitó tres piscinas para su jardín. Se hicieron y
luego se
las enseñaba a un amigo. El amigo estaba un poco extrañado. Le
dijo, "¿Tres piscinas?, ¿para qué? Con una sería
suficiente".
El
nuevo rico le dijo, "No, ¿cómo podría ser una suficiente? Una
para agua fría, una para agua caliente".
Y
el amigo le preguntó, "¿Y la tercera?".
El
contestó, "Para los que no sepan nadar. Por eso esta tercera
piscina permanecerá vacía".
Puedes
conocer si un hombre se ha enriquecido recientemente,
lo estará mostrando. Un aristócrata de verdad es uno que ha
olvidado que es rico. Un hombre del Tao es un aristócrata del mundo
interior.
Si
una persona presume de su religión, no es realmente religioso.
La religión es todavía como una espina, no es natural, hiere,
él está ansioso por exhibirla. Si deseas exhibir tu sencillez, ¿qué
clase de sencillez es ésta? Si exhibes tu amabilidad, se convierte
en puro cálculo, no hay nada de amable en ello.
Un
hombre del Tao es un aristócrata del mundo interior.
Está
en extremo sintonizado con él, no hay exhibicionismo no
sólo hacia ti, él mismo no es consciente de ello. El no advierte
que es sabio, él no advierte que es inocente- ¿cómo puedes saber
tú si eres inocente? Tu conocimiento alterará la inocencia.
Un
seguidor de Hazrat Mohammed fue con él a la mezquita para las
oraciones de madrugada. Era verano, y de regreso vio a mucha gente
todavía dormida en sus casas o que estaba en la calle. Era de
madrugada, una mañana de verano, y mucha gente dormía todavía.
El hombre le dijo a Hazrat Mohammed muy arrogantemente, "¿Qué
les pasará a estos pecadores? ¿No han acudido a los rezos
matutinos?".
Aquel
era el primer día que él acudía a rezar. El día anterior estaba
tan dormido como aquellos pecadores. El nuevo rico deseaba
exhibirse, destacar ante Mohammed: "Mohammed Hazrat, ¿qué les
ocurrirá a esos pecadores? No han asistido a los rezos de la mañana,
son todavía perezosos y están dormidos".
Mohammed
se paró y le dijo, "Vete a casa, tengo que regresar a la
mezquita de nuevo".
El
hombre le dijo "¿Por qué?".
El
replicó, "Mi oración matutina se ha desperdiciado por tu
culpa; el
estar en tu compañía lo
ha echado todo a perder. Tengo que
rezar de nuevo. Y en cuanto a ti, acuérdate de no venir más. Sería
mejor para ti permanecer dormido como los demás; al menos
así no
serían pecadores. Tus rezos sólo han conseguido una cosa
-te han dado una clave para condenar a los demás”.
La
llamada persona religiosa es religiosa tan sólo para miraros a
vosotros con ojos condenatorios, de forma que pueda decir
que sois pecadores. Ve a tus santos, a tus llamados santos, y
morales a los ojos. No hallarás la inocencia que debería de haber
allí. Encontrarás una mente calculadora observándote y cavilando
sobre el infierno: Serás arrojado al infierno y yo estaré en el
cielo, porque yo he estado rezando mucho, cinco veces al día, y
he ayunado
mucho. ¡Como si tú pudieras
comprar
el cielo...! Esas son
las monedas de cambio: ayunar, rezar. Esas son las monedas con las
que uno esta tratando de regatear.
Si
ves la condena en los ojos de un santo, da por cierto que él es un
nuevo rico; no es un aristócrata del mundo interior, no ha llegado a
ser uno con ello. El puede saberlo, pero tú sabes algo solamente
cuando ese algo está separado de ti.
Aquí
uno ha de recordar lo siguiente: que debido a ello, el conocimiento
de uno mismo es imposible. No puedes conocerte a ti mismo, porque
todo lo que puedas conocer no eres tú, es algo distinto, algo
separado de ti. El yo es siempre el conocedor, nunca lo conocido, de
forma que ¿cómo puedes conocerlo? No lo puedes reducir a un
objeto.
Yo
puedo verte. ¿Cómo me puedo ver a mí mismo? ¿Quién sería
entonces el que ve y quién sería visto? No, el yo no puede ser
conocido de la misma forma que las demás cosas son conocidas.
El
conocimiento del yo no es posible de la forma ordinaria, porque el
conocedor siempre trasciende, va más allá. Sea lo que sea que
conozca, no es eso. Los Upanishads dicen: neti,
neti -ni
esto, ni eso. Cualquier cosa que conozcas, tú no eres eso; cualquier
cosa que no conozcas,
no eres eso tampoco. Tú eres el que conoce,
y este conocedor no puede ser reducido a un objeto.
El
conocimiento del yo no es posible. Si tu inocencia proviene de
tu fuente interior, no puedes reconocerla. Si la has impuesto
desde el exterior, puedes reconocerla; si es como un vestido que has
de llevar, lo sabes, pero no es el mismísimo aliento de tu vida.
Esta inocencia es entonces cultivada, y una inocencia cultivada
es algo repugnante.
Osho.

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