SER MODELOS DE BONDAD: RESPETAR NUESTRO EGO Y EL DE LOS DEMÁS
«Sueña dulcemente con tu hermano inocente, quien se une a ti en santa inocencia»
Una vez que somos capaces de
compartir la percepción del Espíritu Santo, Sus ojos se vuelven los
nuestros. Con tal visión, el amor se vuelve la única idea en nuestras
mentes y entonces es imposible creer que los pensamientos, sentimientos
o acciones de otro puedan tener ningún efecto sobre nosotros. Esto nos
libera para que el amor dentro de nuestras mentes sanas, ya sin el
estorbo de culpabilidades y proyecciones, odios y juicios de la mente
enferma, se extienda a través nuestro para abrazar a todos aquellos con
quienes estamos e incluso a aquellos en quienes pensamos. En este
abrazo, que es la esencia del perdón, nuestros hermanos que han tomado
una opción equivocada pueden ser corregidos suavemente por la visión de
Cristo. El siguiente pasaje del manual articula claramente cómo se
manifiesta esta visión en el mundo de la percepción ante el uso mágico
de la enfermedad por el ego. Es un paralelismo con el juicio del
Espíritu Santo sobre las dos categorías, expresiones de amor o
peticiones de amor: «Los ojos del cuerpo continuarán viendo diferencias.
Pero la mente que se ha permitido a sí misma ser curada, dejará de
aceptarlas. [...] Mas la mente curada los clasificará a todos de la
misma manera: «como irreales. [...] al clasificar los mensajes que la
mente recibe de lo que parece ser el mundo externo sólo dos categorías
son significativas. Y de éstas, sólo una es real» (M-8.6:1-2,4-6).
¿Cómo funciona en la práctica esta
visión? ¿Cómo se traduce nuestra percepción curada a curar a los demás y
corregir su pensamiento mágico? Recuerda el comentario de Jesús a
Helen que cité antes, si ella hacía su voluntad él lo sostendría, y si
no, él lo corregiría. Esto no puede significar que nosotros corregimos
la conducta mágica, pues esto sería caer en la trampa del ego y hacer
real al cuerpo, centrándonos en la distracción en lugar de en el
problema de la mente. Se nos dice en el texto que la manera de salir del
sufrimiento es ver el problema tal como es, y no de la manera en que
lo hemos urdido (T-27.VII.2:2). Esto significa que no miramos a la
conducta mágica sino al pensamiento mágico que llevó a esa conducta. Y
ese pensamiento es la creencia en que pudimos separarnos del amor,
proyectar la culpabilidad en el cuerpo –el nuestro y el de los demás–, y
así librar a nuestras mentes de su miedo al castigo.
En consecuencia, es la idea de la
separación del amor la que necesita deshacerse. No necesita una
corrección agresiva pues no hay nada que corregir. En lugar de eso, la
equivocación mágica se corrige sencillamente demostrando que nuestro
amor no ha sido afectado por el loco deseo de atacarlo con el afán de
ser especial. Deshacer, por tanto, se hace en el nivel de la mente, que
es el único nivel que hay. En presencia de quienes manifiestan
síntomas de la enfermedad mental de la separación, ejemplificamos la
visión de Cristo, pidiendo a nuestros hermanos «enfermos» que elijan de
nuevo: «Los maestros de Dios van a estos pacientes representando otra
alternativa que dichos pacientes habían olvidado [...] y exhortan
dulcemente a sus hermanos a que se aparten de la muerte: "¡He aquí,
Hijo de Dios, lo que la Vida te puede ofrecer! ¿Prefieres elegir la
enfermedad en su lugar?"» (M-5.III.2:1,11-12).
¡Qué sencilla es nuestra vida aquí
cuando hemos elegido ver en vez de juzgar (T-20.V.4:7)! «Sin nada que
extender que no sea amor, no hay culpabilidad que proyectar. El milagro
llega fácilmente a sustituir a la magia del ego, y los sueños de odio y
desprecio le ceden suavemente el paso a sueños felices de perdón. Por
fin nos hemos acordado de reírnos de la tontería de creer que podíamos
estar apartados de nuestro creador, o de cualquier fragmento
aparentemente separado de la Filiación que Él creó una consigo mismo»
(T-27.VIII.6:2). Nuestro perdón bondadoso a los demás nos prepara para
el siguiente paso, con ojos que despiertan suavemente a la realidad de
la que nunca salimos, a la casa que nuestro Padre siempre ha conservado
para nosotros, como leemos ahora: «Sueña dulcemente con tu hermano
inocente, quien se une a ti en santa inocencia. Y el Mismo Señor de los
Cielos despertará a Su Hijo bien amado de este sueño. Sueña con la
bondad de tu hermano en vez de concentrarte en sus errores. Elige soñar
con todas las atenciones que ha tenido contigo, en vez de contar todo
el dolor que te ha ocasionado» (T-27.VII.15:1-4).
Kenneth Wapnick.
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