CONVERSANDO CON ANTHONY DE MELLO III

Cuando
mira uno los ojos de un niño, lo primero que llama la atención es
su inocencia: su deliciosa incapacidad para mentir, para refugiarse
tras una máscara o para aparentar ser lo que no es. En este sentido,
el niño es exactamente igual que el resto de la naturaleza. Un perro
es un perro; una rosa, una rosa; una estrella, una estrella. Todas
las cosas son, simple y llanamente, lo que son. Sólo el ser humano
adulto es capaz de ser una cosa y fingir ser otra diferente. Cuando
una persona mayor castiga a un niño por decir la verdad, por revelar
lo que piensa y siente, el niño aprende a disimular y comienza a
perder su inocencia. Y no tardará en engrosar las filas de las
innumerables personas que reconocen perplejas no saber quiénes son,
porque, habiendo ocultado durante tanto tiempo a los demás la verdad
sobre sí mismas, acaban ocultándosela a sí mismas. ¿Cuánto de la
inocencia de tu infancia conservas todavía? ¿Existe alguien hoy en
cuya presencia puedas ser simple y totalmente tu mismo, tan
indefensamente sincero e inocente como un niño?
Pero
hay otra manera más sutil de perder la inocencia de la infancia:
cuando el niño se contagia del deseo de ser alguien. Contempla la
multitud increíble de personas que se afanan con toda su alma, no
por llegar a ser lo que la naturaleza quiere que sean -músicos,
cocineros, mecánicos, carpinteros, jardineros, inventores sino por
llegar a ser "alguien"; por llegar a ser personas felices,
famosas, poderosas...; por llegar a ser algo que les suponga, no mera
y pacífica autorrealización, sino glorificación y agigantamiento
de su propia imagen. Nos hallamos, en este caso, ante personas que
han perdido su inocencia porque han escogido no ser ellas mismas,
sino destacar y darse importancia, aunque no sea más que a sus
propios ojos. Fíjate en tu vida diaria. ¿Hay en ella un solo
pensamiento, palabra o acción que no estén corrompidos por el deseo
de ser alguien, aun cuando sólo pretendas ser un santo desconocido
para todos, menos para ti mismo?
El
niño, como el animal inocente, deja en manos de su propia naturaleza
el ser simple y llanamente lo que es. Y, al igual que el niño,
también aquellos adultos que han preservado su inocencia se
abandonan al impulso de la naturaleza o al destino, sin pensar
siquiera en "ser alguien" o en impresionar a los demás;
pero, a diferencia del niño, se fían, no del instinto, sino de la
continua conciencia de todo cuanto sucede en ellos y en su entorno;
una conciencia que les protege del mal y produce el crecimiento
deseado para ellos por la naturaleza, no el ideado por sus
respectivos y ambiciosos egos.
Existe
además otro modo de corromper la inocencia de la infancia por parte
de los adultos, y consiste en enseñar al niño a imitar a alguien.
En el momento en que hagas del niño una copia exacta de alguien, en
ese mismo momento extingues la chispa de originalidad con que el niño
ha venido al mundo. En el momento en que optas por ser como otra
persona, por muy grande o santa que sea, en ese mismo momento
prostituyes tu propio ser. No deja de ser triste pensar en la chispa
divina de singularidad que hay en tu interior y que ha quedado
sepultada por capas y más capas de miedo. Miedo a ser ridiculizado o
rechazado si en algún momento te atreves a ser tú mismo y te niegas
a adaptar mecánicamente a la de los demás tu forma de vestir, de
obrar, de pensar... Y observa cómo es precisamente eso lo que haces:
adaptarte, no sólo por lo que se refiere a tus acciones y
pensamientos, sino incluso en lo que respecta a tus reacciones,
emociones, actitudes, valores... De hecho, no te atreves a evadirte
de esa "prostitución" y recuperar tu inocencia original.
Ése es el precio que tienes que pagar para conseguir el pasaporte de
la aceptación por parte de tu sociedad o de la organización en la
que te mueves. Y así es como entras irremediablemente en el mundo de
la insinceridad y del control y te ves exiliado del Reino, propio de
la inocencia de la infancia.
Y
una última y sutilísima forma de destruir tu inocencia consiste en
competir y compararte con los demás, con lo cual canjeas tu ingenua
sencillez por la ambición de ser tan bueno o incluso mejor que otra
persona determinada. Fíjate bien: la razón por la que el niño es
capaz de preservar su inocencia y vivir, como el resto de la
creación, en la felicidad del Reino, es porque no ha sido absorbido
por lo que llamamos el "mundo", esa región de oscuridad
habitada por adultos que emplean sus vidas, no en vivir, sino en
buscar el aplauso y la admiración: no en ser pacíficamente ellos
mismos, sino en compararse y competir neuróticamente, afanándose
por conseguir algo tan vacío como el éxito y la fama, aun cuando
esto sólo pueda obtenerse a costa de derrotar, humillar y destruir
al prójimo. Si te permitieras sentir realmente el dolor de este
verdadero infierno en la tierra, tal vez te sublevarías
interiormente y experimentarías una repugnancia tan intensa que
haría que se rompieran las cadenas de dependencia y de engaño que
se han formado en torno a tu alma, y podrías escapar al reino de la
inocencia, donde habitan los místicos y los niños.
Anthony de Mello
Anthony de Mello
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